También me habló de los pequeños que se desmayaban en plena clase porque llegaban sin haber probado bocado. Y de cómo, casi sin pensarlo, un día empezó a llevarles galletas y fruta… después medicinas… y, cuando yo no estaba, terminó abriéndoles la puerta de nuestra casa.
—Una niña necesitaba un inhalador —murmuró Mariana Reyes, con la voz hecha un hilo—. No supe qué más podía hacer.
Durante todo ese relato no le solté la mano ni un segundo.
A la mañana siguiente hice la primera llamada a la escuela. Luego marqué a servicios sociales. Después busqué apoyo en una iglesia de la zona. En menos de dos semanas, esos niños ya tenían orientación psicológica, despensas, atención médica y lugares seguros donde pasar la noche.
¿Y mi hija?
Mariana organizó en la escuela un grupo de apoyo entre estudiantes.
Poco a poco se sumaron maestros. Varios papás empezaron a donar artículos básicos. Hasta Dolores Palacios, que antes parecía mirar todo con sospecha, se encargó de coordinar comidas dos veces por semana.
Una tarde, varios meses después, pasé frente al cuarto de Mariana y la vi sentada en el piso con sus amigas. Se reían mientras armaban paquetes de higiene para albergues: jabones, cepillos de dientes, toallas sanitarias, desodorantes.
Se veía bien.
Tranquila.
Contenta.
Y seguía siendo esa niña buena que yo creí haber perdido por un instante.
Levantó la mirada, me descubrió en la puerta y me regaló una sonrisa.
Entonces lo entendí.
Yo me había metido debajo de aquella cama convencida de que iba a descubrir a mi hija haciendo algo horrible.
Pero lo que encontré fue otra cosa.
Descubrí que Mariana tenía uno de los corazones más grandes que yo había conocido en toda mi vida.
