—¡¿A eso lo llamas familia?! —Pilar Rubio dio una palmada seca, indignada—. ¿Qué clase de familia sois vosotros? Una familia se sostiene, se ayuda, comparte hasta la última camisa si hace falta. Y tú… tú eres una egoísta. Siempre dije que no eras mujer para mi hijo. ¡Mezquina, tacaña, miserable!
—Muy bien —Marta Suárez se levantó despacio—. Si mi presencia estropea tanto la velada, no os molesto más. Cenad tranquilos las patatas; han quedado tiernas. Las sardinas tampoco están mal. Feliz Año Nuevo por adelantado.
Salió del salón sin añadir nada, entró en el dormitorio y echó la llave. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza absurda. Se sentó en el borde de la cama y, con los dedos aún temblorosos, abrió el cajón de la mesilla. De allí sacó la tableta de chocolate que tenía escondida y una botellita de champán que había comprado con el dinero que ella misma había logrado apartar.
En el salón, mientras tanto, la discusión estalló del todo. A través de la puerta se colaba la voz afilada de Pilar Rubio, cada vez más alta, exigiendo marcharse de inmediato y buscar refugio en casa de cualquier otra persona.
—Mamá, espera un momento… —la voz de David Amor llegó apagada, casi suplicante—. De verdad, ¿adónde vamos a ir a las diez de la noche? Cálmate un poco, por favor…
—¡Esto no me lo trago! —bramó Pilar—. ¿Eres un hombre o un muñeco de trapo? ¡Nos ha humillado a los dos! ¿Te das cuenta? ¡Le duele la lavadora! Pues ya verá. Mañana mismo se la quito. ¡Que lave su ropa a mano!
La puerta de entrada se cerró de un portazo furioso y, de pronto, el piso quedó cubierto por un silencio espeso. Marta soltó el aire que había estado conteniendo y descorchó con cuidado el champán. El tapón no salió disparado; apenas hizo un golpe suave contra su palma. Sirvió la bebida espumosa en una taza corriente y colocó al lado unos cuadrados de chocolate. Se acomodó en la cama y, por primera vez en toda la noche, se permitió masticar sin prisa y beber despacio.
Pasaron unos diez minutos antes de que alguien llamara con suavidad a la puerta del dormitorio.
—Marta… —la voz de David sonaba cansada, ronca—. Ábreme, por favor. Ya se han ido.
Ella no contestó.
—Marta, basta… Lo he entendido. He sido un idiota. Abre, por favor… tengo hambre.
Se puso de pie, fue hasta la puerta y giró la llave. David estaba allí, con los hombros vencidos y la mirada apagada. Pocas veces lo había visto así.
—¿Tu madre se ha marchado de verdad? —preguntó Marta en voz baja.
—En taxi. Ha ido gritando hasta el ascensor. Dice que mañana mandará a alguien para llevarse la lavadora.
—No hace falta —suspiró ella—. Que la use. Esto nunca ha ido realmente de la lavadora, David.
—Lo sé —entró un poco más y se sentó en el borde de la cama—. Va de mí. De que te lo dejo todo encima. De que siempre eres tú quien encuentra la salida, quien consigue dinero de alguna parte, quien arregla lo que se rompe. No pensé. De verdad que lo siento.
—La próxima vez piensa antes —Marta se sentó a su lado—. Porque quizá no haya una próxima vez. Estoy agotada de ser yo la que inventa cómo sobrevivir. A veces también me gustaría que alguien cuidara de mí.
—Perdóname —David le apretó la mano—. Y dime una cosa… ¿de verdad solo quedan patatas?
—Sí —respondió ella, con una sonrisa leve—. Aunque si buscas bien en el fondo del congelador, hay un paquete de raviolis. Los guardaba para una emergencia.
A David se le iluminó la cara.
—¿Raviolis? ¿En serio? Eres un ángel. Vamos a cocerlos, porque desde la mañana solo he comido trigo sarraceno.
En la cocina, la mesa festiva, las copas relucientes y aquella cena humilde formaban una escena casi absurda, como si alguien hubiera montado una instalación de arte moderno. David arrastró de una vez las patatas cocidas hacia un plato.
—Mañana las salteamos con mantequilla y cebolla —declaró con una seguridad recién estrenada—. También con eso se puede hacer un banquete.
Mientras el agua empezaba a hervir, se acercó por detrás a Marta y la rodeó con los brazos.
—Te prometo —murmuró contra su pelo— que, en cuanto cobre el próximo sueldo, volvemos a ahorrar desde cero. Ni un céntimo para nadie. Y la compra la haré yo. Lo digo en serio.
—Ya veremos —contestó Marta, aunque en su voz la dureza se había disipado.
Recibieron el Año Nuevo al sonido de las campanadas, comiendo raviolis con nata agria en la mesa que ella había preparado con tanto esmero. La lata de pescado quedó intacta; decidieron reservarla para Navidad. David encontró una botella de vodka en el mueble bar, y Marta terminó su champán.
Fue una Nochevieja extraña, callada, y quizá la más sincera que habían compartido.
Pilar Rubio, al final, nunca mandó a nadie por la lavadora. Eso sí, estuvo semanas sin llamar. Se había ofendido. Para Marta, aquellas dos semanas de silencio valieron más que cualquier regalo: por fin pudo descansar.
Un mes después, David volvió a casa con una bolsa llena hasta arriba. Sobre la mesa aparecieron buen pescado, queso y fruta.
—Esto es para nosotros —dijo—. A mi madre le compré una tarta. Pequeña. Pasé a verla y la felicité con retraso.
Marta sonrió. Parecía que la lección de las patatas había dado resultado. Puede que hubiera sido dolorosa, puede que hubiera sonado demasiado fuerte, pero a veces un plato vacío explica más que cualquier discurso.
