«Y tú debes de ser su marido, ese del que no sabíamos absolutamente nada» dijo Daniel, dando un paso al frente para presentarse como la familia de Cristina Gallego

Ese encuentro inesperado fue inquietantemente injusto y desgarrador.
Historias

Carla negó despacio con la cabeza.

—No fue solo eso. Se habían acumulado demasiadas cosas, y lo de los relojes no fue más que la gota que colmó el vaso. Cristina Gallego siempre tuvo mucho orgullo, mucho sentido de la justicia. Y, de pronto, la acusaron de robar dentro de su propia casa… y nadie movió un dedo por defenderla.

En ese momento, Cristina Gallego y Daniel Ortega regresaron del balcón. Bastaba mirarles la cara para comprender que la conversación no había sido sencilla, aunque la tensión que antes flotaba entre ellos parecía haberse aflojado un poco.

—La cena está casi lista —anunció Carla Domínguez, volviendo hacia los fogones.

Cristina se acercó a Alejandro Castro y, bajando la voz, le dijo:

—Tenemos que hablar. A solas.

—Ayer no te conté toda la verdad —confesó Cristina, sentada en el borde de la cama mientras retorcía entre los dedos la esquina de la manta—. No se trataba únicamente de los relojes ni de aquella pelea con Lorena Galán.

Alejandro permaneció callado, esperando. En apenas dos días había descubierto más sobre su mujer que durante los cinco años de matrimonio, y ya se sentía preparado para cualquier nueva revelación.

—¿Recuerdas que te dije que, antes de mudarme a Sevilla, vivía en Murcia y trabajaba en una agencia de viajes?

—Sí.

—Pues había algo más… Estaba prometida con un hombre llamado Hugo Gil. Íbamos a casarnos.

A Alejandro se le encogió algo por dentro.

—¿Y qué pasó?

—El mismo día en que me acusaron de haber robado los relojes, fui a buscarlo. Necesitaba que me apoyara. Pero él… él también dudó de mí. Me soltó que “cuando el río suena, agua lleva” y que quizá lo mejor sería devolver los relojes y pedir perdón.

Cristina soltó una risa breve, amarga, sin alegría.

—En ese instante entendí que estaba completamente sola. Mi familia me había dado la espalda, y el hombre que juraba amarme tampoco me creía. Rompí el compromiso, metí mis cosas en una maleta y me marché. Primero a Santander, después a Sevilla. Cambié de número, borré mis perfiles de las redes sociales. Quería empezar de cero, como si mi vida anterior no hubiera existido.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque tenía miedo —respondió ella con sencillez—. Me daba pánico que, si empezaba a hablar del pasado, el pasado volviera a atraparme. Era más fácil decir que era huérfana. Además… —levantó la mirada hacia él—, no quería que supieras que soy capaz de cortar los lazos con la gente cercana de una manera tan tajante. ¿Y si pensabas que algún día podía irme también de tu vida así, sin mirar atrás?

Alejandro se sentó más cerca y le tomó la mano.

—Cristina, llevamos cinco años juntos. Sé quién eres. Eres leal, honesta, fiel a quienes amas. Todos cargamos con una historia detrás. Yo me casé contigo, no con tus heridas.

La cena transcurrió con una calidez que nadie habría esperado al principio. La rigidez inicial fue deshaciéndose poco a poco y, alrededor de la mesa, empezaron incluso a oírse bromas y risas, sobre todo cuando Carla Domínguez comenzó a rescatar anécdotas absurdas de su infancia.

—¿Te acuerdas de cuando intentaste enseñarle a Daniel Ortega a montar en bicicleta y acabó empotrado en el parterre de la vecina, Blanca Hernández? —dijo entre risas, mirando a Cristina—. ¡La mujer salió detrás de él con una azada y lo persiguió por toda la manzana!

—Cómo olvidarlo —murmuró Daniel, sonriendo de lado—. Eran sus rosas favoritas.

—Yo aquel día casi envejecí diez años del susto que me diste —añadió Cristina con una sonrisa, y Alejandro advirtió, sorprendido, lo mucho que se suavizaban sus rasgos cuando hablaba de aquellos recuerdos.

Después de cenar, cuando ya habían retirado los platos y el té humeaba en las tazas, Francisco Morales carraspeó.

—Cristina, hay algo que debo confesarte. Tiene que ver con aquellos relojes…

El ambiente cambió de golpe. Todas las conversaciones se apagaron.

—Los encontré —continuó su padrastro—. Seis meses después de que te fueras. Estaban dentro del joyero de Lorena Galán. Ella dijo que pensaba mandarlos a reparar, pero… —negó con la cabeza, como si aún le costara creerlo—. Entonces comprendí que me había mentido desde el principio. Tuvimos una discusión terrible y pedí el divorcio.

—¿Por qué no me buscaste entonces? —preguntó Cristina en voz baja—. ¿Por qué no me contaste la verdad?

—¡Lo intenté! —replicó Francisco Morales con vehemencia—. Llamé a todos los números que conocía, viajé a Santander, donde supe que te habías ido al principio, pregunté a conocidos en común… Pero era como si te hubieras esfumado. Y luego me enteré de que habías cambiado de apellido. Ahí la pista se perdió por completo.

—Pasé a llamarme Cristina Sokolova en lugar de Cristina Róshchina —asintió ella—. Tomé el apellido de mi abuela materna.

—Solo cuando murió la abuela Montserrat Ruiz y empezamos a revisar sus papeles aparecieron algunas pistas —explicó Daniel Ortega—. Ella siguió en contacto contigo todos estos años, ¿verdad?

Cristina asintió de nuevo.

—Sí. Nos escribíamos de vez en cuando. Cartas de papel, como antes. Ella era la única que sabía mi dirección en Sevilla.

—Encontramos tus cartas en su caja, y también la dirección en uno de los sobres —añadió Carla—. Así conseguimos dar contigo.

Alejandro escuchaba aquella historia con una mezcla de asombro y tristeza. Le impresionaba pensar cuánto se había ocultado detrás de la vida aparentemente serena de su esposa. Diez años de dolor, resentimiento y palabras no dichas se estaban abriendo paso de golpe, como una herida que por fin dejaba salir todo lo que había guardado.

—Lamento muchísimo lo que ocurrió con los relojes —dijo Francisco Morales—. Si en aquel momento no hubiera estado tan ciego…

—No fueron los relojes —lo interrumpió Cristina—. Fue la confianza. Ese día ninguno de vosotros creyó en mí.

—Yo era una niña —susurró Carla Domínguez—. Pero aun así tendría que haberme puesto de tu lado.

Daniel Ortega bajó la mirada.

—Y yo fui un idiota.

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