«Mira, Marta Castro, eso de jugar a ser empresaria está muy bien, hasta resulta tierno» — dijo él con una sonrisita despectiva mientras ella cerraba la puerta y salía rumbo a la cita

Su indiferencia fue monstruosamente injusta y devastadora.
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lo que significa ser esposa. Solo piensa en lo suyo, en sus caprichos.

—Mamá, por favor, ya basta —la voz de Jorge Molina sonó cansada, casi vencida.

Me quité el abrigo despacio y lo dejé colgado en el perchero. Después entré en el salón. Pilar Ramírez ocupaba mi sillón preferido, como si fuera suyo desde siempre, y bebía té en la taza del juego que yo guardaba para las ocasiones especiales. Jorge Molina estaba a su lado, hundido en el sofá, con la mirada clavada en la televisión.

—Buenas noches —dije.

Mi suegra me repasó de arriba abajo con una expresión en la que cabía cualquier cosa menos alegría por verme.

—Por fin apareces. Jorge me aseguró que estarías aquí para comer.

—Yo dije que volvería por la tarde.

—¿Al menos dejaste la cena hecha?

Miré a Jorge Molina. Él apartó los ojos.

—No —respondí con calma—. Tenía otras cosas que hacer.

—¿Lo ves, Jorge? —Pilar Ramírez soltó un suspiro teatral, como si acabaran de confirmarle una tragedia—. Ni se le pasa por la cabeza la familia. Siempre ella, ella y ella.

En otro momento habría empezado a justificarme. Habría explicado dónde había estado, habría pedido perdón y corrido a la cocina para preparar cualquier cosa, con tal de apagar el incendio. Pero aquella noche algo se había movido dentro de mí.

—Pilar Ramírez, Jorge es un hombre adulto. Puede hacerse la cena perfectamente. O pedir comida a domicilio.

El silencio cayó de golpe. Tan denso que hasta el tictac del reloj de pared parecía demasiado fuerte.

—¿Cómo dices? —Mi suegra dejó la taza sobre el platillo con un golpe seco.

—Estoy agotada —contesté sin levantar la voz—. Voy a descansar.

Y me fui al dormitorio sin esperar a que ninguno de los dos reaccionara.

Al otro lado de la puerta empezó la tormenta. La voz de Pilar Ramírez subía hasta un chillido y luego descendía a un siseo venenoso. Jorge Molina contestaba algo entre dientes, pero no llegaba a distinguir sus palabras. Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Lo extraño fue que aquella discusión, que antes me habría obligado a salir corriendo para arreglarlo todo, no me provocó angustia. Tampoco culpa. Solo cansancio. Un cansancio tan hondo que parecía llevar una semana sin dormir.

Media hora más tarde, Jorge irrumpió en la habitación. Tenía la cara encendida y una dureza nueva en la mirada.

—¿Se puede saber qué te pasa? —se plantó en medio del cuarto, con los brazos cruzados—. Has hecho llorar a mi madre.

Me incorporé apoyándome en un codo.

—Jorge, tu madre tiene sesenta y dos años. Es una persona adulta. Si lo que he dicho le ha dolido tanto, puede venir y decírmelo ella. A mí. Directamente.

—¿Pero qué estás diciendo? ¡Es nuestra madre!

—Es tu madre —lo corregí—. Y, por cierto, yo no tengo por qué darle explicaciones de cada paso que doy.

Me miraba como si tuviera delante a una desconocida.

—¿Qué te está ocurriendo? Tú antes no eras así.

—Antes —me levanté de la cama— creía que mi obligación era encajar en lo que vosotros esperabais de mí. En lo que esperabas tú y en lo que esperaba ella. Cocinar, limpiar, sonreír y encima dar las gracias porque me hubierais permitido entrar en vuestra familia.

—Marta Castro…

—Estoy cansada, Jorge. Cansada de ser cómoda.

Abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Se dio la vuelta y salió dando un portazo.

Me quedé de pie en el centro del dormitorio. Me temblaban las manos y el corazón me golpeaba el pecho con fuerza, pero dentro de mí había una claridad desconocida. Como si la niebla que me había envuelto durante años empezara por fin a disiparse.

A la mañana siguiente me despertó el ruido de pasos en la cocina. Jorge estaba preparando café; por los golpes y el estrépito, no parecía hacerlo de buen humor. Me puse la bata y salí. Estaba de espaldas, sirviendo café en dos tazas.

—Mira —empezó sin girarse—, olvidemos lo de ayer. Mamá ya se ha ido. Está disgustada, sí, pero la he calmado. Le he dicho que tuviste un día difícil.

—Jorge, mírame.

Se volvió y me tendió una taza. No la acepté.

—Quiero divorciarme.

El café salpicó el suelo. La taza se le escapó de los dedos, aunque no llegó a romperse; rodó hasta quedar junto a la cocina.

—¿Qué?

—Quiero el divorcio —repetí, más serena de lo que yo misma habría imaginado—. Tenemos que hablar. Hablar de verdad.

Jorge se quedó inmóvil, como si acabaran de darle un golpe en la cabeza. Luego se dejó caer lentamente en una silla.

—Tú… estás bromeando.

—No.

—¿Por lo de anoche? ¿Por mi madre? Marta Castro, entiendo que a veces sea dura, pero…

—No es por lo de anoche —me senté frente a él—. Es por todo. Por ocho años en los que fui dejando de ser yo. Porque nunca me preguntaste qué quería. Porque en esta casa mi opinión jamás tuvo peso.

Guardó silencio. Me observaba como si buscara una trampa escondida en mis palabras.

—¿Hay alguien más? —preguntó de pronto.

Solté una risa breve. Cansada, pero sincera.

—No, Jorge. No hay nadie. Estoy yo. Y por fin he entendido que con eso basta.

Él agarró el teléfono.

—Tengo que llamar a mi madre. Ella debe saber…

—¿Para qué? —lo interrumpí—. Esto es cosa nuestra.

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