—… cariño —sollozó, con los dedos clavados en el borde de la puerta—. ¡Yo solo quería que os fuera bien! ¡Estaba preocupada!
—Estaba preocupada por su hijo —la corregí—. No por nosotros. Por él.
En ese instante, Jorge Molina salió disparado del portal. Venía sin chaqueta, con las zapatillas de andar por casa y el rostro desencajado. Al ver a su madre pegada al coche, aceleró el paso y llegó hasta nosotros casi corriendo.
—¡Marta, espera! —apartó a Pilar Ramírez de un empujón torpe y se agarró a la manilla de la puerta—. No te vayas. Te lo suplico.
Lo miré a través del cristal. Tenía la cara pálida y en los ojos se le notaba un miedo que nunca le había visto.
—Jorge, suelta la puerta.
—¡No! ¡No puedo dejar que te vayas así! Tenemos que hablar.
—Ya hemos hablado.
—¿Por el dinero? —se humedeció los labios, nervioso—. Mira, entiendo que lo has ganado tú. De verdad. Has hecho algo increíble y estoy orgulloso de ti. Podemos… podemos invertirlo. Comprar un piso más grande. O una casa. Tú siempre quisiste una casa con jardín, ¿no?
Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse. Incluso entonces, incluso en aquel momento, lo único que se le ocurría mencionar era el dinero. No nosotros. No el hecho de que me estaba perdiendo. El dinero.
—Jorge —dije con una calma que hasta a mí me sorprendió—, apártate del coche. Te lo pido por última vez, y te lo estoy pidiendo bien.
—¡Marta, te quiero! —soltó de golpe.
Aquellas palabras sonaron tan vacías, tan ensayadas y falsas, que por un segundo me dieron ganas de reír.
¿Cuándo había sido la última vez que me lo dijo de verdad? ¿Un año antes? ¿Dos? Quizá alguna noche, por costumbre, antes de dormir, sin levantar siquiera la vista del móvil.
—Suéltala.
Pero no lo hizo. Seguía allí, aferrado a la manilla, y en su mirada había desesperación. Aunque no era la desesperación de quien pierde a la persona que ama. Era la de quien ve cómo se le escapa algo valioso. Algo que creía suyo.
—¡Jorge! —Pilar Ramírez lo sujetó por el hombro—. ¡De rodillas! ¡Ponte de rodillas y pídele perdón!
Él miró primero a su madre y luego a mí. Y, para mi sorpresa, obedeció. Se dejó caer sobre el asfalto mojado, allí mismo, con sus zapatillas de casa. Juntó las manos como si estuviera rezando.
—Marta, por favor. Te lo suplico. No te marches. Voy a cambiar. Lo arreglaremos todo. Seré distinto, te lo prometo.
Algunas personas que estaban junto al portal se detuvieron para mirar. Una de ellas ya estaba sacando el teléfono, seguramente para grabar el espectáculo. El taxista carraspeó, incómodo.
—Señorita, a lo mejor deberían hablarlo un poco… El hombre está…
Subí la ventanilla hasta arriba.
—Arranque, por favor.
—¡Marta! —Jorge se puso de pie de un salto y empezó a golpear el cristal con la palma—. ¡Marta, no hagas esto! ¡Por favor!
Pilar Ramírez se colgó de su brazo, lloriqueando y diciendo cosas que no alcancé a entender. El coche avanzó. Jorge corrió detrás de nosotros unos metros, pero enseguida se quedó atrás.
Por el retrovisor lo vi plantado en mitad del patio, mientras su madre le hablaba gesticulando con los brazos. Luego, al doblar la esquina, desaparecieron de mi vista.
—Debe de ser duro para usted —comentó el conductor con cautela.
—¿Sabe una cosa? —me recosté contra el asiento y, de pronto, noté que las lágrimas me resbalaban por la cara. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio—. Por primera vez en muchos años, me siento ligera.
Él asintió sin añadir nada. Tuve suerte: era un hombre discreto.
El teléfono empezó a vibrar sin descanso cuando salimos a la avenida. Jorge. Pilar Ramírez. Otra vez Jorge. Silencié las llamadas.
Entre todas las notificaciones apareció un mensaje de Andrés Pérez: “¿Cómo estás? ¿Ha salido todo bien?”.
Le respondí: “Sí. Todo perfecto. Gracias por todo”.
A los pocos segundos llegó su contestación: “Aguanta. Y si necesitas algo, estoy disponible”.
Sonreí. Andrés Pérez era una buena persona. Siempre había estado de mi lado.
El hotel al que pedí que me llevaran resultó ser pequeño, pero acogedor. Estaba en el centro, cerca de un parque. Reservé una habitación para una semana: tiempo suficiente para encontrar un piso decente y empezar a ordenar los papeles.
Cuando la puerta se cerró a mi espalda, me senté en la cama y miré alrededor. Limpio. Silencioso. Nadie que me dijera que hacía las cosas mal. Nadie dispuesto a juzgar cada palabra que saliera de mi boca.
El móvil volvió a vibrar. Jorge. Trigésima séptima llamada. Bloqueé su número. Después bloqueé también el de Pilar Ramírez.
Mañana llamaría a un abogado para iniciar el divorcio. Pasado mañana me reuniría con una inmobiliaria. La vida no se detenía.
Me acerqué a la ventana. Abajo brillaban las luces de la ciudad y la gente caminaba deprisa, cada cual metida en sus asuntos. En alguna parte estaba Jorge, comprendiendo por fin lo que había perdido. En alguna parte estaba Pilar Ramírez, descubriendo que su nuera no era tan fácil de doblegar como había imaginado.
Y yo permanecí frente al cristal, con la cabeza alta, sabiendo por primera vez en ocho años una verdad sencilla y enorme: era libre.
