—…un hombre confundido, incapaz de entender lo que sentía —añadió Daniel Ortega, con la voz rota—. Y traicioné a mi hermana por una mujer que sabía perfectamente cómo manejarme.
Cristina Gallego no contestó enseguida. Permaneció inmóvil, con la mirada perdida en el fondo de su taza, como si allí pudiera encontrar una respuesta.
—He leído la carta de la abuela —dijo al fin—. Y hay algo que no sabía. Resulta que nuestra madre también se marchó de casa cuando tenía más o menos treinta años. Discutió con sus padres y desapareció durante dos años.
—¿De verdad? —Daniel Ortega la miró, desconcertado—. Mamá jamás nos dijo nada.
—Porque acabó volviendo —Cristina sonrió apenas, con tristeza—. La abuela escribió que la vida es demasiado breve para alimentar rencores tan largos. También decía que ciertas historias no deberían repetirse de una generación a otra.
Entonces levantó la vista hacia los suyos.
—Quizá tenía razón.
Aquella noche, ya muy tarde, cuando los familiares de Cristina dormían, Alejandro Castro la encontró en el balcón. Estaba apoyada en la barandilla, contemplando las luces de la ciudad bajo el cielo oscuro.
—¿Cómo estás? —preguntó él en voz baja, acercándose por detrás y rodeándole los hombros con los brazos.
—No lo sé —respondió ella con absoluta sinceridad—. Ha sido demasiado de golpe. Durante diez años levanté otra vida, lejos de todo aquello, y ahora el pasado ha vuelto. Y no de cualquier manera: ha llamado a nuestra puerta.
—¿Estás enfadada conmigo por haberlos dejado entrar?
Cristina negó despacio.
—No. Tú no podías saberlo. Tal vez incluso haya sido lo mejor. Mi abuela decía que, para que una herida cierre, primero hay que limpiarla.
Durante un rato no hablaron. Desde la calle subía el rumor amortiguado de la noche; a lo lejos sonó el claxon de un coche.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Alejandro—. Con la herencia. Con tu familia.
Cristina se volvió hacia él.
—La herencia la repartiré con Daniel y Carla, como corresponde. En cuanto a la familia… —hizo una pausa, buscando las palabras—. No sé si podemos regresar a lo que éramos antes. Ha pasado demasiado tiempo, y han sucedido demasiadas cosas. Pero quizá podamos construir algo distinto. Un vínculo más adulto. Más limpio. Más honesto.
—Me alegra oírte decir eso —dijo Alejandro, y su voz sonó de verdad emocionada—. Siempre quise tener una familia grande, ¿sabes? Crecí siendo hijo único, con unos padres que vivían pegados al trabajo. Envidiaba a mis amigos cuando hablaban de sus hermanos, de sus hermanas, de esas cenas familiares ruidosas en las que todo el mundo opina a la vez…
—¿Por eso aceptaste a los míos con tanta facilidad? —preguntó Cristina, sonriendo.
—Supongo que sí —él se encogió de hombros—. Para mí no fue un problema. Más bien fue… un regalo inesperado.
Cristina se refugió contra su pecho.
—Perdóname por haberte ocultado esa parte de mi vida. Te prometo que no habrá más secretos.
—Nada de secretos —repitió Alejandro, como un eco—. Aunque, ya que hablamos de revelaciones… Carla me enseñó tu álbum de fotos de cuando eras pequeña. Eras una niña muy seria, con trenzas.
—¡No! —Cristina soltó un quejido teatral—. Dime que no trajo ese álbum. Sobre todo, dime que no viste la foto en la que me falta un diente delantero.
—Precisamente ese —se rió Alejandro—. Y debo admitir que incluso con ese hueco en la sonrisa estabas encantadora.
Tres meses después
—No te vas a arrepentir, te lo prometo —insistía Cristina mientras avanzaban por la carretera comarcal—. La casa de la abuela está en un sitio precioso. Hay un río cerca, el bosque queda al lado… Es perfecta para escaparnos los fines de semana.
—No lo pongo en duda —respondió Alejandro, sin apartar la vista del asfalto—. Solo me sorprende que al final hayamos decidido arreglarla en vez de venderla.
—Fue idea de Daniel —comentó ella—. Quién iba a decir que acabaría volviéndose tan sentimental.
Desde aquellos días compartidos en el piso de Sevilla, muchas cosas habían cambiado. La familia no recuperó de un día para otro la cercanía perdida, pero, poco a poco, fueron aprendiendo a confiar de nuevo. Cristina hablaba a menudo por teléfono con Carla; Daniel había viajado un par de veces a Sevilla por trabajo y se había quedado en su casa; y Francisco Morales…
—¿Crees que papá habrá podido con la barbacoa? —preguntó Cristina, llamando “papá” a su padrastro por primera vez en muchísimo tiempo.
—Si hacemos caso a sus últimos mensajes, nos espera un banquete digno de reyes —bromeó Alejandro—. Aunque yo no apostaría demasiado por las habilidades culinarias de alguien que durante toda su vida solo ha preparado café.
Cristina se echó a reír. Al otro lado de la ventanilla desfilaban los árboles, y más adelante los aguardaba una comida familiar en aquella vieja casa que todos, entre conversaciones, pintura y polvo, habían empezado a reparar juntos. Una casa destinada a convertirse otra vez en lugar de encuentros, de palabras pendientes y de reconciliaciones.
—¿Sabes? —murmuró ella—. A veces pienso que la abuela lo organizó todo. Se murió, dejó un testamento que nos obligó a vernos, una carta, pistas sobre la historia de mamá… Como si hubiera sabido que, sin un empujón fuerte, seguiríamos cada uno por su lado para siempre.
—Tu abuela era una mujer sabia —dijo Alejandro.
—Muchísimo —admitió Cristina—. Y creo que solo ahora empiezo a comprender hasta qué punto.
Dejaron la carretera principal y tomaron un camino de tierra. Poco después, entre el verde de los árboles, apareció una casa de madera de dos plantas. Alejandro redujo la velocidad. En el porche distinguieron varias figuras que agitaban los brazos para saludarlos: Carla Domínguez, Daniel Ortega y Francisco Morales ya los estaban esperando.
—Hemos llegado —dijo Alejandro, apagando el motor.
—Sí —Cristina respiró hondo—. A casa.
