…de unos dos mil euros. Con eso podrás alquilar una habitación durante medio año.
Lucía Morales apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Lo dices en serio?
—Más en serio, imposible. Por eso te conviene pensártelo bien. Quizá no haga falta divorciarnos. Podemos seguir como hasta ahora: yo no me meto en tu vida y tú no te metes en la mía.
—¿O sea que pretendes que aguante tus infidelidades, tu desprecio y encima me quede callada?
Carlos Ortega arqueó las cejas, fingiendo sorpresa.
—¿Infidelidades? Estás viendo fantasmas donde no los hay.
Pero en su mirada pasó una chispa de burla. Ni siquiera intentaba disimular.
—Piénsalo —dijo él, levantándose—. Tienes una semana. Si decides divorciarte, luego no te quejes. Acabarás en la calle.
Se encerró en su habitación, dejándola sola en el salón. Lucía permaneció sentada, inmóvil, como si acabaran de vaciarle el aire de los pulmones.
¿Qué podía hacer? ¿De verdad era posible que se quedara sin nada? ¿Quince años de matrimonio, todo lo que había hecho para levantar aquel negocio, su apoyo constante… no valían absolutamente nada?
A la mañana siguiente llamó a Paula Ramírez, una amiga del colegio. Paula trabajaba como abogada en una gran empresa y estaba especializada en derecho de familia.
—Paula, necesito que me ayudes. Es urgente.
Quedaron en una cafetería. Lucía se lo contó todo: las amenazas de Carlos, su seguridad al afirmar que ella no recibiría nada, aquella tranquilidad cruel con la que la había acorralado.
Paula la escuchó sin interrumpirla, tomando notas en una libreta.
—Lucía, está intentando asustarte. En parte, va de farol.
—¿En parte? ¿Qué quieres decir?
—Que sí, las propiedades están a su nombre. Pero tú has sido su esposa durante quince años. La ley reconoce tu derecho a la mitad de lo adquirido durante el matrimonio. El piso, la casa, los coches, el negocio… todo entra en el reparto.
—Él asegura que su abogado demostrará que solo invirtió él.
—No podrá demostrarlo si no es verdad. Tú trabajaste al principio, ayudaste con la empresa, llevaste cuentas, hiciste gestiones. ¿Conservas alguna prueba?
Lucía se quedó pensativa.
—No lo sé… Tal vez queden documentos antiguos, correos, mensajes…
—Busca todo lo que puedas. Facturas, recibos, contratos, correspondencia. Cualquier cosa que demuestre que participaste en la creación de ese patrimonio.
—¿Y después?
Paula sonrió con una expresión astuta.
—Después le daremos una sorpresa a tu marido. Él está convencido de que te vas a asustar y renunciarás al divorcio. Tú harás lo contrario: aceptarás, con calma, sin gritos ni escenas. Y presentaremos una demanda de división de bienes bien preparada, con pruebas sólidas.
—¿Y qué conseguiría él?
—Según la norma general, la mitad. Pero podríamos pelear por más. Hay matices: si demostramos que sacrificaste tu carrera, que aportaste trabajo al negocio y que sostuviste la familia mientras él construía su posición, el juez podría concederte un porcentaje mayor. Incluso un sesenta por ciento.
Lucía notó que algo dentro de ella despertaba. Ya no era solo miedo. También había una fuerza nueva, una especie de desafío.
—Entonces vamos a intentarlo.
Durante los siguientes días, Lucía se dedicó a buscar sin descanso. Revisó carpetas viejas, discos duros, buzones de correo electrónico y cajas olvidadas en armarios. Y encontró mucho más de lo que esperaba.
Aparecieron copias de contratos con los primeros proveedores, documentos que ella misma había preparado y donde figuraba su firma. También halló correos con clientes de los primeros años, cuando era ella quien respondía, negociaba y mantenía el contacto. Encontró extractos de su antigua cuenta bancaria: durante cinco años había transferido a Carlos todo su sueldo para impulsar la apertura de las tiendas.
Además, descubrió movimientos extraños en las tarjetas de crédito de Carlos: restaurantes, hoteles, regalos caros. Gastos importantes que, desde luego, nada tenían que ver con su esposa.
