—¿Pues qué, esperamos visitas? —preguntó Eduardo, mirando aquella abundancia con los ojos muy abiertos.
—No. Nada más pensé que ya estuvo bueno de andar ahorrando en la salud —respondió Sofía, con una sonrisa ligera—. Me dieron un bono chiquito en el trabajo y se me antojó comprar cosas ricas.
Ella sabía perfectamente lo que iba a pasar. Eduardo, tarde o temprano, le contaría a su mamá lo del supuesto bono y también le diría que el refri estaba lleno. Siempre compartía con ella las novedades de la casa, sin imaginar que, con cada comentario inocente, le estaba dando el mapa completo.
Y justo así ocurrió.
Esa misma noche, mientras hablaba por teléfono con Mercedes Torres, Eduardo lo soltó con alegría:
—Sí, a Sofía le dieron un bono y compró un montón de cosas… La carne está buenísima, mañana va a preparar guisado. Si quieres, date una vuelta y te invitamos.
El lunes salieron los dos rumbo al trabajo. Antes de cerrar la puerta, Sofía encendió la cámara. Durante todo el día estuvo con los nervios de punta. No lograba concentrarse. Miraba el reloj a cada rato, preguntándose si Mercedes ya habría llegado o si todavía no se aparecía.
Eduardo, en cambio, andaba de excelente humor. Pensaba en el guisado de la noche y hasta le mandó a Sofía un meme por mensaje. A ella se le apretó el pecho. Le dio lástima. Sabía que lo que estaba por descubrir le iba a doler muchísimo.
Al caer la tarde regresaron juntos. Apenas entraron al departamento, Sofía percibió un aroma dulce, pesado, demasiado conocido: el perfume empalagoso de su suegra.
—¡Ah, vino mi mamá! —dijo Eduardo, contento—. Seguro pasó a regar las plantas.
Sofía no contestó. Caminó directo a la cocina. Ni siquiera abrió el refrigerador para comprobar nada. Sacó la escalera plegable, la colocó junto al mueble, subió con cuidado y bajó la cámara escondida.
—¿Qué estás haciendo? —Eduardo se quedó parado en la entrada, desconcertado—. ¿Para qué te subiste ahí?
—Siéntate, Eduardo —dijo ella. Su voz sonaba tranquila, aunque las manos le temblaban un poco—. Hay algo que tenemos que ver.
—¿Ver qué? ¿Otra vez con lo mismo, Sofía? ¿Pusiste una cámara? ¿De verdad estás bien? ¡Eso ya es paranoia! ¡Espiar a mi propia madre!
—Si no tomó nada, no tienes por qué ponerte así —lo cortó Sofía—. Y si sí lo hizo… entonces necesitas verlo con tus propios ojos.
Metió la tarjeta de memoria en la laptop. Eduardo se colocó detrás de ella, respirando fuerte. Estaba furioso. En ese momento estaba convencido de que su esposa había perdido la cabeza por mezquina.
En la pantalla apareció la cocina de ellos. La hora marcada era las 11:30 de la mañana.
La puerta se abrió.
Mercedes Torres entró en cuadro. No llevaba bata de casa ni ropa cómoda. Traía puesto un abrigo de calle y sostenía dos bolsas enormes de mandado, de esas resistentes, cuadriculadas, que aguantan peso.
Primero, tal como decía siempre, se acercó al alféizar y tocó con los dedos la tierra de la maceta del ficus. Eduardo soltó un resoplido triunfal.
—¿Ya ves? Te lo dije.
Pero Mercedes no regó la planta. Se dio la vuelta y, con una naturalidad de dueña absoluta, fue directo al refrigerador. Jaló la puerta de par en par.
En el video se alcanzó a ver cómo su rostro se iluminaba con una sonrisa satisfecha. Dejó las bolsas en el piso y empezó a pasar, con calma y método, lo que había en los estantes hacia sus propios costales.
Primero tomó el queso. Luego el salchichón. Después sacó el paquete de carne de res, lo sostuvo un momento en las manos como calculando el peso, y también lo metió en una de las bolsas.
—Mamá… —alcanzó a decir Eduardo, casi sin aire. La voz se le quebró.
Mercedes no se detuvo. Se llevó la trucha. También el paquete de mantequilla. Luego abrió el cajón de las verduras y vació de ahí casi la mitad de los jitomates y pepinos.
Y todavía no le pareció suficiente.
Cerró el refri y se fue a los gabinetes de la cocina. A la bolsa fueron a parar un paquete de té, un frasco de café, la caja de chocolates que Sofía había comprado para acompañar el café y, para horror de ella, hasta una bolsa de detergente ya abierta que estaba en una esquina.
—¿Para qué quiere detergente? —murmuró Eduardo, pálido—. Si la semana pasada yo le compré una de cinco kilos…
En la grabación, Mercedes acomodó el botín a presión. Le costó trabajo cerrar los cierres de las bolsas. Era evidente que pesaban muchísimo. Con un quejido, las levantó. Y antes de marcharse hizo algo que terminó de hundir a Eduardo: sacó del bolsillo de su abrigo una manzana mordida, que ella misma había llevado, la dejó sobre la mesa y, a cambio, agarró el platito con galletas. Vació las galletas en su bolsillo como si fuera lo más normal del mundo.
Después apagó la luz y salió.
El video terminó.
En la cocina quedó un silencio tan tenso que parecía zumbar. Solo se oía el motor del refrigerador, ese mismo refrigerador que otra vez estaba vacío.
Eduardo se apartó despacio y caminó hasta la ventana. Se sentó en el alféizar, con la cabeza baja, sin decir palabra. Sofía alcanzaba a ver cómo se le marcaban los músculos de la mandíbula. Le estaba doliendo. Frente a él se desmoronaba la imagen de madre perfecta que había cargado dentro toda su vida.
—Nos roba… —dijo por fin, con una voz opaca—. Y no porque se esté muriendo de hambre. Lo hace porque sí. Como plaga.
—Ella cree que tiene derecho —contestó Sofía en voz baja—. Cree que todo lo tuyo también le pertenece. Y yo, para ella, nada más soy alguien que está de más en esta casa.
