«¿Le acompaño a la salida, abuelita?» dijo Karla Luna con veneno, humillando a la clienta frente al aparador

Humillación intolerable, pero sigo siendo digna.
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También me recomendó irme al tianguis. Dijo que le estaba haciendo perder el tiempo. Me preguntó si pensaba pagar con mi pensión en abonos o si mis nietas habían hecho coperacha para comprarme algo. Insinuó que, seguramente, tenía un “sugar daddy” que me soltaba dinero. Y, para rematar, comentó que las arrugas del cuello no favorecen a nadie y que yo no debería usar vestidos con escote.

Adriana Herrera se quedó pálida. Apretó la carpeta que traía entre las manos con tanta fuerza que los nudillos se le marcaron blancos.

—Karla —pronunció en voz baja, pero con una claridad que cortaba el aire—. ¿Eso es cierto?

—¡Está exagerando todo! —chilló la vendedora, perdiendo el control—. ¡Yo nada más hice un comentario en broma! ¡Aquí el ambiente es relajado! Yo siempre trato así a las clientas y nadie se pone así.

—¿Una broma sobre la pensión y un sugar daddy? —Adriana cerró los labios hasta formar una línea rígida—. Karla Luna, ya habíamos hablado de su manera de dirigirse a la gente. En los últimos seis meses se le levantaron tres llamados de atención por escrito. Esto es completamente inaceptable.

—¡Ay, por favor! —Karla hizo un gesto con la mano, como si todo aquello fuera una tontería—. ¡Pero si compró el vestido! Pagó doce mil doscientos cuarenta pesos. Entonces no fue para tanto, ¿o sí?

—¿No fue para tanto? —metí la mano en mi bolso y saqué mi identificación y la escritura correspondiente. Abrí los documentos con calma y los coloqué sobre el mostrador, justo frente a Adriana—. Le pido que los revise con cuidado.

La gerente tomó los papeles. Primero miró la identificación. Luego desplegó la escritura. Leyó. Su rostro perdió el poco color que le quedaba. Me observó. Volvió a leer. Después levantó la vista otra vez hacia mí, como si necesitara confirmar que estaba entendiendo bien.

—Dios mío… —murmuró—. Isabel Rojas. Perdóneme. No la reconocí de inmediato. Usted… usted está muy cambiada. Quiero decir, se ve más joven… más sencilla… distinta.

Karla abrió los ojos de par en par.

—¿Qué? ¿Quién es ella?

—Es Isabel Rojas —respondió Adriana Herrera despacio, como si cada palabra le pesara—. La propietaria de esta boutique y de todo el edificio. Compró todo hace un mes por tres millones doscientos cuarenta mil pesos. En su totalidad. El inmueble, el negocio, la mercancía, todo. Y tú acabas de llamarla abuelita. Y también dijiste que tenía un sugar daddy.

El silencio cayó como una losa.

Karla permaneció con la boca abierta. Su cara pasó del blanco al rojo y luego volvió a quedarse sin color. Retrocedió un par de pasos hacia la pared y se sujetó del borde del mostrador, como si de pronto se hubiera mareado.

—Yo… yo no sabía —balbuceó—. Es que no la vi… Perdón, pensé que…

—Pensó que podía faltarle el respeto a una mujer mayor —terminé por ella—. Porque, según usted, una persona así no merece consideración. Porque asumió que no tenía dinero. Porque la vio vieja. Porque decidió que su lugar era un mercado y no una boutique.

—¡No! ¡Yo no quise decir eso! —Karla se llevó las manos a la cabeza—. Yo solo… no pensé. ¡Fue una broma!

—Una broma —repetí, mirándola sin parpadear—. Entonces, para usted, humillar a una persona es una forma de bromear. Entiendo. Adriana Herrera, ¿cuánto gana Karla Luna?

—Once mil setecientos pesos al mes —contestó la gerente en voz baja.

—¿Y por qué se le paga exactamente?

—Por atención a clientes. Asesoría, ventas y cobro de compras.

—¿Y desempeña bien esa labor?

Adriana guardó silencio unos segundos. Bajó la mirada.

—No —admitió al fin—. Si soy honesta, no. Hemos recibido quejas. Varias durante el último año. Clientes que dijeron que Karla era grosera, altanera, que los trataba con desprecio. También hubo ocasiones en que la gente se fue sin comprar nada precisamente por su actitud.

—¿Entonces por qué no la despidieron antes?

—Quise hacerlo —suspiró la gerente—, pero me dio miedo quedarme sin vendedora. En este giro no es tan sencillo encontrar personal con experiencia y buen trato. Pensé que quizá Karla podía corregirse. Le llamé la atención, hablé con ella, intenté orientarla.

—No se corrigió —dije con firmeza—. Así que ya no hay nada más que esperar. Karla Luna, queda despedida. A partir de hoy. Pase por su finiquito y puede retirarse.

La vendedora se aferró al borde del mostrador.

—¡Usted no puede hacer eso!

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