No de ese blanco que deja la furia. Blanco como una hoja.
—¿No has pagado? —preguntó con una voz extrañamente pareja, casi baja.
—No.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres meses.
Óscar Flores se dejó caer en el taburete. La madera protestó con un crujido largo, cansado, como si también llevara años aguantando.
—Van a cargarte recargos. Intereses de demora. Lo sabes, ¿verdad?
—Claro que lo sé. Soy contable. Un cero coma uno por ciento diario sobre la cantidad vencida.
Me miró como si, de pronto, no supiera quién tenía delante. No veía a su mujer, la que durante ocho años había transferido dinero sin levantar la voz. Veía a una desconocida.
—¿Por qué? —soltó al fin.
Abrí el cajón de la mesa, saqué el cuaderno verde y lo puse entre los dos.
—Míralo.
Pasó las hojas despacio. Una detrás de otra. Fechas, columnas, cifras. Mi letra pequeña, ordenada, sin tachones. Treinta años trabajando con números: la mano no me temblaba.
—Ve a la última página.
Obedeció. Allí había dos cantidades encerradas en un recuadro.
17.600 €.
9.600 €.
—La primera cifra es lo que yo he pagado por ti —dije—. La segunda, lo que tú me diste para vivir. En los mismos ocho años.
No contestó. Volvió hacia atrás, revisando páginas como si esperara encontrar un fallo. No lo encontró.
—Tú dijiste: “arréglate con cien euros”. Y me arreglé. Hice caldo con huesos y restos baratos. Me corté el pelo sola, inclinada sobre el lavabo. Compraba medias una vez cada seis meses. Llevé los mismos zapatos cuatro años seguidos. Mientras tanto, tú comprabas cañas, carretes, te metías en una bañera de madera de seiscientos euros, echabas ciento sesenta euros al mes en gasolina para tu todoterreno y, delante de tus amigos, me llamabas derrochadora.
El cuaderno seguía abierto sobre la mesa. Verde, gastado, con las esquinas dobladas, escrito desde la primera página hasta la última.
—Ahora pagas tú. Tus créditos, tus caprichos, tu vida. Como un hombre adulto.
—Pero pueden vender la deuda a una agencia de cobros…
—Puede ser.
—¡Somos una familia, Carmen Ortíz!
Me ajusté las gafas con calma. El gesto de siempre. La patilla resbaló por el puente de la nariz.
—En una familia no se le entrega a la esposa una ración como si fuera ganado. No se revisan los tickets de la compra. No se presume ante los amigos de lo poco que cuesta mantener a tu mujer. Y no se compra una caña de pescar de trescientos ochenta euros cuando ella no se permite un champú de dos euros con ochenta.
Se levantó y se fue al garaje. No regresó hasta bien entrada la noche.
Guardé el cuaderno en el cajón y giré la llavecita, la misma que había pertenecido al viejo baúl de mi madre.
Después me senté junto a la ventana. Afuera iba cayendo la oscuridad. Bajo la puerta del garaje se veía una línea de luz. Óscar llamaba a alguien. A su madre, quizá. O a Iván Medina. Buscaba de dónde sacar dinero.
Yo me quedé allí, respirando. Despacio. Hondo. Con todo el pecho. Y entonces noté algo raro: los hombros se me aflojaron solos. Los había llevado encogidos ocho años, día tras día, sin darme cuenta.
En el exterior cantaban los grillos. Olía a tierra caliente después de todo el día al sol y a algo dulce, floral: el jazmín había florecido junto a la valla. Estaba sola en aquella cocina silenciosa y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía ganas de sumar, ni de anotar, ni de demostrar nada. Solo quería permanecer sentada.
Pasaron dos meses.
Óscar le pidió prestados cuatrocientos euros a mi madre para cubrir una cuota atrasada. A mí no me dijo ni una palabra. Fue ella quien me llamó:
—Carmen, ha venido Óscar. Me pidió algo hasta cobrar. Se lo di, hija, no es un extraño.
Apreté tanto el teléfono que se me quedaron blancos los dedos. Pero no respondí. Con mi madre tendría otra conversación. Más adelante.
El segundo préstamo lo renegoció con el banco. Lo alargó otros cinco años. La cuota bajó a ciento veinte euros. Ahora la paga él. El día exacto, sin retrasos. Se ve que las llamadas del departamento de recobros enseñan más que ocho años de mi silencio.
La caña japonesa sigue en el garaje, dentro de su funda, sin estrenar. En estos dos meses no ha ido a pescar ni una vez. La gasolina está cara y dinero sobrante ya no hay. Redujo la sauna a dos veces al mes. La cerveza la compra de una en una, no por cajas.
Seguimos viviendo en el mismo piso. Hablamos poco, solo lo imprescindible. Las notas en la nevera continúan ahí, aunque ahora él también hace cuentas. Ayer lo vi en la tienda: estaba delante del pan, dudando entre dos barras. La blanca costaba cuarenta y dos céntimos; la morena, treinta y seis. Eligió la morena.
No sé si la situación ha mejorado. Más tranquila, sí. Más silenciosa, desde luego. Pero calidez no hay. Y una conversación de verdad, tampoco. Él cree que lo he traicionado. Yo creo que fue él quien me traicionó durante ocho años: con cada billete, con cada ticket revisado, con cada vez que dijo “derrochadora”.
Daniela Navarro, una compañera del trabajo, me dijo:
—Hiciste bien, Carmen. Que pruebe en su propia piel lo que es elegir entre el pan de treinta y seis céntimos y el de cuarenta y dos.
Mi hermana Sandra Carrasco llamó cuando se enteró y soltó un suspiro:
—Madre mía, Carmen. Lo de los cobradores ya es pasarse. ¿No podíais sentaros y hablar como personas normales? Estás rompiendo la familia.
Y yo no lo sé. De verdad que no lo sé.
