ni de lo que significa ocupar el lugar de una esposa. Solo piensa en lo suyo.
—Mamá, basta ya —la voz de Sergio Gallego sonó cansada, casi apagada.
Me quité el abrigo despacio y lo dejé en la percha. Después crucé el pasillo y entré en el salón. Carmen Castro estaba instalada en mi sillón preferido, bebiendo té en la vajilla que yo más cuidaba. Sergio, a su lado, permanecía hundido en el sofá, con la mirada fija en la televisión.
—Buenas noches —dije.
Mi suegra me recorrió de arriba abajo con unos ojos en los que cabía cualquier cosa menos alegría por verme.
—Por fin apareces. Sergio me había dicho que volverías para la comida.
—Yo dije que regresaría por la tarde.
—¿Al menos dejaste la cena hecha?
Miré a Sergio. Él apartó los ojos.
—No —respondí sin alterarme—. He estado ocupada.
—¿Lo ves, Sergio? —Carmen Castro soltó un suspiro exagerado, de esos que se lanzan para que todos lo escuchen—. Ni una pizca de consideración por la familia. Solo ella, ella y ella.
En otro momento habría empezado a justificarme. Habría dado explicaciones, pedido perdón, corrido hacia la cocina para preparar algo y apagar el incendio antes de que creciera. Pero aquel día algo se había movido dentro de mí.
—Carmen Castro, Sergio Gallego es un hombre adulto. Puede hacerse la cena perfectamente. O pedir comida a domicilio.
El silencio cayó de golpe. Tan denso que se oía el tic-tac del reloj de pared.
—¿Cómo dices? —mi suegra dejó la taza sobre el platillo con un golpe seco.
—Estoy cansada —dije, simplemente—. Voy a descansar.
Y me fui al dormitorio sin esperar a ver sus caras.
Detrás de la puerta comenzó la tormenta. La voz de Carmen Castro subía hasta un chillido afilado y luego descendía a un siseo venenoso. Sergio murmuraba algo en respuesta, aunque desde la habitación no se distinguía ni una palabra. Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Lo extraño fue que aquella discusión al otro lado de la pared no me provocó angustia ni ganas de levantarme para arreglarlo todo. Solo sentí agotamiento. Un cansancio hondo, como si llevara una semana entera sin dormir.
Media hora después, Sergio irrumpió en el dormitorio. Tenía la cara enrojecida y una dureza desconocida en la mirada.
—¿Pero qué te pasa? ¿Ya no hay quien te controle? —se plantó en mitad de la habitación, con los brazos cruzados—. Mi madre está llorando por tu culpa.
Me incorporé sobre un codo.
—Sergio, tu madre tiene sesenta y dos años. Es una persona adulta. Si algo de lo que he dicho la ha herido tanto, puede venir y decírmelo ella. A la cara.
—¿De qué estás hablando? ¡Es nuestra madre!
—Tu madre —lo corregí—. Y, por cierto, no tengo obligación de rendirle cuentas de cada paso que doy.
Me miró como si acabara de descubrir a una desconocida.
—¿Qué te está pasando? Antes no eras así.
—Antes —me levanté de la cama— creía que tenía que cumplir vuestras expectativas. Las tuyas y las de ella. Pensaba que debía cocinar, limpiar, sonreír y agradecer que me hubierais aceptado en vuestra familia.
—Lucía…
—Estoy agotada, Sergio. Agotada de ser cómoda para todos.
Abrió la boca, dispuesto a replicar, pero se contuvo. Luego se dio la vuelta y salió dando un portazo.
Me quedé de pie en medio del dormitorio. Me temblaban las manos, el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho, y aun así, por dentro, había una claridad nueva. Como si la niebla que me había envuelto durante años empezara por fin a disiparse.
A la mañana siguiente me despertó el ruido de pasos en la cocina. Sergio estaba preparando café; por el estruendo de tazas y cajones, no parecía hacerlo de buen humor. Me puse la bata y salí. Él me daba la espalda mientras llenaba dos tazas.
—Mira —empezó, sin girarse—. Olvidemos lo de ayer. Mamá ya se ha ido. Está disgustada, pero conseguí calmarla. Le dije que habías tenido un día difícil.
—Sergio, mírame.
Se volvió y me tendió una taza. No la acepté.
—Quiero divorciarme.
El café se derramó en el suelo. La taza se le escapó de los dedos, aunque no llegó a romperse; rodó hasta quedar cerca de la cocina.
—¿Qué?
—Quiero el divorcio —repetí, con una serenidad que ni yo misma esperaba—. Tenemos que hablar. Hablar de verdad.
Sergio permaneció inmóvil, como si acabaran de darle un golpe en la cabeza. Después se dejó caer lentamente en una silla.
—Tú… estás bromeando.
—No.
—¿Por lo de ayer? ¿Por mi madre? Lucía, entiendo que a veces sea dura, pero…
—No es por lo de ayer —me senté frente a él—. Es por todo. Por estos ocho años en los que fui dejando de ser yo. Porque jamás me preguntaste qué quería. Porque en esta casa mi opinión nunca ha contado para nada.
Él guardó silencio. Me observaba con suspicacia, como si buscara una trampa escondida entre mis palabras.
—¿Hay alguien más? —preguntó de pronto.
Me reí. Fue una risa cansada, pero sincera.
—No, Sergio. No hay nadie. Estoy yo. Y acabo de comprender que con eso basta.
Él agarró el teléfono.
—Tengo que llamar a mi madre. Ella tiene que saber…
—¿Para qué? —lo interrumpí antes de que marcara—. Esto es asunto nuestro.
