Los pasos empezaron a sonar cada vez más cerca.
Alcancé a distinguir el golpe seco de varias mochilas al caer sobre el piso. Luego vinieron murmullos, risitas contenidas, esa clase de nerviosismo que se nota aunque nadie diga nada claro. Eran por lo menos tres niños… quizá cuatro.
El corazón me retumbaba tan fuerte que por un instante pensé que hasta ellos podrían escucharlo desde debajo de la cama.
Entonces Mariana Reyes habló otra vez.
—Apúrense. Nomás tenemos como una hora.

¿Una hora para qué?
Me moví apenas bajo la cama, con muchísimo cuidado, tratando de no rozar nada ni hacer crujir la madera. Alguien entró al cuarto. Unos zapatos avanzaron sobre la alfombra y se detuvieron a unos centímetros de mi cara.
La voz de un muchacho susurró:
—¿Estás segura de que tu mamá ya se fue?
—Sí —contestó Mariana Reyes de inmediato—. Está en el trabajo hasta las cinco.
Los demás soltaron una risa bajita.
Sentí un nudo horrible en el estómago. Mi cabeza se fue, sin querer, a los peores escenarios.
Drogas.
Alcohol.
Algo ilegal.
Algo que podía terminar muy mal.
Cerré los ojos con fuerza, preparándome para descubrir lo peor.
Pero lo siguiente que escuché fue tos.
Una tos débil, cansada.
Después, otra voz dijo en voz baja:
—Mariana Reyes… otra vez me duele el pecho.
El cuarto se quedó en silencio.
Y entonces la voz de mi hija cambió por completo. Ya no sonaba apresurada ni nerviosa. Sonaba suave. Tranquila.
—Siéntate —le pidió con calma—. Respira despacio, ¿sí? Todo va a estar bien.
Fruncí el ceño en la oscuridad.
¿Qué demonios estaba pasando?
Oí cajones abrirse. Frascos chocando entre sí. ¿Vendas?
Luego Mariana Reyes preguntó:
—¿Te pusiste la insulina en la mañana?
Un niño murmuró:
—No. Mi mamá la volvió a vender.
Se me heló el cuerpo entero.
¿La vendió?
Otro de los chicos dijo:
—Mi papá me dejó afuera anoche. Dormí en la lavandería.
Una niña soltó un sollozo casi inaudible.
Y de pronto, algo dentro de mí se acomodó de otra manera.
No eran problemáticos.
Eran niños asustados.
Niños enfermos.
Niños con hambre.
Niños escondiéndose de vidas que ningún menor debería verse obligado a aguantar.
Me quedé inmóvil bajo la cama, escuchando.
Mariana Reyes se movía por la habitación con una seguridad dolorosamente familiar, como si aquello no fuera la primera vez.
