Nuestra conversación. Nuestra vida.
—Se va a disgustar.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Tú estás disgustado?
Jorge Molina se quedó inmóvil, todavía con el móvil en la mano. Abrió la boca, como si fuera a responder, pero no salió nada. Luego la cerró. Y en aquel segundo vi en sus ojos algo que llevaba mucho tiempo sospechando: no estaba perdido porque fuera a perderme, sino porque no sabía cuál era la reacción correcta. La que correspondía.
—Yo… no entiendo de dónde ha salido todo esto —consiguió decir al fin.
—Porque nunca miraste de verdad. Porque no quisiste verlo.
El teléfono vibró entre sus dedos y empezó a sonar. Por supuesto: Pilar Ramírez. Jorge levantó la vista hacia mí, después miró la pantalla y aceptó la llamada.
—Mamá, sí, lo sé… No, ella… Mamá, estamos hablando ahora… Sí, ya lo entiendo…
Me puse en pie y salí de la cocina. No me quedaban fuerzas para escuchar aquella conversación. En el dormitorio abrí el armario, saqué una maleta y empecé a guardar ropa. No todo. Solo lo imprescindible. Lo demás ya lo recogería más adelante.
Unos diez minutos después, Jorge apareció en el umbral.
—Mamá dice que estás agotada. Que necesitas desconectar. Ha propuesto pagarnos una estancia en un balneario. En Karlovy Vary. ¿Te acuerdas? Siempre dijiste que querías ir.
Yo seguí doblando prendas sin mirarlo.
—Marta, ¿me estás oyendo? Dos semanas. Solo nosotros dos. Sin trabajo, sin tensiones…
—Jorge, basta.
Se calló. Se quedó allí, viendo cómo metía jerséis, vaqueros y el neceser dentro de la maleta.
—¿De verdad te vas? —preguntó con una voz más baja—. ¿Ahora mismo?
—Sí.
—¿Y adónde?
—Alquilaré un piso. De momento, eso haré.
—Pero si no tienes dinero —soltó, y por primera vez apareció en su tono algo parecido a la preocupación—. En la tarjeta solo hay trescientos euros. Lo comprobé ayer.
Cerré la cremallera de la maleta y me incorporé despacio.
—Sí tengo dinero, Jorge.
—¿Qué dinero? ¿De dónde?
—Vendí mi participación en la empresa. Ayer. Por ciento veinte mil euros.
El silencio cayó sobre nosotros como una pared. Jorge permaneció quieto, y en su cara vi desfilar una emoción tras otra: primero incomprensión, luego sorpresa, después estupor y, al final, algo demasiado parecido a la codicia.
—¿Ciento veinte mil…? —repitió muy despacio—. ¿Euros?
—Euros.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
Cogí la maleta por el asa.
—No pensaba hacerlo. Es mi dinero, Jorge. Mi empresa. Mi trabajo.
—¡Pero somos una familia! —su voz subió de golpe—. ¡Eso es patrimonio común!
—La empresa la fundé antes de casarme. Con mis propios ahorros. Los abogados lo revisaron todo. Ese dinero no tiene nada que ver contigo.
Pasé junto a él y fui hacia la entrada. Me puse el abrigo, me calcé y saqué la maleta al recibidor. Jorge vino detrás casi tropezando.
—Espera, hablemos bien. Marta, no tomes una decisión así en caliente.
Apoyé la mano en el picaporte.
—Durante ocho años esperé a que quisieras hablar bien conmigo. Ya no voy a seguir esperando.
La puerta se cerró a mi espalda con un sonido suave.
Pedí un taxi desde el portal. El conductor bajó para ayudarme a meter la maleta en el maletero, y yo ya estaba abriendo la puerta trasera cuando oí un grito desde arriba.
—¡Marta! ¡Martita, espera!
Levanté la cabeza. En el balcón del cuarto piso estaba Pilar Ramírez, envuelta en mi chal acolchado —el que hasta hacía un rato todavía consideraba mío—, agitando los brazos como si quisiera detener un tren.
—¡Espera, bajo enseguida! ¡No te vayas!
Me senté dentro del coche.
—Si quiere, esperamos un par de minutos —dijo el conductor, con cierta compasión—. A lo mejor es importante.
—No —respondí—. Vámonos, por favor.
Pero no llegamos a arrancar. Pilar Ramírez apareció corriendo junto al taxi. Tenía la cara encendida, el pañuelo torcido sobre un hombro y golpeaba el cristal con los nudillos.
—¡Marta! ¡Abre! ¡Por favor, abre!
Bajé la ventanilla apenas unos centímetros.
—Pilar Ramírez, apártese del coche.
—Hija —dijo de pronto, con un tono lloroso que jamás le había escuchado—, no hagas esto. Subamos, lo hablamos todo. Preparo té y conversamos tranquilamente, como personas civilizadas.
—No tenemos nada que hablar.
—¿Cómo que no? —Las lágrimas le resbalaban por la cara y le corrían el rímel. Daba pena verla así—. ¡Eres mi nuera! ¡Ocho años juntas! Yo… me he portado mal, lo sé. Pero podemos empezar de cero.
El conductor me observó por el espejo retrovisor, preguntándome en silencio qué debía hacer. Negué con la cabeza.
—Pilar Ramírez, durante ocho años me repitió que yo no era suficiente para su hijo. Que cocinaba mal, que me vestía mal, que vivía mal. ¿Y sabe qué? Tenía razón. No era suficiente. Pero no para Jorge. Para mí misma.
—Marta —alcanzó a decir ella, aferrándose a la ventanilla mientras intentaba insistir una vez más.
