…a su edad, hasta un viejito cualquiera sirve, con tal de que suelte la lana.
No le contesté. Me limité a sostenerle la mirada con absoluta calma, esperando a que hiciera el cobro. No me temblaban las manos, ni se me quebraba la voz. Yo sabía perfectamente que, en unos minutos, toda esa soberbia suya iba a estrellarse de frente contra la realidad.
—Bueno, vamos a ver —dijo Karla Luna, metiendo la tarjeta en la terminal—. Ahorita sabremos si de verdad tiene fondos o si nomás es un plástico para presumir. De esas también venden en cualquier lado.
El aparato emitió un pitido. La transacción fue aprobada.
Karla Luna retiró la tarjeta, miró el comprobante y su expresión se le avinagró de golpe, como si acabara de morder un limón.
—Tome —masculló, extendiéndome la tarjeta junto con el recibo—. Cámbiese. Le voy empacando el vestido.
Regresé al probador, me quité la prenda y volví a ponerme mi ropa. Cuando salí, la compra ya estaba dentro de una bolsa de la marca. Aun así, Karla Luna no hizo el menor intento de sonreír, mucho menos de agradecer.
—Aquí está —dijo, empujándome la bolsa por encima del mostrador—. Y vuelva cuando guste… si la pensión le alcanza. O si el abuelito le vuelve a depositar.
Tomé la bolsa sin prisa. Luego la observé con detenimiento.
—Karla Luna —dije con voz serena—, ¿cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
Ella frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—¿Y eso a usted qué le importa?
—Simple curiosidad.
—Tres años, si tanto le interesa —respondió con brusquedad—. Tres años aguantando aquí. ¿Y qué con eso?
—Tres años —repetí, asintiendo despacio—. Ya veo. Dígame algo: ¿sabe quién es la dueña de esta boutique?
Karla Luna hizo una mueca de fastidio, como si la pregunta le pareciera una pérdida de tiempo.
—Claro que lo sé. Antes la propietaria era Blanca Gómez. Luego se la vendió a alguien más. A la nueva dueña nunca la he visto. La que se encarga de todo es la gerente, Adriana Herrera. ¿Para qué pregunta?
—¿Dónde está Adriana Herrera ahora? —quise saber.
—En la bodega, recibiendo mercancía. Llegó producto nuevo. ¿Qué, piensa quejarse? —soltó una risa burlona—. ¿Y de qué se va a quejar, según usted? Yo no le hice nada malo. Le vendí el vestido, le cobré y listo. Todo conforme al procedimiento.
—Llámela, por favor.
—¿Y para qué necesita a la gerente? —La vendedora puso los ojos en blanco—. Adriana Herrera está ocupada. Tiene mil cosas que hacer. No puede andar perdiendo el tiempo con cada abuelita que se siente ofendida.
—Aun así, hágame favor de llamarla.
Karla Luna resopló, molesta, pero sacó su celular y marcó.
—Adri, hay una clienta que exige hablar contigo —dijo, sin apartar de mí esa mirada desafiante—. Sí, ahorita. Ven, por favor, porque aquí está parada y no se quiere ir. Ajá, en piso de ventas. Bueno.
Colgó y dejó el teléfono sobre el mostrador.
—Ya viene —anunció—. Pero le digo desde ahorita que está perdiendo su tiempo. Yo no dije nada grave. De hecho, soy bastante educada. Si quiere, pregúntele a otros clientes.
No respondí. Permanecí junto al mostrador, con la bolsa del vestido en la mano. Miré hacia el ventanal. Afuera caía una llovizna helada y la gente caminaba deprisa, metida en sus propios asuntos. Un día de invierno cualquiera. Una tienda cualquiera. Y, sin embargo, en unos instantes, dentro de ese lugar nada iba a seguir igual.
Al cabo de un minuto, salió de la parte trasera una mujer de unos cuarenta y cinco años, vestida con un traje gris impecable, una carpeta apretada contra el pecho y el rostro cansado de quien lleva demasiadas horas resolviendo problemas. Era Adriana Herrera, la gerente.
La había visto una sola vez, hacía un mes, cuando firmé el contrato de compra de la boutique. Pero ella no me reconoció. En aquella ocasión yo llevaba lentes, el cabello recogido en un chongo severo y un traje oscuro de corte ejecutivo. Ahora traía el pelo suelto, jeans, un suéter suave y un maquillaje ligero. Parecía otra persona.
—Buenas tardes —saludó Adriana Herrera con cortesía, aunque se le notaba cierta cautela—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Buenas tardes —contesté—. Quisiera saber si Karla Luna acostumbra tratar así a todos los clientes.
La gerente se tensó de inmediato y volteó hacia la vendedora.
—¿Qué pasó? Karla, ¿hubo algún problema?
—¡Ninguno! —saltó ella—. Yo le hablé normal. ¡Ella es la que está exagerando!
—Me llamó abuelita —dije sin alzar la voz, mirando directamente a Adriana Herrera—. Me sugirió acompañarme a la salida porque, según ella, yo no era el tipo de clienta adecuada para esta boutique.
