Guadalupe Ramos, mi suegra, presidía el salón desde el centro como si fuera un barco enorme atravesando hielo: inmóvil, pesada, imposible de ignorar. Traía un vestido de brocado hasta el piso y cargaba encima tanto oro que, por un segundo, me preocupó que la columna no le aguantara.
Eduardo Peña me abandonó apenas cruzamos la entrada.
—Quédate aquí. Voy a saludar a unas personas importantes —masculló, y enseguida se perdió entre una nube de sacos brillosos y perfumes caros.
No pasaron ni dos minutos cuando se me acercó mi cuñada, Nicole Palacios. Nicole, la misma que estaba convencida de que Anna Ajmátova era una influencer de alguna red social.
—¡Ay, Camila! —me recorrió de pies a cabeza con una mirada capaz de cortar la leche. —¿Y tú por qué vienes tan… fúnebre? ¿Eduardo no te soltó para el estilista?
—Me gusta más la belleza sin tanta producción, Nicole.
—Ajá, cómo no. Oye… —bajó la voz y sonrió con esa dulzura de animal que enseña los dientes antes de morder. —Mi mamá me pidió avisarte algo. No te sientes en la mesa principal. Ya está todo acomodado: socios, inversionistas, gente necesaria. No hay lugar.
—¿Y entonces dónde se supone que voy yo? —sentí que los dedos se me enfriaban.
Nicole señaló con flojera hacia el rincón más lejano, casi pegado a la puerta de la cocina.
—Allá. Con los fotógrafos y el del sonido. Desde ahí se oye perfecto y, además… no estorbas.
Giró sobre sus tacones como si acabara de cumplir una misión diplomática y se fue revoloteando hacia el brillo.
Caminé hasta la mesa número quince. Cojeaba. A un lado habían colocado una bocina gigantesca que soltaba unos bajos capaces de moverle los empastes a cualquiera. En la mesa estaba sentado un sonidista con cara de funeral, masticando una tartaleta sin entusiasmo.
—¿Está libre? —pregunté.
—Siéntate, jefa —respondió sin mirarme mucho. —Nomás no empieces con que está muy fuerte.
Pasó una hora. Eduardo Peña no volteó hacia mí ni una sola vez. Ocupaba el asiento a la derecha de su madre, servía vino, se reía echando la cabeza hacia atrás, hablaba con esa seguridad suya que siempre aparecía frente al dinero, el poder y la adulación. Ahí sí respiraba cómodo. Ahí pertenecía.
Yo, en cambio, estaba arrinconada como parienta pobre llegada de quién sabe dónde, aunque había nacido en Monterrey y no precisamente debajo de una piedra. Los meseros me atravesaban con la vista como si mi cuerpo no ocupara espacio. Rodeaban nuestra mesa “técnica” con una habilidad admirable, igual que si fuéramos parte del mobiliario.
—Señorita —intenté detener a una mesera que pasaba casi corriendo—, ¿me puede traer agua?
—Es servicio de banquete, espere su turno —soltó, sin concederme ni media mirada.
El sonidista soltó una risita seca.
—Ni te esfuerces. Aquí somos decoración. ¿Quieres un sándwich? Traigo de mi casa.
Sacó de su mochila un recipiente de plástico con tortas hechas en casa. El olor a embutido me revolvió el estómago.
Volví los ojos hacia mi marido. Estaba explicándole algo con fervor a un señor canoso, de traje carísimo, que lo escuchaba con una pereza elegante mientras asentía de vez en cuando.
De pronto, Guadalupe Ramos golpeó su copa con un tenedor. El salón entero se apagó en silencio.
—¡Queridos míos! —su voz, amplificada por el micrófono, se derramó por todos los rincones. —Hoy me siento inmensamente feliz. Están aquí las personas que amo: mi hijo, mi hija, mis socios, mis amigos.
Siguió nombrando invitados durante casi diez minutos. Mi nombre no apareció. Para ella yo no era Camila León; era apenas “la esposa de Eduardo”, un accesorio de su imagen que esa noche habían decidido guardar en el cuarto de servicio.
Cuando comenzaron los brindis, pensé que, por educación, al menos debía felicitarla.
