Su esposo la escuchó recargado en el marco de la puerta. No la interrumpió al principio; solo apretó los labios y, al final, soltó un suspiro cansado.
—Mi mamá se preocupa, eso es todo. Quiere ayudar.
—¿Ayudar? —Ana Guzmán ya no pudo contenerse—. ¡No ayuda, se instaló en mi casa como si viviera aquí!
—No exageres. Nada más viene de vez en cuando.
—¿De vez en cuando? ¡Viene todos los días!
—¿Y cuál es el problema? Es mi madre. Tiene derecho a ver a su hijo.
—¿En mi departamento?
La cara de él se endureció.
—En nuestro departamento. Yo también vivo aquí.
—Vives aquí porque yo te abrí la puerta. Este lugar es mío.
—Ah, ¿sí? —la voz de su esposo se volvió más seca—. Entonces, ¿qué soy? ¿Un huésped de paso?
Ana Guzmán cerró los ojos. No quería pelear. No quería decir esas cosas, ni lastimarlo. Pero las palabras ya habían salido solas, empujadas por semanas de cansancio.
—No estoy hablando de eso. Solo pídele a tu mamá que venga menos.
—No pienso hacerlo. Mi madre me importa más que tus caprichos.
Él se fue a la recámara sin decir nada más. Ana Guzmán se quedó en la cocina. Permaneció ahí hasta muy noche, sentada, con los pies helados y las manos inmóviles sobre la mesa. Después se acostó en el sillón de la sala. No logró pegar los ojos.
A la mañana siguiente, la suegra llegó temprano. Venía cargando varias bolsas, todas llenas hasta el tope.
—Decidí quedarme unos días con mi hijo —anunció mientras se quitaba el abrigo—. En el pueblo hace un frío espantoso, y andar prendiendo la estufa todos los días vuelve loco a cualquiera.
Ana Guzmán se quedó parada en el recibidor, mirando cómo la mujer dejaba las bolsas junto a la pared, colgaba su abrigo en el perchero y se quitaba las botas como si aquel sitio le perteneciera.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
—No sé. Tal vez una semana. A lo mejor más. Con este clima no se antoja andar yendo y viniendo.
—Aquí no hay espacio. El departamento es chico.
—¿Chico? —la suegra echó un vistazo alrededor—. Tiene dos cuartos. Está perfecto. Yo duermo en el sillón, no soy delicada.
Ana Guzmán quiso responder, pero la mujer ya había entrado a la cocina y había puesto agua a calentar.
Esa noche, cuando su esposo volvió, se alegró al verla ahí.
—Mamá, ¿te vas a quedar mucho?
—Una semanita, hijo. Ya me cansé del pueblo. Me hará bien pasar unos días en la ciudad.
Él asintió y se sentó a la mesa. La suegra sirvió la cena. Ana Guzmán comió sin levantar la mirada del plato. Cuando terminaron, recogió lo suyo y se encerró en la recámara. Su esposo se quedó en la sala con su madre. Desde adentro, Ana escuchaba sus voces, las risas, esa complicidad que la dejaba afuera.
La semana se convirtió en dos. La suegra empezó a acomodarse de verdad: sacó su ropa de las bolsas, ocupó la mitad del clóset del pasillo, puso sus frascos y cajas en los estantes de la cocina. Ana Guzmán regresaba del trabajo y la encontraba sentada en su mesa, usando su estufa, moviéndose en su departamento con una confianza que le apretaba el pecho.
Una noche intentó hablar de nuevo con su marido.
—¿Cuándo se va tu mamá?
—No sé. ¿Por qué?
—Porque ya me harté de vivir de a tres.
—Es mi madre.
—Lo sé. Pero este departamento es mío.
—¿Otra vez con lo mismo? —él dejó el celular sobre la cama—. Ya me tienes cansado con eso de “mi departamento”.
—Y yo estoy cansada de que tu mamá actúe como la dueña de la casa.
—Mi mamá no está haciendo nada malo. Cocina, limpia, ayuda. Deberías agradecerle.
—¿Agradecerle? ¿Por qué? ¿Por estarme arrinconando en mi propia casa?
Su esposo se puso de pie.
—Nadie te está arrinconando. Eres tú la egoísta. Ni siquiera puedes soportar a alguien de la familia.
—¡Es tu familia, no la mía!
Él azotó la puerta y salió a la sala. Ana Guzmán se quedó sola. Se sentó en la orilla de la cama y cerró los puños con fuerza. Por dentro le hervía todo, pero no lloró. Ya no le quedaban lágrimas. Solo coraje, cansancio y una sensación amarga de humillación.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, la suegra anunció que se quedaría hasta Año Nuevo.
—En el pueblo no hay nada que hacer, aquí está más alegre. Vamos a celebrar juntos —dijo mientras acomodaba sobre la mesa las cosas que acababa de comprar.
Ana Guzmán no contestó. Se fue al trabajo más temprano de lo habitual y regresó tarde. Todo el día estuvo pensando en una sola cosa: qué podía hacer.
Esa noche, cuando su marido ya dormía, sacó los documentos del departamento. Revisó la escritura, el acta de adjudicación por herencia y los papeles del Registro Público de la Propiedad. Todo estaba a su nombre. El departamento era exclusivamente suyo. Su esposo no tenía participación alguna. Su suegra, mucho menos, tenía derecho alguno sobre ese lugar.
Guardó los documentos con cuidado y se acostó. La decisión se le formó adentro sin ruido, pero con firmeza. Las palabras ya no servían. Había llegado el momento de actuar.
A la mañana siguiente, mientras desayunaban, la suegra comentó:
—Tengo que ir al pueblo un par de días. Una vecina me pidió ayuda con unos trámites. Pero voy a dejar mis cosas aquí para no andar cargando de un lado a otro.
Ana Guzmán asintió mientras comía su avena. La mujer preparó una bolsa pequeña, se despidió de su hijo y se fue. Sus pertenencias quedaron en el recibidor: dos bolsas grandes, una bolsa con pantuflas y una caja con frascos.
Ana esperó una hora. Luego, con calma y sin apresurarse, metió todo en bolsas grandes y lo llevó a la bodega. Lo acomodó al fondo, junto a la pared, y cerró la puerta con el pestillo.
Después de comer, Ana Guzmán fue al centro de atención ciudadana. Llevaba los papeles del departamento y su INE. Hizo fila unos veinte minutos. Cuando por fin llegó a la ventanilla, explicó la situación con voz tranquila y clara:
—Quiero solicitar el cambio de cerraduras de mi departamento. Las llaves pudieron quedar en manos de personas ajenas.
La empleada asintió, recibió la solicitud y le pidió que firmara varios formatos. Ana los firmó uno por uno y recibió un comprobante.
—¿Cuándo puedo pasar por las llaves nuevas?
—Mañana después del mediodía. El técnico irá en la mañana a instalar las cerraduras; nosotros le llamamos.
