«¡Sáquenme a esta muerta de hambre, no pertenece aquí!» — gritó Eduardo Peña, ordenando al personal de seguridad que me sacara del salón frente a la alta sociedad

Humillación cruel y desvergonzada que despierta rabia.
Historias

—¡Pareces bibliotecaria! —mi esposo me apartó con asco y me mandó a una mesa junto al técnico de sonido, para que no lo hiciera quedar mal frente a la “alta sociedad”. Aguanté dos horas enteras. Pero cuando él le gritó a seguridad: “¡Sáquenme a esta muerta de hambre, no pertenece aquí!”, se levantó de su asiento un hombre ante quien temblaba toda la ciudad. No caminó hacia la festejada, sino hacia mí, y dijo en voz alta una frase que hizo que mi suegra casi se escurriera debajo de la mesa…

—Con eso no vas a salir. Quítatelo. Te ves como una viuda que llegó al funeral de su gato favorito.

Eduardo Peña tomó con dos dedos el tirante de mi vestido, como si tocara algo sucio. Y eso que era terciopelo antiguo, una pieza rehecha a partir de un vestuario teatral de mi mamá.

—Eduardo, es un Chanel del ochenta y cinco. Bueno… casi —intenté bromear, aunque por dentro sentí que algo se me cerraba como un puño—. Es un clásico.

—¡Es una antigualla, Camila León! ¡Una antigualla! —alzaron vuelo sus palabras, y en su cuello apareció esa vena inflada que siempre le palpitaba cuando hablaba de dinero o de mi familia “sin futuro”—. Hoy es el aniversario de mi mamá. Va a ir gente del Palacio Municipal. ¡Va a estar el mismísimo Ricardo Montes! ¿Y tú te presentas así? Pareces… pareces una bibliotecaria que se quedó olvidada en un archivo.

Me vi en el espejo. Del otro lado había una mujer flaca, con los ojos demasiado grandes por el miedo y un collar de perlas que de pronto me pareció ridículo. ¿Y si tenía razón? ¿Y si de verdad arruinaba la imagen que él tanto cuidaba?

—¿Entonces qué quieres que me ponga? ¿Tu vestido rosa con brillos, ese que te encanta? —se me escapó la pulla. Era muy mío: lanzar veneno justo cuando tenía ganas de llorar.

Eduardo Peña aventó sobre la cama una bolsa de una boutique carísima.

—Ponte esto. Lo compró mi mamá. Y, por el amor de Dios, quítate esas… reliquias familiares.

Dentro venía un vestido. Verde limón, chillante, corto, con un escote tan profundo que ahí cabía escondido un libro entero.

—Eso no me lo voy a poner —dije bajito—. No soy payasa.

Él se acercó tanto que me obligó a retroceder medio paso. Olía a coñac caro y a pánico ajeno; aquella noche le daba más miedo a él que a mí.

—Vas a usar lo que yo diga. O te quedas en la casa. Aunque no, ni eso. Vas a ir, vas a sonreír y te vas a sentar exactamente donde yo te indique.

Salió dando un portazo tan fuerte que de la repisa cayó la foto de nuestra boda. Levanté el marco. El vidrio se había partido justo por la mitad, separándonos con una línea perfecta. Muy simbólico.

Me puse mi vestido negro. Luego prendí en el pecho el broche de mi abuela: una ramita de plata con granates opacos. Si quería verme como viuda, que así fuera. Esa noche iba a enterrar mi matrimonio.

El restaurante “Versalles” hacía honor a su nombre con una seriedad casi ofensiva: había molduras doradas hasta en los zoclos, y los candelabros de cristal colgaban tan bajo que parecía que querían probar la ensalada rusa de las mesas.

Los invitados resplandecían.

Vivencia