Andrea Marín estuvo llorando durante una semana entera. Creía que se le habría caído en algún sitio. Y tú… tú la consolabas. Le decías que no pasaba nada, cariño, que al fin y al cabo era solo un objeto, que lo importante era la salud.
—¡Pensaba recuperarla! —estalló Silvia Núñez, al comprender que ya no tenía escapatoria—. ¡Me hacía falta dinero con urgencia! ¡Me habían salido problemas en los dientes y yo a la pública no voy! ¡Iba a devolverla!
—Con ese dinero te pagaste una estancia en un balneario, mamá. Vi los billetes.
—¿Y qué? —gritó ella, aferrándose a la rabia como a un escudo—. ¡Sí, me la pagué! Soy vuestra madre, ¡me merecía descansar! Además, vosotros tenéis joyas de sobra, no os ibais a arruinar por eso. ¡Menuda cosa!
—Era un recuerdo de mi padre —susurró Andrea Marín—. Su muerte nos destrozó.
Alejandro Vázquez miraba a su madre como si, de pronto, tuviera delante a una desconocida.
—Vete —dijo al fin.
—¿Me echas? ¿A tu propia madre? ¿Por un trozo de metal?
—No es por eso. Es por las mentiras. Porque no nos quieres, mamá. Solo nos usas.
—¡Pues quedaos con vuestra vida! —Silvia Núñez agarró el bolso, tan nerviosa que ni acertaba a meter el brazo por el asa—. ¡Apañaos como podáis! ¡Ya vendréis a buscarme cuando os veáis con el agua al cuello!
Salió del portal casi corriendo y dio un portazo. Con las manos temblorosas intentó pedir un taxi, pero la aplicación le avisó de que no tenía saldo suficiente. No le quedó más remedio que ir hasta la parada del autobús. El viento le golpeaba la cara, mientras una idea le martilleaba la cabeza: se arrepentirían. Claro que se arrepentirían.
Pero no se arrepintieron. Y tampoco llamaron.
Durante el primer mes, Silvia Núñez sobrevivió alimentándose de resentimiento. Gastaba lo que le quedaba de pensión en pasteles y pasaba, con aire desafiante y la barbilla alta, por delante de la casa de ellos.
Luego el dinero se acabó. Del todo.
La nevera quedó vacía. Descubrió con asombro que el queso de siempre costaba una barbaridad y que los recibos de la casa se llevaban media pensión. Tuvo que empezar a comprar pasta de la más barata y carcasas de pollo para hacer caldo.
El piso se llenó de silencio. Antes le molestaban las llamadas de su nuera; ahora el teléfono podía pasar días enteros sin sonar. Solo entraban mensajes automáticos ofreciendo préstamos.
—Tiene usted un crédito preaprobado… —anunciaba una voz alegre al otro lado.
—¡Váyanse al demonio! —chillaba ella antes de colgar, y al minuto siguiente rompía a llorar.
Al tercer mes se le estropeó la cremallera de unas botas de invierno. En el taller le dieron un precio que casi la hizo marearse.
—¡Pero si eso se arregla en cinco minutos! —protestó, indignada.
—Pues hágalo usted —masculló el zapatero.
Volvió a casa, subió a una silla y sacó de lo alto del armario una maleta vieja. Dentro estaba la máquina de coser. Pesada, sólida, de las de antes. Hubo un tiempo, cuando Alejandro Vázquez era pequeño, en que ella arreglaba y cosía ropa para medio vecindario.
Silvia Núñez enhebró la aguja. Las manos, desacostumbradas al trabajo, le temblaban. Pasó toda la tarde peleándose con la bota, se pinchó los dedos una y otra vez y rompió dos agujas. Pero consiguió arreglarla.
Al día siguiente, tragándose la vergüenza, pegó un papel en el portal: Arreglos de ropa. Económico. Puerta 15.
La primera en llamar fue una vecina joven, una estudiante.
—Tía Silvia, se me han roto los vaqueros.
