«Eduardo, yo no pude tragarme casi medio kilo de queso durante la noche», dijo secándose las manos, insinuando que algo más sucede en su casa

Inquietante y angustoso dudar de la propia mente.
Historias

Mercedes Torres seguía sin asomarse; apenas llamó una vez para quejarse del calor y de lo cambiante que estaba el clima. En la cocina, todo permanecía exactamente donde Sofía Cruz lo había dejado. Incluso empezó a sentirse un poco ridícula, pensando que quizá el cansancio sí la estaba volviendo despistada.

Pero el viernes, temprano, sonó el teléfono.

—Sofíita, buenos días —canturreó Mercedes Torres con una dulzura empalagosa—. Hoy voy a pasar por ahí, tengo que ir a la farmacia. De una vez me meto a tu casa y les riego las plantitas, ¿sí? Eduardo me dijo que el ficus anda todo triste. Pobre matita.

—Mercedes Torres, lo regué ayer —respondió Sofía, intentando mantener la calma.

—Ay, hija, tú siempre andas a las carreras, le echas un chorrito y ya. Las plantas necesitan mano, cuidado, experiencia. No te preocupes, entro rapidito y me voy. ¿Quieres que les deje hecho un caldito?

—No, gracias. Tenemos comida —contestó Sofía, seca. La sola idea de su suegra moviéndose por su cocina como si fuera la dueña le revolvía el estómago.

—Bueno, como quieran. Ya me voy, que se me hace tarde. Que tengas bonito día, mi niña.

En la oficina, Sofía no pudo concentrarse ni un minuto. Estaba sentada frente a la computadora, pero los números de los reportes se le mezclaban, se le borraban, se le iban de la cabeza. Imaginaba a Mercedes metiendo la llave en la cerradura, entrando al departamento con toda la confianza del mundo. ¿Y luego qué? ¿Abría cajones? ¿Revisaba clósets? ¿Hurgaba en bolsas y bolsillos? ¿O se iba directo al refrigerador?

Apenas llegó a casa, ni siquiera se quitó los zapatos. Caminó casi corriendo hasta la cocina. Sentía los latidos atorados en la garganta.

El refrigerador la recibió con un hueco helado y ofensivo.

La carne fría ya no estaba. Tampoco la mantequilla marcada. Del cartón de huevos habían desaparecido casi todos; quedaban apenas dos, solitarios, en una esquina. Pero lo que más le dolió fue descubrir que también faltaba el frasco de hueva de salmón que había comprado en oferta y escondido para Año Nuevo al fondo de una repisa, detrás de los frascos de encurtidos.

Sofía se dejó caer en un banquito y se tapó la cara con ambas manos. Aquello ya no tenía nada de gracioso. No era un malentendido ni una distracción. Era un robo descarado, hecho con una tranquilidad insultante. Y lo peor era que no sabía cómo decírselo a su marido. No tenía pruebas. Mercedes podía negar todo, jurar que no había tocado nada, asegurar que Sofía se lo había comido y lo había olvidado, o incluso afirmar que ese frasco jamás había existido.

Esa noche la conversación fue áspera.

—Eduardo, desapareció la hueva. También la carne. Y la mantequilla —dijo Sofía mientras él cenaba. Había tenido que preparar ravioles congelados, porque la comida planeada ya no existía.

Eduardo Carrillo dejó el tenedor sobre el plato. Se le endureció la expresión.

—¿Otra vez? Sofía, esto ya me está preocupando. ¿No crees que deberías ir al doctor? No sé, con un neurólogo. ¿Cómo va a desaparecer un frasco así nada más?

—Tu mamá vino hoy.

—¿Y eso qué? Vino a regar las plantas. ¿De verdad crees que mi mamá, una mujer preparada, maestra jubilada, se va a poner a robar comida en la casa de su propio hijo? ¿Para qué? Tiene su pensión, y además yo le doy dinero cada mes.

Sofía se quedó inmóvil.

—¿Cómo que le das dinero? ¿Cuánto?

Eduardo bajó la mirada, incómodo.

—Pues… unos novecientos, a veces mil doscientos pesos. Para medicinas, recibos, esas cosas. Está sola, no le alcanza.

—¿Novecientos o mil doscientos pesos? Eduardo, estamos pagando la hipoteca. Hace tres años que no salimos ni a la playa. ¿Y tú le pasas dinero a tu mamá a escondidas de mí?

—¡Es mi madre! —estalló él—. No tengo por qué darte un reporte de cada peso que le doy a mi familia. Y ya basta de acusarla. Si tú eres olvidadiza o no sabes administrar la despensa, no vengas a echarle la culpa a otros.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, se acostaron sin decirse buenas noches. Sofía permaneció despierta, con la vista clavada en el techo oscuro, escuchando la respiración resentida de Eduardo a su lado. Dentro de ella empezó a formarse una determinación fría, firme. Ya no bastaba con saber la verdad: tenía que demostrarla. Sin huecos. Sin dudas. De una manera tan clara que Eduardo no pudiera inventar una sola excusa.

Al día siguiente, sábado, Sofía fue a una tienda de electrónicos. Pasó un buen rato hablando con un vendedor, revisando opciones, preguntando detalles. Necesitaba una cámara pequeña, discreta, que grabara en tarjeta de memoria y se activara con movimiento.

—Esta le funciona perfecto —le dijo un muchacho con playera amarilla, mostrándole una cajita negra, diminuta—. Graba en HD, también capta audio, la batería dura hasta una semana. La puede esconder en una repisa, entre libros o adornos.

Cuando volvió a casa, aprovechó que Eduardo estaba en el taller con el coche para instalarla. Después de probar varios lugares, encontró el punto ideal: la repisa alta de la cocina, donde guardaban floreros que casi nunca usaban y una vajilla vieja. Colocó la cámara entre la azucarera y un frasco con hojas de laurel, con el lente apuntando directo hacia el refrigerador y una parte de la barra. Desde abajo no se veía nada, pero el ángulo era perfecto.

Ahora hacía falta poner el anzuelo.

El domingo, delante de Eduardo, Sofía llenó el refrigerador con una abundancia casi teatral. Compró jamón serrano y salchichón ahumado de los caros, otro trozo de buen queso, un kilo de carne de res refrigerada, trucha, fruta fresca y una caja grande de chocolates.

Eduardo levantó la mirada, sorprendido por tanta comida.

Vivencia