Se acabó. Haz las maletas: antes de Año Nuevo mi madre se instalará aquí con toda la familia, y te aseguro que ninguno de ellos tiene ganas de verte.
El piso le había quedado a Laura Morales por herencia de sus padres. Era una vivienda de dos habitaciones, situada en la cuarta planta de un viejo edificio de ladrillo. Las ventanas daban a un patio interior, con álamos altos y bancos gastados por los años. Sus padres lo habían dejado todo en orden y, seis meses después de su muerte, Laura pasó a ser oficialmente la propietaria.
Puso todos los documentos a su nombre, recibió la escritura y, poco a poco, empezó a acostumbrarse a una idea que al principio le parecía extraña: aquella casa ya era suya.
Con David Herrera se casó un año después de recibir la herencia. La boda fue sencilla, sin invitados de compromiso ni celebraciones exageradas. Él se mudó al piso de Laura, vendió el pequeño apartamento de una habitación que tenía en las afueras y guardó el dinero en un depósito bancario.
Vivían tranquilos. No había grandes alegrías, pero tampoco discusiones. David trabajaba en una empresa de construcción y a menudo regresaba tarde. Laura llevaba la contabilidad de una pequeña compañía; solía llegar antes a casa y preparaba la cena.

Los primeros meses de matrimonio transcurrieron con calma. David no se metía en los asuntos domésticos ni intentaba imponer cambios. Laura mantuvo la casa como estaba acostumbrada a verla: las fotografías de sus padres siguieron colgadas en la pared y el antiguo aparador con la vajilla permaneció en su sitio. Su marido no puso objeciones.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la presencia de su suegra empezó a hacerse cada vez más frecuente. Silvia Ortega aparecía una vez por semana, y a veces incluso más. Llegaba cargada de bolsas con comida, entraba casi como si la casa fuera suya y recorría cada rincón con una mirada minuciosa, inquisitiva. Laura procuraba conservar la cortesía: le ofrecía té, escuchaba sus observaciones y asentía.
—Alguien debería pensar de una vez en tu marido —comentó un día Silvia Ortega, examinando el salón—. David se cansa mucho, y luego vuelve a este piso tan frío. Habría que poner cortinas nuevas y elegir un papel pintado más alegre.
Laura no respondió. Aquel piso era suyo; antes había sido de sus padres. No tenía intención alguna de cambiar el papel, sustituir las cortinas ni transformar nada. Pero tampoco quería discutir. Resultaba más fácil asentir y callar.
—Lo recibió todo de sus padres y ni aun así sabe hacer un verdadero hogar —continuó Silvia Ortega mientras sacaba un tarro de mermelada de una bolsa—. David trabaja día y noche, y cuando llega se encuentra con frialdad y vacío.
Debajo de la mesa, Laura cerró la mano en un puño. Aun así, contestó con serenidad:
—David nunca se ha quejado.
—David jamás se queja, es su manera de ser —suspiró la suegra—. Pero una madre siempre nota cuándo su hijo no está bien.
Su hijo. David tenía treinta y dos años, pero para Silvia Ortega seguía siendo un niño. Laura había aprendido a dejar pasar esas frases sin engancharse a ellas. Escuchar, asentir y luego continuar con lo suyo.
David, por su parte, ni siquiera parecía darse cuenta de cómo su madre iba envenenando despacio el ambiente de la casa. Al contrario: le agradaba que Silvia Ortega los visitara. Aquella comida, aquellos cuidados, aquella atención constante eran cosas que de niño no había recibido en abundancia. Su padre se había marchado pronto, y su madre lo había criado sola, trabajando en dos empleos y dejándolo muchas veces al cuidado de los vecinos.
Ahora Silvia Ortega intentaba compensar todo lo que, según ella, había quedado pendiente. Llamaba a su hijo cada noche, le preguntaba cómo estaba y le daba consejos. A veces, Laura alcanzaba a oír fragmentos de sus conversaciones:
—Mamá, está todo bien, no te preocupes.
—David, ya sabes que solo pienso en ti.
—Sí, mamá, lo entiendo.
Laura no intervenía. Cada persona tiene su propia forma de relacionarse con sus padres. Lo único importante era que esos vínculos no terminaran interfiriendo en la vida familiar.
El otoño se instaló por completo. El aire se volvió más frío y la lluvia empezó a caer con más frecuencia. Laura sacó del armario la ropa de abrigo, cambió las colchas ligeras por otras más cálidas y colocó velas en el alféizar de la ventana. Pequeños detalles, casi invisibles, que para ella hacían que un lugar se sintiera como un hogar.
Diciembre se acercaba. Laura pensaba ya en la Nochevieja. Le apetecía preparar una celebración sencilla, invitar a algunos amigos, adornar un poco el piso. Nada ruidoso ni excesivo: solo una velada íntima con personas cercanas.
Por aquellos días, David empezó a mostrarse cada vez más preocupado. Al volver del trabajo, apenas hablaba y se quedaba mirando el teléfono. Laura le preguntaba si ocurría algo, pero él se limitaba a quitarle importancia.
—Todo está bien. Solo estoy cansado.
Una noche, durante la cena, David por fin soltó lo que llevaba dentro:
—Mi madre y los demás quieren pasar Año Nuevo en la ciudad. No tienen dónde quedarse, y nosotros somos solo dos. Aquí caben.
Laura levantó la vista del plato. El tenedor se quedó suspendido en el aire.
—¿Todos? ¿De cuántas personas estamos hablando?
David se encogió de hombros sin apartar los ojos de la comida.
—Pues mi madre, la tía Claudia Benítez, mi sobrino, Pablo Morales y Natalia Gallego. Unas seis personas, no más.
—¿Seis personas? ¿En un piso de dos habitaciones?
—No será mucho tiempo. Del 31 de diciembre al 2 de enero nada más. ¿Qué problema hay?
Laura dejó el tenedor sobre la mesa.
—David, este piso es mío.
