Lucía Morales llevaba quince años casada con Carlos Ortega. Se habían unido muy jóvenes: ella apenas tenía veintidós años y él, veinticinco. Al principio todo parecía sencillo y luminoso: amor, ilusión, cenas improvisadas, promesas compartidas y una vida entera por delante.
Los primeros tiempos fueron tranquilos y felices. Carlos trabajaba como encargado comercial en una empresa de distribución, mientras Lucía llevaba la contabilidad en una pequeña compañía. No les sobraba el dinero, pero se entendían bien. Ahorraban para comprar una vivienda y hablaban a menudo de tener hijos.
Tres años después, Carlos decidió montar su propio negocio: una tienda modesta de recambios para coches. Lucía se volcó con él desde el primer día. Sin cobrar nada, se encargaba de las cuentas; al salir de su empleo, se sentaba por las noches entre facturas, recibos y balances hasta que el sueño la vencía. Todo lo que ganaban, cada esfuerzo y cada hora libre, iba destinado a sacar adelante aquel proyecto.
Y el negocio empezó a funcionar. Primero fue una tienda, luego otra, después una tercera. Al cabo de cinco años, Carlos ya tenía una red de siete establecimientos repartidos por la ciudad. El dinero comenzó a entrar a raudales.
Compraron un piso de tres dormitorios en una zona cara. Más tarde adquirieron una casa fuera de la ciudad. También llegaron dos coches: un BMW para él y un Audi para ella. Tres veces al año viajaban al extranjero de vacaciones.

Entonces Lucía dejó su trabajo. Carlos insistió en que necesitaba una esposa en casa, no una mujer agotada entre oficinas.
—¿Para qué quieres seguir con esa contabilidad? Te pagan una miseria. Quédate en casa, cuídate, ocúpate del hogar. Gano suficiente para todos —le repetía su marido.
Lucía terminó aceptando. Se convirtió en ama de casa. Cocinaba, limpiaba, iba al gimnasio y quedaba con sus amigas. Su existencia era cómoda, sin grandes sobresaltos.
Pero, con el paso del tiempo, empezó a advertir que Carlos ya no era el mismo.
Cada vez regresaba más tarde del trabajo. Entraba en casa cansado, seco, de mal humor. Si ella preguntaba algo, él respondía con monosílabos. Escondía el móvil y puso contraseñas en todos sus dispositivos.
—Carlos, ¿te pasa algo? —le preguntaba Lucía.
—No. Todo bien. Hay mucho trabajo. No me agobies.
Se volvió distante. Dejó de abrazarla, de besarla, de buscarla. Empezó a dormir en otra habitación con la excusa de que necesitaba descansar antes de reuniones importantes.
Lucía no era ingenua. Comprendía perfectamente lo que estaba ocurriendo, aunque le daba miedo ponerle nombre.
Una tarde, Carlos llegó a casa antes de lo habitual. Entró en el salón y se sentó frente a ella con una seriedad que la heló por dentro.
—Tenemos que hablar.
A Lucía se le encogió el corazón.
—¿De qué?
—De nuestro matrimonio. O, mejor dicho, de lo poco que queda de él.
—¿Qué quieres decir?
Carlos soltó un suspiro, como si llevara mucho tiempo preparando aquellas palabras.
—Lucía, seamos sinceros. Entre nosotros ya no hay nada. Vivimos como dos vecinos. Yo trabajo y tú estás en casa. No compartimos intereses, no hay cercanía, no hay intimidad.
—Carlos, eso no es verdad. Yo te quiero. Podemos arreglarlo, hablar, irnos unos días juntos…
—No —la cortó él con frialdad—. No quiero arreglar nada. Estoy cansado. Cansado de este matrimonio y de esta vida.
Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Quieres divorciarte?
—Sí. Quiero. Pero no te precipites. Piénsalo bien. Si te divorcias, te quedarás sin nada. El piso está a mi nombre. La casa también. Los coches figuran a mi nombre. El negocio es mío. Tú no tienes nada: ni empleo, ni dinero, ni propiedades.
—Pero soy tu esposa. Legalmente me corresponde la mitad de lo que hemos conseguido durante el matrimonio.
Carlos se echó a reír.
—¿La mitad? Qué inocente eres. Tengo un abogado excelente. Demostrará que en el negocio solo invertí yo, y que el piso y la casa los compré con mi dinero. Como mucho te concederán una indemnización.
