—Y no pienso permitir que se convierta en una pensión llena de gente.
A David se le marcó una arruga en la frente.
—Mi piso, mi piso —repitió con burla, imitando su tono—. ¿Acaso yo no vivo aquí también?
—Sí, vives aquí —respondió Laura Morales—. Pero la decisión sobre quién entra en esta casa la tomo yo.
—Es mi madre —dijo él, y su voz se volvió más dura.
—Tu madre viene bastante a menudo, David —contestó ella sin perder la calma—. Otra cosa muy distinta es meter a seis personas durante las fiestas. A eso no voy a dar mi consentimiento.
David se recostó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Está bien. Ya hablaremos.
La conversación terminó ahí. Laura recogió la mesa en silencio, mientras David se fue al salón y encendió el televisor. El resto del día transcurrió sin que ninguno de los dos volviera a dirigirse la palabra.
Al día siguiente, Laura llegó a casa más tarde de lo habitual. La reunión se había alargado, y después la retuvieron en el almacén con unos albaranes. Cuando por fin subió a su piso, ya estaba anocheciendo. Abrió la puerta, se quitó el abrigo y, de inmediato, notó que algo no iba bien.
David la esperaba en el pasillo. Tenía el rostro tenso y los puños apretados. Laura se detuvo en seco.
—¿Qué ha pasado?
Él dio un paso hacia ella.
—¡Se acabó! Haz las maletas. Mi madre viene con la familia antes de Año Nuevo y tú aquí no haces falta.
Laura cerró la puerta despacio, sin apartar la mirada de él.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo que has oído. Me ha llamado mi madre. Ya lo tienen todo preparado y salen pasado mañana. Necesitan sitio, y tú solo vas a estorbar.
—¿Yo voy a estorbar? ¿En mi propia casa?
—¡En mi casa! —estalló David—. Vivo aquí, así que tengo derecho.
Laura dejó caer el bolso al suelo.
—Vives aquí porque yo te dejé vivir aquí. El piso está a mi nombre. Lo recibí antes de casarnos. Es mi herencia.
—¡Me importa un comino tu herencia! —David golpeó la pared con el puño—. Mi madre quiere venir, y va a venir.
—Sin mi permiso no entra nadie.
Él se acercó un poco más, hasta quedar demasiado cerca.
—¿De verdad crees que puedes decirme lo que debo hacer?
Laura levantó la barbilla.
—No te estoy dando órdenes. Te estoy recordando los hechos. El piso es mío. Y la decisión también.
David giró sobre sus talones, entró dando grandes zancadas en el salón y cerró la puerta de un portazo. Laura permaneció en el pasillo, mirando aquella puerta cerrada. Algo dentro de ella se quedó helado. No era miedo. Era la certeza de que aquello ya no era una simple discusión.
La tarde pasó en completo silencio. David no salió del salón y Laura se quedó en la cocina. Preparó té, se sentó junto a la ventana y miró hacia el patio. Las farolas iluminaban los bancos vacíos, mientras el viento arrastraba hojas secas por el asfalto.
Cerca de la medianoche, sonó el teléfono. Era Silvia Ortega. Laura observó la pantalla durante un buen rato antes de contestar.
—¿Laura? —la voz de su suegra sonó seca, distante—. David me ha contado que te opones a que vayamos.
—Silvia Ortega, no me opongo a que venga de visita. Lo que digo es que este piso es demasiado pequeño para seis personas.
—Ya nos apañaremos, ¿no? David puede dormir en la habitación, mi hermana y yo en el sofá, y los chicos en el suelo. No pasa nada.
—Para mí sí pasa. No me resulta cómodo.
—No te resulta cómodo —repitió la mujer, cargando cada palabra de reproche—. David se mata a trabajar, te mantiene, y tú ni siquiera eres capaz de recibir a su madre.
—David trabaja para él mismo —replicó Laura—. Y se mantiene a sí mismo. Yo también trabajo.
—¡Tú pierdes el tiempo en esa empresita tuya por cuatro duros! ¡David, en cambio, hace todo lo posible para que vivas bien!
Laura cerró los ojos. Discutir no tenía sentido.
—Silvia Ortega, el piso es mío. Está a mi nombre. Por tanto, decido yo.
—Decides tú —se burló su suegra—. Lo que eres es una egoísta. Heredaste una vivienda de tus padres y ahora ni siquiera quieres abrirle la puerta a la familia de tu marido.
—Solo quiero pasar el Año Nuevo tranquila. Sin ellos.
—¿Sin ellos? ¿Los parientes de sangre de tu marido para ti son simplemente “ellos”?
Laura cortó la llamada. Aquella conversación no llevaba a ninguna parte. Silvia Ortega no buscaba razones; solo quería imponer su voluntad.
A la mañana siguiente, David se marchó sin saludar. Laura se quedó en casa. Tenía un día libre entre semana y decidió aprovecharlo para poner orden. Quitó el polvo, fregó los suelos, revisó los armarios y separó algunas cosas que ya no usaba. Mantener las manos ocupadas le ayudaba a no darle vueltas a lo ocurrido.
Al mediodía volvió a sonar el teléfono. Esta vez era una amiga. Emma Navarro, con quien Laura conservaba una amistad desde los años del colegio.
—Oye, ¿cómo estás? Hace mucho que no nos vemos.
—Bien —mintió Laura—. Todo está en orden.
—No es verdad. Se te nota en la voz. ¿Qué ha pasado?
Laura suspiró y acabó contándoselo todo: el conflicto con su suegra, los planes para Nochevieja, la pelea con David. Emma escuchó sin interrumpir, soltando apenas algún comentario breve de vez en cuando.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó cuando Laura terminó.
—No lo sé. David no me habla.
—¿Y vas a ceder?
—No —respondió Laura con firmeza—. Este piso es mío. Si cedo ahora, después será mucho peor.
—Haces bien —la apoyó Emma Navarro.
