—Ah, y también ha llamado —añadió—. Dijo que venía con un regalo. Seguro que será alguna cosa útil para la casa.
A eso de las nueve de la noche sonó el timbre. Al abrir, apareció Pilar Rubio, con las mejillas encendidas por el frío y un gorro de visón recién estrenado. Apretaba contra el pecho un paquetito no demasiado grande.
—¡Feliz Año Nuevo por adelantado, queridos míos! —proclamó, entrando con energía, como si la casa fuera suya—. ¡Vaya noche! Nieve preciosa, un frío que corta la cara… En cambio aquí se está de maravilla, qué calorcito. Esto sí parece un hogar. ¿Qué aroma es ese? ¿A pino? ¿Y los dulces, dónde están?
—Todo está ya en la mesa, mamá, todo preparado —se apresuró a decir David Amor, ayudándola con suma cortesía a quitarse el abrigo—. Marta hoy se ha superado. Ha organizado una sorpresa especial.
Marta Suárez salió al recibidor. La recibió con una sonrisa educada, aunque algo rígida.
—Buenas noches, doña Pilar. Pase, por favor.
—Hola, hija, hola —respondió Pilar Rubio, avanzando con pasos decididos, más parecida a una inspectora que a una invitada—. A ver, enseñadme cómo vivís. David me comentó que estabais pensando en hacer reformas. ¡Ay, y mi lavadora! Una joya, de verdad. Apenas se oye cuando funciona, y la ropa sale casi seca. Habéis sido muy buenos conmigo, me habéis dado una alegría enorme a esta pobre vieja. Aunque, ya puestos a elegir, quizá podría haber sido un modelo un poco más caro, de esos con función de vapor… Pero bueno, a un regalo no se le mira el precio.
Marta no contestó. Solo apretó los labios. Sin decir palabra, se dirigió hacia el salón, y los demás la siguieron.
En el centro de la estancia esperaba la mesa de fiesta. El mantel estaba impecable, las copas relucían bajo la luz, y los cubiertos descansaban alineados con precisión casi militar. Sin embargo, el conjunto producía una impresión extraña: sobre aquella mesa tan solemnemente puesta no había más que tres patatas cocidas, unos cuantos pepinillos en vinagre y una barra de pan.
Pilar Rubio se quedó clavada en el umbral. David, que entraba justo detrás de ella, estuvo a punto de chocar contra su espalda.
—¿Marta? —preguntó él, inseguro—. ¿Qué… qué significa esto?
—La cena de Nochevieja —respondió Marta con absoluta calma mientras se acercaba a su sitio y se sentaba con elegancia—. Adelante, siéntense. Está todo servido: ensaladas, plato principal y especialidades de la casa.
La suegra miró primero las patatas, luego a su nuera y por último a su hijo.
—¿Es una broma? —soltó con una risita nerviosa—. Estáis tomándome el pelo, ¿verdad? Ahora mismo saldrá el asado.
—Me temo que no —dijo Marta, desplegando sobre sus rodillas la servilleta almidonada—. No hay asado. Tampoco hay ensaladilla, ni caviar, ni nada parecido. Verá, doña Pilar: para la cena de Año Nuevo habíamos reservado exactamente treinta mil forintos. Pero hace dos días esa cantidad, de manera bastante inesperada, se transformó en su flamante lavadora silenciosa.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Solo se oía el tictac del reloj de pared, que seguía contando sin piedad los últimos minutos del año.
—Pero… —David parpadeó, desconcertado—. Tú dijiste… dijiste que se te ocurriría algo.
—Y se me ocurrió —asintió Marta—. Se me ocurrió no endeudarnos. Se me ocurrió no pedir un préstamo con intereses absurdos por una sola noche. He cocinado con lo que quedaba. Y lo que quedaba eran exactamente ciento cincuenta forintos. Aquí están. Patatas, pan, pepinillos caseros. Ah, y una lata de sardinas. David, ábrela, por favor. El cuchillo está al lado.
En el rostro de Pilar Rubio empezaron a aparecer manchas rojas.
—Esto… esto es una insolencia —estalló—. ¿Insinúas que os he dejado sin nada? ¿Que la culpa es mía? Mi hijo quiso hacerle un regalo a su madre con todo el corazón, ¿y tú me recibes con pan seco para humillarme?
—No la estoy humillando —replicó Marta con una serenidad helada—. Solo estoy nombrando los hechos. David entregó el dinero que habíamos apartado para la celebración. Tomó una decisión. Eligió su comodidad antes que nuestra fiesta. Yo lo acepto. Pero los milagros no existen: cuando el dinero se va a un sitio, falta en otro.
—¡David! —Pilar Rubio se volvió hacia su hijo—. ¿Vas a permitir esto? ¿Vas a dejar que me hable así? He venido a celebrar, me he arreglado, he pasado por la peluquería, ¿y me ponen delante patatas con piel?
David miraba de una a otra, incapaz de sostener la vista de ninguna de las dos. Tenía las orejas rojas, y en su cara se mezclaban vergüenza, orgullo herido y miedo. Sabía que Marta decía la verdad, pero delante de su madre no encontraba valor para reconocerlo.
—Marta, esto ya es demasiado —murmuró—. Al menos podrías haber comprado un pollo…
—¿Con qué, David? —se volvió ella hacia él, cortante—. ¿Con el dinero del abono de transporte? ¿O prefieres que camine todo el mes? ¿Quizá que deje de comer al mediodía mientras trabajo? Bastante estoy recortando ya en todo. Tú, con un gesto generoso, entregas lo poco que tenemos y luego esperas un banquete. Pues no. Si quieres ser un hijo espléndido, sélo con tu propio sueldo. Trabaja más, busca horas extra. No le quites a tu familia lo último que le queda.
—¿Familia?
