—¿Y mi madre qué? —soltó Manuel Molina, casi sin aliento, mientras yo terminaba de acomodarme frente al volante—. ¡Tiene el corazón mal! ¡Necesita tratamiento!
—La unidad privada no cierra nunca, Manuel. Atiende a cualquiera que pueda pagarla. Y tú eres un agente inmobiliario de éxito, ¿no? Pues gana dinero.
Subí la ventanilla. Arranqué.
Por el retrovisor alcancé a ver cómo Paula Sanz se apartaba de ellos. Tiraba de su maletita pequeña y caminaba hacia la parada de autobús sin mirar atrás. Al parecer, la “muñeca de porcelana” tenía bastante más cabeza de la que ellos le habían atribuido.
Pasaron seis meses.
La vida de una cardióloga consiste en una sucesión interminable de existencias ajenas que llegan rotas y hay que recomponer pieza a pieza. Frente a eso, la vida propia, cuando por fin se calma, parece un puerto silencioso.
Vendí aquel piso. No quería volver a un lugar impregnado de codicia ajena. Con ese dinero compré una casa modesta en las afueras, con jardín y una terraza donde por las mañanas podía tomar café escuchando nada más que el silencio.
Manuel Molina intentó reclamar una división de bienes, pero mi abogado le apagó el entusiasmo enseguida: respondió con una demanda por enriquecimiento injusto, acumulado durante los años en que había vivido a costa de los recursos de la fundación sin pagar lo que correspondía. Después de eso, Manuel desapareció del mapa. Se decía que trabajaba en una agencia inmobiliaria de poca monta, que alquilaba una habitación y que pagaba una pensión enorme a Paula Sanz. Ella, al final, tuvo al bebé, aunque no aceptó casarse con él.
Lo de Rocío Díaz fue otro capítulo.
Su marcapasos funcionaba perfectamente, pero cada revisión debía abonarla según tarifa completa. Probó suerte en centros públicos, claro. Allí, con mucha educación, le explicaron que, tratándose de un dispositivo tan complejo, lo más prudente era acudir a los especialistas de nuestro centro. Al equipo de Carmen Blanco.
Un día me esperó junto a la entrada de la clínica. Tenía un aspecto lamentable: abrigo barato, botas gastadas, el rostro hundido.
—Carmen Blanco —murmuró, intentando sujetarme del brazo—. Sé humana, por favor. Manuel está ahogado, no me da dinero. Ayúdame a conseguir un cupo para cambiar la batería. Tú eres médica… hiciste un juramento.
Me detuve y la miré.
Curiosamente, no sentí rabia. Ni siquiera satisfacción. Solo un cansancio inmenso, antiguo, como si aquella mujer perteneciera a una vida que yo ya había cerrado con llave.
—El juramento hipocrático, Rocío Díaz, no me obliga a mantener a quienes quisieron pisotearme. ¿Está viva? Sí. ¿Puede recibir tratamiento? También. En cuanto a los cupos, ahora los obtienen quienes de verdad los necesitan: pensionistas solos, personas con discapacidad, pacientes sin recursos. Usted, en cambio, es una señora de posición. Tiene un hijo, ese “dueño de la vida”. Que se ocupe él.
Seguí caminando.
En el bolsillo me vibró el móvil. Era un mensaje de David Medina:
«Mañana inauguramos el nuevo edificio. ¿Vendrás? Como copropietaria tienes que estar sí o sí».
«Estaré», contesté.
Me subí a mi coche nuevo. Comprado con mis propios dividendos, no con préstamos firmados a la sombra de un marido.
La justicia no consiste en vengarse. La justicia llega cuando cada uno acaba en el lugar que se ha ganado. Manuel Molina, en una habitación alquilada con sus aires de grandeza. Rocío Díaz, haciendo cola delante de una caja. Y yo, en un quirófano, decidiendo a quién darle una oportunidad más de vivir.
Miré mis manos. No temblaban.
Al día siguiente me esperaba una intervención difícil: sustitución de válvula a una anciana que había crecido en una residencia de menores. Sin coste. Con un cupo personal mío.
Y aquello importaba infinitamente más que todos los “nidos familiares” del mundo.
Pisé el acelerador.
Por delante se abría una carretera limpia, despejada.
Igual que mi vida.
