«Mira, Lucía Navarro, todo ese juego tuyo de empresaria está muy bien, hasta resulta tierno» dijo Sergio con una sonrisita mientras ella apretaba con más fuerza el asa del bolso y salía a firmar los papeles

Una decisión valiente e inevitable ante tanta indiferencia
Historias

Nuestra conversación. Nuestra vida.

—Se va a disgustar.

—¿Y tú? ¿Tú estás disgustado?

Sergio Gallego se quedó inmóvil, con el móvil todavía en la mano. Abrió la boca, la cerró enseguida, y en sus ojos vi aquello que llevaba tanto tiempo sospechando: no estaba perdido porque me estuviera perdiendo a mí, sino porque no sabía cuál era la reacción correcta. La que tocaba.

—Yo… no entiendo de dónde ha salido todo esto —logró decir al fin.

—Porque nunca miraste. Porque no quisiste verlo.

El teléfono vibró entre sus dedos y empezó a sonar. Por supuesto: Carmen Castro. Sergio levantó la vista hacia mí, luego miró la pantalla y aceptó la llamada.

—Mamá, sí, ya lo sé… No, ella… Mamá, estamos hablando ahora… Sí, entiendo…

Me levanté y salí de la cocina. No me quedaban fuerzas para escuchar también aquella conversación. En el dormitorio abrí el armario, saqué la maleta y empecé a meter ropa dentro. No todo. Solo lo imprescindible. Lo demás ya lo recogería en otro momento.

Sergio apareció en el marco de la puerta unos diez minutos después.

—Mamá dice que solo estás agotada. Que necesitas descansar. Ha ofrecido pagarnos una estancia en un balneario, en Karlovy Vary. ¿Te acuerdas? Siempre decías que querías ir.

Seguí doblando prendas sin responder.

—Lucía, ¿me estás oyendo? Dos semanas. Tú y yo solos. Sin trabajo, sin presión, sin problemas…

—Sergio, basta.

Se calló. Observó cómo guardaba jerséis, vaqueros y el neceser en la maleta.

—¿De verdad te vas? ¿Ahora mismo?

—Sí.

—¿Adónde?

—Alquilaré algo. De momento, eso.

—Pero si no tienes dinero —dijo, y por primera vez apareció en su voz algo parecido a la inquietud—. En la tarjeta solo hay unos trescientos euros. Lo comprobé ayer.

Cerré la cremallera de la maleta y me incorporé.

—Tengo dinero, Sergio.

—¿Qué dinero? ¿De dónde?

—Vendí mi participación en la empresa. Ayer. Por ciento veinte mil euros.

El silencio que cayó fue largo, pesado. Él permaneció quieto, y yo pude ver cómo iban cambiando sus ojos: primero incomprensión, luego sorpresa, después impacto y, finalmente, algo demasiado parecido a la codicia.

—¿Ciento veinte mil…? —repitió despacio—. ¿Euros?

—Euros.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

Agarré la maleta por el asa.

—No pensaba hacerlo. Es mi dinero, Sergio. Mi empresa. Mi trabajo.

—¡Pero somos una familia! —su voz se elevó de golpe—. ¡Eso es patrimonio común!

—Fundé la empresa antes de casarme. Con mi propio dinero. Los abogados lo revisaron todo. Tú no tienes nada que ver con esa cantidad.

Pasé junto a él y fui hacia la entrada. Me puse el abrigo, me calcé. Sergio salió detrás de mí, alterado.

—Espera, vamos a hablarlo bien. Lucía, no tomes decisiones precipitadas.

Cogí la maleta. Mi mano se apoyó en el picaporte.

—Durante ocho años esperé a que quisieras hablar bien conmigo. Ya no voy a esperar más.

La puerta se cerró a mi espalda sin estruendo.

Pedí un taxi allí mismo, delante del portal. El conductor me ayudó a meter la maleta en el maletero, y yo ya estaba abriendo la puerta trasera cuando oí un grito desde arriba.

—¡Lucía! ¡Lucía, espera!

Alcé la cabeza. En el balcón del cuarto piso estaba Carmen Castro, envuelta en mi chal de plumas —el que ya no consideraba mío—, agitando los brazos como si pudiera detener un tren con aquel gesto.

—¡Espera, bajo ahora! ¡No te vayas!

Me senté dentro del coche.

—Podemos esperar un par de minutos —comentó el conductor con cierta compasión—. A lo mejor es algo importante.

—No —respondí—. Vámonos, por favor.

Pero antes de que el coche arrancara, mi suegra llegó corriendo hasta la ventanilla. Tenía la cara roja, el pañuelo torcido y golpeaba el cristal con insistencia.

—¡Lucía! ¡Abre! ¡Vamos, abre!

Bajé la ventanilla apenas unos centímetros.

—Carmen Castro, apártese del coche.

—Hija —dijo de pronto, con un tono lloroso que jamás le había oído—. No hagas esto. Subamos, lo hablamos con calma. Pongo té y conversamos como personas civilizadas.

—No tenemos nada que hablar.

—¿Cómo que no? —las lágrimas le resbalaban por las mejillas, arrastrándole el rímel. La imagen resultaba penosa—. ¡Eres mi nuera! ¡Llevamos ocho años siendo familia! Yo… yo me porté mal, lo reconozco. Pero podemos empezar de cero.

El conductor me miró por el retrovisor, preguntándome en silencio qué debía hacer. Negué con la cabeza.

—Carmen Castro, durante ocho años me repitió que yo no era lo bastante buena para su hijo. Que cocinaba mal, que me vestía mal, que vivía mal. ¿Y sabe qué? Tenía razón. De verdad no era lo bastante buena. Pero no para Sergio. Para mí misma.

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