«Escucha, Marina, eso de jugar a ser mujer de negocios está muy bien, hasta resulta gracioso» dijo Álvaro con una media sonrisa mientras ella apretaba el bolso y salía

Su indiferencia fue cruel; su decisión, valiente.
Historias

Nuestra conversación. Nuestra vida.

—Se va a disgustar.

—¿Y tú? ¿Tú estás disgustado?

Álvaro se quedó inmóvil, con el teléfono todavía en la mano. Abrió la boca, como si fuera a responder, pero no salió nada. La cerró enseguida. Y entonces vi en sus ojos aquello que llevaba tanto tiempo intuyendo: no estaba perdido porque me estuviera perdiendo a mí. Estaba perdido porque no sabía cuál era la reacción correcta. La que tocaba. La que se esperaba de él.

—Yo… no entiendo de dónde ha salido todo esto —logró decir al fin, con esfuerzo.

—Porque nunca miraste. Porque nunca quisiste ver.

El móvil vibró entre sus dedos y empezó a sonar. Una llamada. Por supuesto, era Carmen Flores. Álvaro alzó la vista hacia mí, luego miró la pantalla y pulsó el botón de responder.

—Mamá, sí, ya lo sé… No, ella… Mamá, estamos hablando ahora… Sí, lo entiendo…

Me levanté y salí de la cocina. No me quedaban fuerzas para escuchar aquella conversación. En el dormitorio abrí el armario y saqué una maleta. Empecé a meter ropa. No todo. Solo lo imprescindible. Lo demás podría recogerlo más adelante.

Álvaro apareció en el umbral unos diez minutos después.

—Mamá dice que estás agotada. Que lo que necesitas es descansar. Ha ofrecido pagarnos una estancia en un balneario. En Karlovy Vary. ¿Te acuerdas de que querías ir?

Seguí doblando cosas sin mirarlo.

—Marina, ¿me estás oyendo? Dos semanas. Solo nosotros dos. Sin trabajo, sin presión, sin nervios…

—Álvaro, basta.

Se calló. Desde la puerta observaba cómo colocaba en la maleta jerséis, vaqueros y mi neceser.

—¿De verdad te vas? ¿Ahora mismo?

—Sí.

—¿Adónde?

—Alquilaré un piso. De momento, eso haré.

—Pero si no tienes dinero —dijo, y por primera vez apareció en su voz algo parecido a la preocupación—. En la tarjeta solo hay unos trescientos euros. Lo comprobé ayer.

Cerré la cremallera de la maleta y me enderecé.

—Sí tengo dinero, Álvaro.

—¿Qué dinero? ¿De dónde?

—Vendí mi parte de la empresa. Ayer. Por ciento veinte mil euros.

Se hizo un silencio largo, espeso. Él permaneció allí, quieto, y yo pude ver cómo le cambiaba la expresión: primero desconcierto, luego sorpresa, después incredulidad, y al final algo demasiado parecido a la codicia.

—¿Ciento veinte mil… euros? —repitió despacio.

—Eso he dicho.

—¿Y cuándo pensabas contármelo?

Agarré la maleta por el asa.

—No pensaba hacerlo. Es mi dinero, Álvaro. Mi empresa. Mi trabajo.

—¡Pero somos una familia! —su voz se elevó de golpe—. ¡Eso también forma parte de lo nuestro!

—Fundé la empresa antes de casarme. Con mis propios ahorros. Los abogados lo han revisado todo. Ese dinero no tiene nada que ver contigo.

Pasé a su lado y fui hacia la entrada. En el recibidor me puse el abrigo y los zapatos. Álvaro salió detrás de mí casi corriendo.

—Espera, hablemos con calma. Marina, no tomes decisiones precipitadas.

Cogí la maleta. Mi mano se posó sobre el picaporte.

—He esperado ocho años a que quisieras hablar conmigo de verdad. No voy a seguir esperando.

La puerta se cerró a mi espalda con un golpe suave.

Pedí un taxi desde la misma entrada del edificio. El conductor me ayudó a meter la maleta en el maletero y yo ya estaba abriendo la puerta trasera cuando escuché un grito desde arriba.

—¡Marina! ¡Marinita, espera!

Levanté la cabeza. En el balcón del cuarto piso estaba Carmen Flores, envuelta en mi chal acolchado, que ya ni siquiera sentía mío. Agitaba los brazos como si intentara detener un tren en marcha.

—¡Espera, bajo ahora mismo! ¡No te vayas!

Me metí en el coche.

—Podemos esperar un par de minutos —sugirió el conductor con cierta compasión—. A lo mejor sí es algo importante.

—No —respondí—. Arranque, por favor.

Pero apenas habíamos empezado a movernos cuando mi suegra llegó corriendo hasta el coche. Tenía la cara roja, el pañuelo torcido y golpeaba el cristal con la palma de la mano.

—¡Marina! ¡Abre! ¡Por favor, abre!

Bajé la ventanilla solo unos centímetros.

—Carmen Flores, apártese del coche.

—Hija —dijo de pronto, con un tono lloroso que jamás le había oído—, no hagas esto. Subamos, lo hablamos todo. Pongo agua para el té y conversamos como personas civilizadas.

—No tenemos nada de qué hablar.

—¿Cómo que no? —las lágrimas le corrían por las mejillas, arrastrando el rímel. La escena habría dado pena si no hubiera llegado tan tarde—. ¡Eres mi nuera! ¡Ocho años juntas! Yo… yo me porté mal, lo sé. Pero podemos empezar de cero.

El conductor me miró por el retrovisor, esperando una señal. Negué con la cabeza.

—Carmen Flores, durante ocho años me repitió que yo no era suficiente para su hijo. Que cocinaba mal, que me vestía mal, que vivía mal. ¿Y sabe una cosa? Tenía razón. Yo no era suficiente. Pero no para Álvaro. Para mí misma.

—Marina, cariño…

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