Lo hacía con una soltura que sólo se adquiere después de repetirlo demasiadas veces.
Repartió barras de granola.
Cajitas de jugo.
Medicinas.
Cobijas.
Luego escuché el cierre de una bolsa deportiva vieja, roja, que guardaba escondida en su clóset. La misma por la que alguna vez le pregunté y que, según ella, estaba llena de “materiales viejos para dibujar”.
Pero no era cierto.
Adentro llevaba comida, cosas de primeros auxilios, artículos de higiene y ropa para emergencias.
Sentí que la garganta se me cerraba.
Uno de los niños comenzó a llorar bajito.
—No quiero regresar a mi casa esta noche.
Mariana Reyes se sentó a su lado.
—Puedes quedarte otra vez en el sótano de Luis Álvarez —le susurró—. Nada más no le digas a nadie dónde.
—¿Y qué vamos a comer? —preguntó otra niña.
Mariana Reyes tardó un segundo en contestar.
Después dijo, casi en un hilo de voz:
—Todavía me quedan como setecientos treinta pesos.
Setecientos treinta pesos.
Entonces recordé el dinero que se me había estado perdiendo de la cartera durante los últimos meses. Cantidades pequeñas. Noventa pesos. Ciento ochenta. Yo había llegado a pensar que estaba distraída, que se me iba la onda.
Pero no.
Mi hija estaba alimentando a niños que no tenían a dónde ir.
Las lágrimas me ardieron de golpe.
Y luego escuché algo que terminó de romperme por dentro.
—Tú eres la única que nos ayuda —murmuró uno de los niños.
Mariana Reyes no respondió enseguida.
Al final, dijo muy quedito:
—Los adultos casi nunca escuchan.
La habitación quedó en silencio.
Y yo, debajo de esa cama, empecé a llorar sin hacer ruido contra la manga de mi blusa.
Porque tenía razón.
Yo no había visto nada.
Estaba tan ocupada haciendo horas extra, pagando cuentas, tratando de mantenerme en pie después del divorcio, que no me di cuenta de en quién se había convertido mi hija.
No era rebelde.
No era mentirosa.
Era buena.
Demasiado buena para cargar todo eso sola a los trece años.
Un rato después, oí cómo las sillas raspaban el piso. Alguien soltó una risita tímida por primera vez. La tensión empezó a aflojarse en el cuarto.
Todo se sintió más ligero.
