Según ella, yo no daba la talla para un establecimiento como aquel. Me sugirió que fuera a comprar al mercadillo. También dijo que le estaba haciendo perder el tiempo. Me preguntó si pensaba pagar con la pensión en cómodos plazos o si mis nietas habían hecho una colecta para ayudarme. Insinuó que quizá tenía algún “abuelo de azúcar” que me financiaba los caprichos. Y, para rematar, añadió que las arrugas del cuello no favorecen a nadie y que, a mi edad, no debería ponerme un vestido con escote.
Natalia Peña perdió el color del rostro. Aferró la carpeta que llevaba entre las manos con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.
—Paula Morales —pronunció en voz baja, aunque cada sílaba sonó nítida—. ¿Es cierto lo que dice?
—¡Lo está exagerando todo! —chilló la dependienta—. ¡Solo hice un comentario en broma! ¡Aquí siempre hemos tenido un trato cercano! Yo hablo así con las clientas y nadie se ofende.
—¿Una broma sobre la pensión y sobre un supuesto “abuelo de azúcar”? —Natalia Peña apretó los labios hasta convertirlos en una línea rígida—. Paula Morales, ya hemos hablado más de una vez de su forma de dirigirse al público. En los últimos seis meses se le han entregado tres advertencias por escrito. Esto no es tolerable bajo ningún concepto.
—¡Ay, por favor! —Paula Morales hizo un gesto de desprecio con la mano—. ¡Si al final ha comprado el vestido! Ha pagado seiscientos ochenta euros. Entonces no habrá sido para tanto, ¿no?
—¿Para tanto? —metí la mano en el bolso y saqué mi documento de identidad junto con la escritura de propiedad. Abrí los papeles y los dejé sobre el mostrador, justo delante de Natalia Peña—. Le ruego que los revise con atención.
La gerente tomó los documentos. Primero desplegó la escritura. Luego leyó el nombre. Su palidez se acentuó. Me miró a mí, volvió a mirar los papeles y otra vez levantó la vista hacia mi rostro.
—Dios mío… —murmuró—. Lucía Ramírez. Discúlpeme, por favor. No la reconocí al entrar. Usted… usted está muy cambiada. Quiero decir… parece más joven, más sencilla, distinta.
Paula Morales abrió los ojos de par en par.
—¿Qué? ¿Quién es?
—Es Lucía Ramírez —respondió Natalia Peña despacio, como si le costara articular cada palabra—. La propietaria de esta boutique y de todo el edificio. Lo adquirió hace un mes por ciento ochenta mil euros. Todo: el inmueble, el negocio, el inventario, absolutamente todo. Y tú acabas de llamarla abuelita. Además de insinuar que alguien le paga los caprichos.
Se hizo un silencio espeso.
Paula Morales permaneció con la boca entreabierta. Su cara pasó del blanco al rojo y del rojo de nuevo al blanco. Retrocedió hasta casi tocar la pared y se sujetó al borde del mostrador, como si las piernas fueran a fallarle.
—Yo… yo no lo sabía —balbuceó—. No la había visto nunca… Perdón, pensé que…
—Pensó que podía tratar con grosería a una mujer mayor —terminé por ella—. Porque, según su criterio, una mujer mayor no merece consideración. Porque supuso que no tenía dinero. Porque la vio vieja. Porque creyó que su sitio estaba en un mercadillo y no en una boutique.
—¡No! ¡Yo no quería decir eso! —Paula Morales se llevó las manos a la cabeza—. Simplemente… no pensé lo que decía. Era una broma.
—Una broma —repetí—. O sea que humillar a una persona le parece gracioso. Entiendo. Natalia Peña, ¿cuánto cobra Paula Morales al mes?
—Seiscientos cincuenta euros —contestó la gerente en voz baja.
—¿Y por qué se le paga exactamente?
—Por atender a la clientela. Asesorar, vender, gestionar las compras.
—¿Y desempeña bien ese trabajo?
Natalia Peña guardó silencio unos segundos. Después bajó la mirada.
—No —admitió—. Si soy sincera, no. Hemos recibido quejas. Varias durante el último año. Algunos clientes dijeron que Paula Morales contestaba mal, que se comportaba con soberbia, que los trataba con desprecio. Incluso hubo personas que se marcharon sin comprar nada precisamente por su actitud.
—¿Por qué no la despidió antes?
—Quise hacerlo —suspiró Natalia Peña—. Pero me daba miedo quedarme sin dependienta. En nuestro sector no es fácil encontrar a alguien con experiencia y que sepa moverse con este tipo de producto. Pensé que quizá Paula Morales corregiría su comportamiento. Le llamé la atención, hablé con ella, intenté reconducir la situación.
—No ha corregido nada —concluí—. Así que ha llegado el momento de actuar. Paula Morales, queda despedida. Desde hoy. Se le abonará lo que corresponda y puede marcharse.
La dependienta se aferró con más fuerza al borde del mostrador.
—Usted no puede hacer eso.
