«¿Le acompaño a la salida, abuelita?» dijo Karla Luna con veneno, humillando a la clienta frente al aparador

Humillación intolerable, pero sigo siendo digna.
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—¿Le acompaño a la salida, abuelita? —soltó con veneno la vendedora, midiéndome de arriba abajo—. Aquí no manejamos ropa para jubiladas. A lo mejor le conviene más darse una vuelta por el mercado.

Yo estaba detenida frente al aparador de vestidos. Llevaba la bolsa en una mano y la chamarra colgada del hombro. La muchacha detrás del mostrador me observaba como si hubiera encontrado una cucaracha en su ensalada.

—Solo estoy viendo —respondí sin alterarme.

—Sí, claro, “solo viendo” —resopló ella—. Ya conocemos a las de su tipo. Se prueban media tienda, arrugan todo y al final se van sin comprar nada. Esto es una boutique, ¿sí me explico? No una tienda de segunda mano.

Era joven, quizá de unos veintiocho años. Traía un vestido negro pegadísimo, uñas llamativas y una cara de soberbia que no se molestaba en disimular. En el gafete del pecho se leía: Karla Luna.

Por mi cabeza cruzó una idea casi divertida: ni siquiera imaginaba que, apenas un mes antes, yo había comprado esa boutique junto con todo el edificio. Y ahí estaba, hablándole con groserías a su propia jefa.

—¿Me puede enseñar las novedades? —pregunté, señalando el perchero donde colgaban varios vestidos.

—¿Las novedades? —Karla Luna caminó junto al aparador, acomodando los ganchos con fingida paciencia—. Abuelita, ¿está segura? Todo eso es caro. Muy caro. Tal vez le iría mejor en la sección de rebajas. Ahí hay cosas más sencillitas.

Me acerqué un poco más y tomé un vestido azul. La tela se sentía suave, con caída de seda; el corte era clásico y elegante. Era una buena prenda.

—¿Cuál es el precio de este? —quise saber.

Karla Luna miró la etiqueta y torció la boca en una sonrisa burlona.

—Doce mil doscientos cuarenta pesos —dijo alargando las palabras—. Pero ni se haga ilusiones. Se ve que no está dentro de su presupuesto.

No contesté. Sostuve el vestido entre las manos, revisé las costuras, observé los acabados. La pieza valía lo que costaba. Incluso, quizá, podía venderse más cara.

—Me gustaría probármelo —dije.

—¿En serio? —Karla Luna levantó una ceja—. ¿Sí entiende que, si lo mancha o lo rompe, lo tiene que pagar? Son reglas de la tienda. Aquí nadie le va a perdonar los doce mil doscientos cuarenta pesos.

—Lo entiendo —asentí.

—Bueno, como quiera —la vendedora se encogió de hombros—. Usted sabrá. Pero si ya decidió que no lo va a comprar, avíseme de una vez. No me haga perder el tiempo, que ya casi me toca comer.

Descolgó el vestido y me lo entregó de mala gana, como si me estuviera pasando un trapo viejo.

—El probador está allá —indicó con un movimiento de la barbilla hacia una esquina—. Y tenga cuidado con el cierre. Es italiano, delicado.

Tomé la prenda y entré al probador. Cerré la puerta, me quité la ropa y me puse el vestido. Me quedaba perfecto. El azul resaltaba mis ojos, el corte disimulaba lo que tenía que disimular y el largo era justo. Di una vuelta frente al espejo. Era un vestido hermoso. Bien hecho. Digno de su precio.

Salí del probador. Karla Luna estaba sentada detrás del mostrador, hojeando una revista y mascando chicle. Ni siquiera se dignó a levantar la vista.

—¿Cómo me queda? —pregunté.

Ella se separó de la revista con una flojera evidente y me examinó sin ningún entusiasmo.

—Pues… en general, decente —dijo al fin—. Para su edad, bastante aceptable. Aunque, siendo sincera, el escote está un poco pasado. A los cincuenta ya no conviene enseñar tanto. Las arrugas del cuello, ya sabe, no ayudan mucho.

Tengo cincuenta y cuatro años. Sí, tengo arrugas. Pero no me avergüenzan. Me las gané. Cada una de ellas significa años de trabajo, experiencia y batallas superadas.

—Me lo llevo —dije.

Karla Luna dejó la revista sobre el mostrador y se enderezó de golpe.

—¿De verdad? —en su voz se notó una sorpresa imposible de ocultar—. ¿Está segura de que sabe cuánto cuesta?

—Doce mil doscientos cuarenta pesos —repetí—. Sí, lo sé.

La vendedora se puso de pie, se acercó un poco y entrecerró los ojos, mirándome ahora con una curiosidad distinta.

—Ajá —murmuró—. ¿Y cómo piensa pagarlo? ¿Con la pensión en abonos? ¿O sus nietecitas hicieron una vaquita?

Saqué una tarjeta de mi bolsa y la puse sobre el mostrador.

—Con esta.

Karla Luna tomó la tarjeta y la giró entre los dedos. Vio el plástico negro, el logotipo de banca premium, y soltó una risita seca.

—Mire nada más, tarjeta negra —dijo con un sarcasmo descarado—. Seguro consiguió un marido rico. O algún patrocinador le echa la mano. Aunque, pensándolo bien, no debería sorprenderme.

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