—Vamos a vender el departamento, y se acabó —soltó mi suegra durante el desayuno, como si con una sola frase pudiera decidir el futuro del inmueble que heredé de mi abuela.
—Sí, se vende y punto —remató Norma Vargas, dejando la taza sobre la mesa con tal estruendo que hasta vibraron los vidrios de la vitrina—. No tiene ningún caso que ustedes dos sigan apretados en un lugar de dos recámaras, pudiendo comprar algo decente de tres, en una torre nueva.
Laura Herrera se quedó inmóvil, con la cuchara suspendida a medio camino de la boca. De pronto, aquella cocina pequeña dejó de parecer un sitio tranquilo y se convirtió en un campo minado. Miró a su esposo, buscando apoyo, pero Javier Salazar siguió untando mantequilla en el pan, muy concentrado, evitando cruzar los ojos con ella.
Norma Vargas continuó hablando como si no notara la tensión, o como si le diera exactamente lo mismo.
—Ya hablé con una asesora inmobiliaria. Mañana viene a revisar cuánto vale. En cuanto lo tengamos valuado, se consigue comprador rápido. Está en buena zona y cerca del Metro.

—Un momento —intervino por fin Laura Herrera, bajando la cuchara—. ¿Qué departamento se supone que vamos a vender? ¿De qué está hablando?
Su suegra la miró con una expresión de lástima fingida, como si estuviera explicándole algo elemental a una niña torpe.
—Pues el de ustedes, claro. Este. El que te dejó tu abuela. No tiene sentido vivir en este edificio viejo y anticuado cuando pueden mudarse a algo nuevo.
Laura sintió cómo la rabia le subía desde el estómago hasta la garganta. Ese departamento, heredado tres años atrás, era lo único realmente suyo. Pequeño, sí, pero cálido, con dos habitaciones, techos altos, muros gruesos y ese encanto de las construcciones antiguas que ya casi no se encuentran. Conocía y quería cada rincón.
—Norma Vargas, este departamento es mío. Y no pienso venderlo.
—¿Cómo que tuyo? —exclamó la mujer, escandalizada de manera teatral—. ¡Ustedes son un matrimonio! Lo tuyo también es de Javier Salazar. Y lo de Javier Salazar pertenece a la familia. ¿Verdad, hijo?
Javier Salazar levantó por fin la vista del plato.
—Mamá, quizá podríamos hablarlo después…
—¿Después de qué? —lo cortó ella, elevando la voz—. ¡Si ya está todo arreglado! Mañana a las diez llega la asesora. Y no me veas con esa cara, Laura Herrera. Yo lo hago por su bien. En los departamentos nuevos todo está mejor distribuido y ni siquiera tendrían que gastar en remodelaciones.
—¿Y quién va a pagar ese departamento nuevo? —preguntó Laura, haciendo un esfuerzo enorme por no perder la calma.
—¿Cómo que quién? Venden este, ponen una diferencia y compran el otro. Ya hice cuentas. Si sacan un crédito por unos $540,000 MXN más, alcanzan uno de tres recámaras bastante bueno. Lo están construyendo muy cerca de nosotros. ¡Vamos a ser vecinas!
Vecinas. Un escalofrío le recorrió la espalda a Laura. Norma Vargas ya se aparecía cada tercer día con la llave que Javier Salazar le había dado “por cualquier emergencia”. Si encima vivieran a unos pasos, aquello sería una invasión permanente.
—No voy a pedir ningún crédito —dijo Laura, con voz firme—. Y tampoco voy a vender el departamento. Es un recuerdo de mi abuela.
—¡Recuerdo! —resopló Norma con burla—. El mejor recuerdo es el dinero bien invertido. Javier Salazar, ¿por qué te quedas callado? Explícale a tu esposa que tengo razón.
Él dudó unos segundos antes de hablar, inseguro.
—Lau… tal vez mi mamá no está tan equivocada. El departamento sí es viejo, y tarde o temprano habrá que meterle dinero…
—¡Lo remodelamos hace un año! —estalló Laura—. Y, por cierto, lo pagué yo.
—¡Ay, ya vas a empezar otra vez con el dinero! —lanzó Norma, venenosa—. Siempre presumiendo lo que ganas. ¿O ya se te olvidó que mi hijo se casó contigo y te mantiene?
—¿Que me mantiene? —Laura creyó haber escuchado mal—. ¡Yo gano el doble que Javier Salazar!
El silencio cayó pesado sobre la mesa. Javier se puso rojo. Norma Vargas apretó los labios hasta convertirlos en una línea delgada.
—Precisamente por eso necesitan un lugar más grande. Para que por fin tengan hijos. Porque tú nada más piensas en tu carrera, en tu trabajo, en subir de puesto… Ya tienes treinta años y todavía no me has dado un nieto.
Ese tema estaba prohibido. Laura y Javier llevaban dos años intentando tener un bebé, sin éxito. Cada comentario era como meter el dedo en una herida que no cerraba.
—Mamá, ya basta —dijo Javier de pronto, con una dureza inesperada.
—¿Basta de qué? ¿De decir la verdad? —Norma se puso de pie—. ¡Yo solo quiero lo mejor para ustedes! Pero ustedes… En fin. Mañana vendrá Renata Ortiz y ella les explicará todo. Es una mujer sensata, no como otras.
Salió de la cocina con pasos marcados, casi de desfile. Un minuto después, la puerta de entrada se cerró de un portazo.
Laura y Javier permanecieron sentados sin hablar. Al final, ella rompió el silencio.
—¿Tú ya sabías?
—¿Qué cosa?
—Que tu mamá quería vender mi departamento. ¿Lo sabías?
Javier apartó la mirada.
—Me comentó algo… pero pensé que solo estaba hablando por hablar.
—¿Y no la frenaste?
—Lau, conoces a mi mamá. Cuando se le mete una idea en la cabeza…
—¡Es mi departamento, Javier Salazar! ¡Lo único que de verdad es mío!
—No hagas drama. Nadie puede obligarte a venderlo si no quieres.
Pero Laura Herrera conocía demasiado bien a Norma Vargas.
