Ana Guzmán dio las gracias y salió de la oficina. Afuera ya empezaba a caer la noche. La nieve crujía bajo sus zapatos y la ciudad entera parecía prepararse para las fiestas: los aparadores brillaban con series de luces, y en la plaza estaban levantando el árbol de Navidad.
A la mañana siguiente, el cerrajero llegó a las diez en punto. Era un muchacho joven, con una caja de herramientas en la mano. Trabajó rápido, sin hacer preguntas de más. En una hora y media, la puerta ya tenía cerraduras nuevas. Le entregó a Ana Guzmán dos juegos de llaves, le pidió una firma en el comprobante y se fue.
Ana cerró la puerta y giró la llave. El chasquido sonó distinto esa vez: más firme, más claro, como si por fin la puerta obedeciera solo a ella. Las llaves viejas quedaron sobre la repisa del recibidor, convertidas en simples pedazos de metal inútil.
Esa noche, su esposo volvió a casa como siempre. Subió al tercer piso, sacó su llave y la metió en la chapa. Pero no giró. Frunció el ceño e intentó otra vez. Nada.
Tocó el timbre. Ana abrió.
—¿Por qué no sirve mi llave?
—Cambié las cerraduras.
Él se quedó congelado en el umbral.
—¿Cómo que las cambiaste?
—Llamé a un cerrajero. Puso cerraduras nuevas. Aquí está tu llave.
Ana Guzmán le tendió uno de los juegos. Su esposo lo tomó y miró aquellas llaves con desconcierto.
—¿Y eso para qué?
—Por seguridad. Quién sabe en manos de quién pudieron acabar las anteriores.
—¿En manos de quién, si solo las teníamos nosotros?
Ana no respondió. Él entró al departamento y aventó su chamarra.
—¿Hiciste esto por mi mamá?
—Sí.
—¿En serio? —se volvió hacia ella—. ¿Cambiaste las cerraduras para que mi madre no pudiera entrar?
—Exactamente.
—¡Pero ni siquiera tenía llave! ¡Siempre tocaba el timbre!
—Ahora sí tengo la certeza de que no tiene ninguna.
Él dejó caer su bolsa al suelo.
—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? ¡Es mi mamá!
—Lo sé. Pero este es mi departamento.
—¿Otra vez con eso? —su voz subió de tono—. ¿Hasta cuándo vas a repetir lo mismo?
Ana Guzmán sacó de su bolsa la carpeta con documentos y la puso sobre la mesa.
—Mira. Escritura de herencia. Constancia del Registro Público de la Propiedad. El departamento está únicamente a mi nombre. Tú no tienes ninguna parte legal aquí. Vives en este lugar porque yo lo permití.
Su esposo tomó los papeles de golpe y los revisó por encima. La cara se le puso pálida.
—O sea que, según tú, tienes derecho a echar a mi mamá.
—Sí. Y ya ejercí ese derecho.
—¡No puedes hacer eso!
—Sí puedo. La ley está de mi lado.
Él azotó los documentos sobre la mesa.
—Entonces para ti la ley vale más que la familia.
—Para mí vale más mi tranquilidad. Tu mamá convirtió mi vida en un infierno. Ya me cansé de aguantar.
—¡Mi mamá no hizo nada malo!
—Se instaló aquí sin preguntarme. Se comporta como si el departamento fuera suyo. Dice que tú “saliste ganando” porque, al casarte conmigo, obtuviste vivienda. ¿Eso te parece normal?
Él se quedó callado y volteó hacia la ventana.
—Mi mamá solo quería estar más cerca de su hijo.
—A costa mía. En mi casa. Sin mi consentimiento.
—Podías soportarlo.
—Podía. Pero no quiero.
Su esposo se giró de nuevo.
—¿Y ahora qué le digo? ¿Que mi esposa cambió las cerraduras y no la deja entrar a la casa?
—Dile la verdad. O no le digas nada. A mí me da igual.
Ahí terminó la discusión. Él se metió al dormitorio y cerró de un portazo. Ana Guzmán se quedó en la cocina. Preparó té y se sentó junto a la ventana. Afuera, la nieve seguía cayendo sin descanso.
Dos días después sonó el teléfono. Era su suegra. Ana vio el nombre en la pantalla y no contestó. Su esposo sí tomó la llamada.
—Hijo, en una hora llego. Ábreme la puerta, voy cargada.
—Mamá, espera… aquí hay una situación.
—¿Qué situación? ¡Ya voy en el camión!
Él dudó y miró a Ana. Ella solo se encogió de hombros.
—Mamá, mejor no vengas hoy.
—¿Por qué? Te dije que iba a regresar.
—Ana cambió las cerraduras.
Del otro lado hubo silencio.
—¿Cómo que cambió las cerraduras?
—Hay chapas nuevas. Tus llaves ya no sirven.
—¿Y mis cosas dónde están?
—En la bodega.
La suegra calló unos segundos. Luego su voz salió filosa:
—Dile a esa malagradecida que de todos modos voy para allá. Voy por mis cosas. Y voy a hablar con ella como se debe.
El esposo miró a Ana Guzmán. Ella negó con la cabeza.
—Mamá, no. Mejor en otra ocasión.
—¿Cuál otra ocasión? ¡Ya voy en camino!
—Entonces ven. Pero Ana no te va a abrir.
—¡Eso ya lo veremos! ¡Voy a llamar a la policía!
—El departamento es de ella. También en papeles. La policía no va a hacer nada.
La suegra soltó una maldición y colgó de golpe. Él dejó el celular sobre la mesa.
—¿Estás satisfecha? —le preguntó Ana.
—No. Pero tampoco voy a discutir. Estoy cansado.
Una hora más tarde, el timbre sonó. Fue un sonido agudo, insistente, lleno de exigencia. Ana Guzmán fue hasta la puerta y miró por la mirilla. Afuera estaba su suegra con dos maletas grandes.
—¡Abre! —gritó—. ¡Sé que estás ahí!
Ana no contestó.
—¿Me oyes? ¡Abre ahora mismo!
Silencio.
La suegra volvió a tocar. Después empezó a golpear la puerta con la palma de la mano.
—¿Ya te volviste loca? ¡Esta es la casa de mi hijo! ¡Abre la puerta!
Ana permaneció de pie en el recibidor, inmóvil, escuchando los golpes.
