—…y no tengo dinero para comprarme otros. ¿Me echa una mano?
Silvia Núñez los remendó con paciencia, cuidando cada puntada como si aquella costura fuera mucho más que un simple arreglo. La chica, agradecida, le dejó un billete arrugado y una tableta de chocolate.
—¡Gracias, de verdad! Me ha salvado la vida.
Aquella noche, sentada en la cocina, Silvia se tomó un té sin nada más que aquel chocolate. Entonces la golpeó una certeza extraña: era el primer dinero en años que había ganado con sus propias manos. No lo había pedido, no lo había exigido, no se lo habían dado por lástima. Lo había merecido haciendo algo útil.
Después empezaron a llegar encargos. Poca cosa, trabajos modestos: coger el bajo de unos pantalones, cambiar una cremallera, entallar una falda. Le dolía la espalda, se le cansaba la vista, los dedos terminaban entumecidos. Pero, por las tardes, mientras la máquina marcaba su ritmo constante, Silvia empezó a pensar de otra manera.
Ya no recordaba solo las ofensas. También acudían a su memoria otras escenas: Andrea Marín buscando un buen médico para ella; Alejandro Vázquez subiendo un televisor nuevo hasta el quinto piso; los dos intentando, a su manera, formar una familia. ¿Y ella? Ella solo había sabido ver en ellos una cartera abierta.
La cadena… Dios santo, ¿cómo había sido capaz? Era un recuerdo del padre de Andrea. Silvia lo sabía. Lo sabía perfectamente, y aun así la llevó a una casa de empeños solo para permitirse unos días de comodidad.
Medio año más tarde, un sábado gris y húmedo, se detuvo ante la puerta de su hijo. El corazón le golpeaba tan fuerte que parecía querer escapársele del pecho. En una mano llevaba una bolsa.
Pulsó el timbre. Por un instante quiso marcharse antes de que abrieran, pero la cerradura sonó.
En el umbral apareció Alejandro Vázquez. Estaba más delgado, más serio.
—¿Mamá? ¿Ha pasado algo?
—Hola, Alejandro… Solo venía un momento.
Andrea Marín asomó desde el pasillo y, al verla, se quedó rígida.
—He traído esto —dijo Silvia Núñez, tendiéndole la bolsa a su hijo—. Toma.
Alejandro miró dentro. Había un tarro de mermelada de grosella y un sobre.
—¿Qué es?
—La mermelada la hice yo. Y en el sobre… hay algo de dinero. No es mucho. Iré pagando poco a poco. Por la cadena.
Andrea se acercó despacio.
—Silvia Núñez, no hace falta. De verdad.
—Sí hace falta —respondió ella con una firmeza que no admitía réplica, mirándola a los ojos—. Fui a la casa de empeños y pregunté cuánto valía. Lo devolveré todo. Palabra. Ahora trabajo. Coso.
Se quitó un guante. Andrea vio sus manos: uñas cortas, marcas de pinchazos, piel áspera. Manos de alguien que se ganaba el pan.
—Yo… —la voz de Silvia se quebró—. Fui una tonta, Andrea Marín. Perdóname. No por el dinero. Perdóname por no haberme comportado como una persona decente. Creí que tenían que quererme sin más. Y resulta que el cariño también se cuida.
Se dio la vuelta para irse, intentando ocultar los ojos húmedos.
—Mamá, espera.
Alejandro la sujetó por la manga del abrigo.
—¿Adónde vas? Tenemos la tetera puesta.
Andrea, sin decir nada, tomó la bolsa de manos de su marido. Sacó el tarro y lo levantó hacia la luz.
—¿De grosella? —preguntó en voz baja.
—Sí. De la verde, la que le gustaba a Alejandro Vázquez cuando era pequeño.
—Pase, Silvia Núñez. Pero quítese los zapatos, que acabo de fregar.
Se sentaron en la cocina. Bebieron té. La cadena, claro, ya no podía recuperarse. Pero en aquel instante, viendo a su hijo untar la mermelada sobre una rebanada de pan, Silvia Núñez comprendió que otra cosa, mucho más valiosa, quizá sí habían logrado salvarla. Justo en el último momento.
