Montserrat Espinosa, mi suegra, dominaba el centro del salón como un rompehielos abriéndose paso entre placas de hielo. Llevaba un vestido de brocado hasta los pies y tal cantidad de oro encima que, por un momento, temí sinceramente por su columna vertebral.
Pablo Ortega me abandonó apenas cruzamos la entrada.
—Quédate aquí. Voy a saludar a la gente importante —masculló, y enseguida se perdió entre una marea de chaquetas relucientes.
No tardó en acercárseme mi cuñada, Sara Torres. Una criatura convencida de que Anna Ajmátova era alguna influencer de moda.
—¡Ay, Nati! —me repasó de arriba abajo con una mirada capaz de agriar la leche fresca—. ¿Y por qué vienes tan… fúnebre? ¿Pablito no te dio dinero para una estilista?
—Prefiero la belleza natural, Sara.
—Claro, claro. Oye… —bajó la voz y sonrió con esa dulzura carnívora que tanto practicaba—. Mamá me ha pedido que te avise: no te sientes en la mesa principal. Está todo asignado. Socios, inversores, personas útiles. No hay sitio.
—¿Y dónde se supone que me siento yo? —noté cómo se me helaban las yemas de los dedos.
—Allí —señaló con un gesto vago hacia el rincón más alejado, junto a la puerta de la cocina—. Con los fotógrafos y el técnico de sonido. Desde ahí se oye fenomenal y, además… no estorbas a nadie.
Dio media vuelta sobre sus tacones y se esfumó, ligera como una mariposa venenosa.
Me dirigí a la mesa número quince. Cojeaba. A su lado habían plantado un altavoz enorme que escupía bajos directamente contra los tímpanos. Sentado allí había un técnico de sonido con cara de derrota, masticando una tartaleta como si fuera una obligación contractual.
—¿Está libre? —pregunté.
—Siéntate, mujer —gruñó sin mirarme demasiado—. Pero luego no te quejes de que está alto.
Pasó una hora. Pablo no volvió la cabeza hacia mí ni una sola vez. Ocupaba el asiento de honor, a la derecha de su madre; llenaba copas, reía echando la cabeza hacia atrás, brillaba en el ambiente que de verdad le pertenecía: dinero, poder y adulación.
Yo permanecía allí como una pariente pobre llegada de cualquier pueblo perdido, aunque había nacido en pleno Madrid. Los camareros fingían no verme. Rodeaban nuestra mesa “técnica” con una destreza admirable, como si todos los que estábamos allí fuésemos parte del mobiliario o simples sombras.
—Disculpe —intenté detener a una camarera que pasaba a toda prisa—. ¿Podría traerme un poco de agua?
—Es servicio de banquete. Espere su turno —soltó ella, sin concederme ni media mirada.
El técnico de sonido dejó escapar una risita seca.
—No te molestes. Aquí estamos de adorno. ¿Quieres un bocadillo? Traigo de casa.
Sacó de la mochila un táper con bocadillos caseros. El olor a embutido me revolvió el estómago.
Volví a mirar a mi marido. Hablaba con vehemencia con un hombre canoso enfundado en un traje carísimo. El otro lo escuchaba con una pereza elegante, asintiendo de vez en cuando.
De pronto, Montserrat Espinosa golpeó suavemente su copa con el tenedor. La sala se fue apagando hasta quedar en silencio.
—¡Queridos míos! —su voz, amplificada por el micrófono, ocupó cada rincón del restaurante—. Hoy soy una mujer feliz. Están aquí todos aquellos a quienes quiero: mi hijo, mi hija, mis socios.
Durante casi diez minutos fue enumerando invitados. Mi nombre no apareció. Yo no era Natalia Gallego. Era tan solo “la mujer de Pablo”, un accesorio añadido a su posición social, algo que aquella noche habían decidido guardar discretamente en el trastero.
Cuando comenzaron los brindis, entendí que, por pura educación, debía al menos felicitarla.
