«Eduardo, yo no pude tragarme casi medio kilo de queso durante la noche», dijo secándose las manos, insinuando que algo más sucede en su casa

Inquietante y angustoso dudar de la propia mente.
Historias

—¿Dónde quedó el queso? Ayer en la noche compré un pedazo entero, de esos grandes, como de cuatrocientos gramos. Lo traje justo para hacer tortas en la mañana y no tener que ponerme a cocinar.

Sofía Cruz permanecía plantada frente al refrigerador abierto de par en par, sintiendo cómo una molestia sorda le subía desde el pecho. El aire helado de las repisas le pegaba en la cara, pero las mejillas le ardían. En la charola de en medio, donde la noche anterior había dejado aquel bloque pesado de queso en su empaque amarillo, ahora solo se veían, abandonados, medio limón y un frasquito con restos de puré de tomate.

—¿Y si te lo comiste y se te olvidó? —contestó desde la sala la voz de su esposo, Eduardo Carrillo, mientras buscaba el otro calcetín antes de irse al trabajo—. O igual yo me levanté en la madrugada… Aunque no, nada más tomé agua. Sofi, ¿de verdad vas a hacer un drama por un pedazo de queso? Si alguien se lo acabó, pues ya, ni modo.

Sofía cerró despacio la puerta del refrigerador. El clic sonó demasiado fuerte en el silencio de la mañana. El problema no era el queso. Tampoco era el embutido que se había esfumado tres días atrás. Ni siquiera el frasco de café soluble caro, que apareció justo a la mitad cuando ellos habían pasado todo el día fuera de casa. Lo que la inquietaba era otra cosa: Sofía empezaba a dudar de su propia cabeza. Recordaba con claridad cómo había sacado cada producto de las bolsas, cómo los acomodó en los estantes y cómo organizó mentalmente las comidas de toda la semana. Después, sin ruido y sin explicación, las cosas iban desapareciendo. Poquito a poquito.

—Eduardo, yo no pude tragarme casi medio kilo de queso durante la noche —dijo al entrar a la recámara, secándose las manos con una toalla—. Y tú tampoco. Nos habría dado algo. Aquí pasa otra cosa.

Eduardo por fin encontró el calcetín debajo del sillón y, resoplando, se lo puso. Era un buen marido: tranquilo, trabajador, poco dado a los pleitos. Su único punto débil, aunque él lo consideraba una virtud, era su mamá: Mercedes Torres.

—¿Otra vez con lo mismo? —levantó la mirada hacia ella, cansado antes de tiempo—. ¿Qué estás insinuando ahora? ¿Que tenemos un duende en la casa? ¿O que mi mamá se lleva comida? Sofi, por favor, eso suena ridículo. Es una señora mayor, recibe su pensión y no le falta nada. Viene a regar las plantas y a darle de comer a Roberto Ramos cuando estamos trabajando. Nos está ayudando, ¿no? Y tú…

—Yo no estoy diciendo nada —lo interrumpió Sofía, aunque en realidad eso era exactamente lo que quería decir—. Solo digo que es raro. Las cosas desaparecen justo los días en que ella entra. El martes pasado fue la barra de salami. El jueves, la pechuga de pollo que yo había descongelado para empanizar. Ahora el queso.

—A lo mejor lo cambió de lugar —Eduardo se puso de pie y se acomodó la camisa—. O quizá Roberto Ramos se lo llevó.

—¿El gato abrió el refri, sacó un queso sellado al vacío y lo escondió? Eduardo, tantita lógica.

—Bueno, ya se me hizo tarde —él le dio un beso rápido en la mejilla, con toda la intención de cortar la conversación antes de que se volviera incómoda—. En la noche compramos otro queso y listo. No te claves. Mi mamá es incapaz de hacer algo así; daría hasta lo último que tiene por nosotros, y tú la estás tratando como si fuera una ladrona. La verdad, Sofía, qué pena.

Cuando la puerta se cerró detrás de su esposo, Sofía se dejó caer en una silla del recibidor. Sí, le daba vergüenza. Mercedes Torres siempre parecía una viejecita inofensiva: su abrigo gastado, la boina tejida, sus quejas de siempre sobre la presión y las medicinas carísimas. Vivía en el edificio de al lado y tenía un juego de llaves del departamento de ellos, “por cualquier emergencia”, como había insistido Eduardo. Al principio Sofía no vio problema. Era práctico si se reventaba una tubería o si alguien dejaba la plancha conectada. Pero últimamente aquellas visitas se habían vuelto demasiado frecuentes.

Sofía trabajaba como contadora en una constructora grande. Su empleo exigía precisión, memoria y mucho orden; tal vez por eso, por la costumbre profesional de cuadrar cada cuenta, no podía dejar pasar el asunto. Conocía al centavo el presupuesto de la casa. Eduardo y ella estaban juntando dinero para comprarse un coche nuevo, así que el gasto de comida lo tenían más que medido. Sin embargo, desde hacía dos meses, esa partida se había inflado sin explicación. El dinero se iba volando y el refrigerador parecía quedarse siempre a medias.

Esa misma tarde, al salir del trabajo, Sofía entró al supermercado. Los precios estaban para asustar a cualquiera. Se quedó un buen rato frente al mostrador de carnes frías, dudando antes de elegir un trozo de lomo horneado. A Eduardo le encantaban las tortas de carne por la mañana. Al final suspiró y pidió una pieza más pequeña de lo que había pensado. Tocaba apretarse el cinturón: en vez de su yogur favorito, kéfir; en lugar de trucha, pescado económico.

Al llegar a casa, acomodó todo con calma. Pero esa vez decidió hacer una prueba. Tomó un plumón y puso puntitos diminutos, casi invisibles, en la base de una lata de paté caro y en el empaque de la mantequilla. Le pareció una tontería, como si estuviera jugando a ser detective de niña, pero necesitaba comprobar la verdad con sus propios ojos.

Los dos días siguientes transcurrieron sin sobresaltos. Mercedes Torres no apareció.

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