—¿Entonces le quitarán el coche?
—Es muy posible que se lo retiren.
Me quedé mirando a través del cristal. Caía aguanieve; golpeaba la visera de la ventana y se deshacía al instante. Pensé en Carla Gil con su abrigo blanco. En lo mucho que, seguramente, disfrutaba paseándose en aquel Toyota. Y también recordé que Carlos Medina solo me había llevado en ese coche dos veces: una al centro de salud y otra al cementerio, a visitar a mi madre.
—Redactemos esa comunicación —dije.
Y Teresa Ibáñez la redactó.
Aquella noche volví a casa, me preparé un té —para mí, no para él, no “para los dos”— y lo serví en una tacita pequeña con nomeolvides, esa que Carlos siempre había mirado con desprecio. Me lo bebí junto a la ventana.
El piso estaba en silencio. Mi bata colgaba de su gancho. Nadie la llamaba “trapo de estar tirada en el sofá”.
Entonces pensé que, después de todo, estar sola no daba tanto miedo. Lo verdaderamente aterrador había sido pasar treinta y dos años friendo dos filetes y recibiendo, a cambio, apenas una migaja de atención.
Al rato sonó el teléfono. Número desconocido.
—¿Qué has hecho, vieja loca? —chilló Carla Gil al otro lado.
Aparté el móvil de la oreja con cuidado, igual que una contable aparta un informe lleno de errores.
—Señorita, le voy a pedir una cosa —respondí con absoluta calma—. A partir de ahora, comuníquese conmigo únicamente a través de mi abogada. Si quiere, puedo facilitarle el número de Teresa Ibáñez.
Y colgué.
El primer disparo ya había sonado.
El juicio se celebró en febrero.
Carlos apareció con su único traje, uno azul oscuro, el mismo que había llevado a la boda de Laura Peña cuatro años antes. Le quedaba más apretado que entonces. La chaqueta ni siquiera cerraba sobre el vientre.
Carla no fue. Más tarde supe que aquel mismo día ya estaba discutiendo con él.
Yo me presenté con una falda sencilla y una camisa blanca. Sin bata, por supuesto. Carlos me miró y por un momento pareció desconcertado. Tal vez esperaba encontrarse con “una jubilada”. Pero frente a él estaba sentada una mujer que durante treinta y dos años había llevado las cuentas de una vida ajena y que, por primera vez, había acudido allí para poner en orden la suya.
Teresa Ibáñez habló durante unos veinte minutos. Sin alzar la voz, apoyándose en los documentos. Certificado: uno. Extracto bancario: dos. Recibos: una carpeta con trescientas dieciocho páginas. Justificantes de pago: otra carpeta.
Yo observaba a Carlos. Se ponía rojo, luego pálido. En un momento metió la mano en el bolsillo buscando sus pastillas para el corazón, pero no encontró nada, porque siempre era yo quien se las guardaba allí.
La jueza terminó de escuchar, levantó la mirada por encima de las gafas y se dirigió a él.
—Demandado, ¿tiene algo que alegar sobre el fondo del asunto?
—Bueno… la vivienda se compró estando casados…
—¿Con qué fondos se adquirió el inmueble?
—Con dinero de los dos.
—En el expediente constan el certificado de herencia y el extracto bancario. Veintisiete mil euros ingresaron en la cuenta de la demandante en 2007. La vivienda se compró en 2008 por veintisiete mil euros. ¿Qué pruebas aporta usted de su contribución económica?
Carlos guardó silencio.
—¿No tiene pruebas?
—No.
Ganamos el juicio. Por completo. El piso quedaba para mí. Además, se reconoció una compensación por las reformas que yo había pagado con mi tarjeta: otros seis mil euros que él tendría que abonarme en un plazo de seis meses.
Carlos salió primero de la sala. Yo me quedé un poco más, firmando documentación.
Cuando salí al pasillo, lo vi de pie junto a una ventana, mirando al patio. Tenía los hombros hundidos. El traje le caía como un saco.
—Natalia —dijo sin volverse—. No se puede ser así.
—¿Así cómo?
—Así. Hasta el último céntimo. No soy un extraño para ti. Tenemos una hija juntos.
Me acerqué y me quedé a su lado. Y entonces, lo juro, ni yo misma esperaba decir aquello, pero lo dije.
—Carlos, durante treinta y dos años no fui una extraña para ti. Y me convertiste en extraña en un solo sábado. ¿Recuerdas tus palabras? Dijiste que no podías vivir con una jubilada. No soy jubilada: tengo cincuenta y cuatro años y aún me faltan seis para retirarme. Pero aunque lo fuera, por esa frase no pienso perdonarte ni un euro. Ni uno, Carlos. Y tampoco voy a perdonarte tu préstamo.
—¿Qué préstamo?
—El del Toyota. Ya informé al banco del divorcio. Me han retirado como avalista. En estos días te llamarán: te exigirán que liquides la deuda por adelantado o que presentes otro aval. ¿Crees que Carla aceptará firmar por ti?
Se volvió hacia mí. Su cara no estaba roja; estaba blanca.
—Tú… ¿lo hiciste a propósito?
—A propósito, Carlos. Muy a propósito.
Pasé junto a él y caminé hacia el ascensor.
El segundo disparo sonó allí mismo, en el pasillo del juzgado. Oí cómo el teléfono vibraba en el bolsillo de Carlos. Seguramente ya era el banco.
En casa me serví té en la taza de los nomeolvides. Me senté junto a la ventana, miré la nieve y pensé que quizá aquello era lo que la gente quería decir cuando hablaba de que la justicia había triunfado.
Aunque, por alguna razón, todavía me temblaban las manos. No de miedo. Era el cansancio de treinta y dos años que por fin me permitía sentir.
