No se le pasó. Al contrario: aquella ira fría se fue haciendo más densa dentro de ella, como si le llenara el pecho con una capa de hielo. ¿Cuántas veces había escuchado ya esa frase dicha con la misma ligereza? “Marta Suárez, mamá nos ha pedido plantones para el jardín, mira a ver de dónde sacas el dinero”. “Marta Suárez, he rozado el coche, hay que pintarlo cuanto antes, calcula en qué podemos recortar”. Y ella, una y otra vez, encontraba la forma. Ajustaba el cinturón, rehacía las cuentas, renunciaba a cualquier pequeño capricho: un pintalabios nuevo, otro par de medias, cualquier cosa que no entrara en la categoría de “imprescindible”.
Pero aquel día algo se colmó por completo.
Por la noche, David Amor se comportó como si no hubiera ocurrido nada. Sentado en el sofá, se reía con un programa ligero de televisión, cambiaba de canal sin prisa y se estiraba satisfecho. En su cabeza, el asunto ya estaba solucionado. Su mujer gruñiría un rato, se enfriaría, y luego todo volvería a su sitio. Al fin y al cabo, Marta Suárez siempre sacaba de algún lugar una solución casi mágica: agitaba la cuchara de madera y, de pronto, la nevera aparecía llena.
Al día siguiente, treinta de diciembre, Marta Suárez fue a trabajar. En la oficina se respiraba esa agitación previa a las fiestas. Los compañeros hablaban de supermercados, de ofertas, de menús; se pasaban recetas y discutían con seriedad sobre la mejor manera de preparar la ensaladilla o la gelatina de carne.
—Oye, Marta Suárez, ¿tú asas el ganso con manzanas o le pones naranja? —preguntó Elena Vázquez, de contabilidad, mientras removía su té.
—Con aire —contestó Marta Suárez, seca. Enseguida se obligó a sonreír—. Este año vamos a innovar. Estilo minimalista.
Al salir del trabajo no tomó el camino del hipermercado, aunque llevaba semanas imaginando aquella compra. En vez de eso, entró en la pequeña tienda que había junto a su edificio. Cogió el paquete de sal más barato, una barra de pan negro y una lata de espadines. Se quedó un instante mirando los estantes y añadió tres patatas. En la caja rebuscó monedas en el bolsillo y contó el importe casi con vergüenza.
Cuando llegó a casa, David Amor la recibió con una pregunta.
—¿Qué? ¿Has podido comprarlo todo? Ah, y escucha: he hablado con mamá. Dice que mañana viene. Quiere recibir el año nuevo con nosotros y, bueno… estrenar la lavadora.
Marta Suárez se quedó inmóvil en el recibidor, sin quitarse siquiera las botas.
—¿Viene tu madre? —repitió en voz baja.
—Claro. ¿Por qué no iba a venir? No vamos a dejarla sola. Llegará sobre las nueve, así despedimos el año juntos. No te preocupes, ella no es exigente; de verdad, lo que le importa es el cariño.
—Perfecto —asintió Marta Suárez—. Verdaderamente perfecto.
Dentro de ella, algo encajó con un chasquido definitivo. La última pieza del rompecabezas acababa de colocarse. Así que Pilar Rubio también vendría. La misma Pilar Rubio que el día anterior había recibido de ellos una lavadora nueva, pagada con treinta mil de la caja común. Y, por supuesto, esperaría una mesa festiva. Porque Marta Suárez “ya se las arreglaría”.
Se quitó el abrigo, entró en la cocina y se puso manos a la obra. Coció las tres patatas con piel. Sacó un tarro de pepinillos que había preparado en verano; al menos eso era suyo y no había costado nada. Cortó el pan negro en rebanadas finas y perfectamente iguales.
Después abrió el armario y sacó el mantel más bonito, el de las grandes ocasiones: blanco como la nieve, bordado con copos dorados. Sobre la mesa colocó también la mejor vajilla: platos con borde de oro, copas de cristal reluciente y los cubiertos de plata heredados de su abuela.
En el centro puso una fuente amplia. Encima descansaban, solitarias, las tres patatas cocidas. A un lado, en una ensaladera de cristal, se apretaban tres rodajas de pepinillo. En un platito quedaron las rebanadas de pan, y junto a ellas, la lata de espadines sin abrir. El abrelatas fue colocado al lado con sumo cuidado.
—Eso es todo —murmuró Marta Suárez, contemplando el conjunto—. Exactamente lo que habéis pedido.
El treinta y uno de diciembre, David Amor se despertó tarde. Se desperezó con placer, anticipando ya lo agradable que sería el día.
—¡Martita! —gritó—. ¿Hay desayuno?
—En la nevera —respondió ella desde el baño.
David Amor encontró una cazuela con gachas de trigo sarraceno del día anterior.
—¿Hoy vamos en plan austero? —masculló, aunque se lo comió—. ¿Ya estás cocinando? Huele… raro.
—Ya está todo preparado —contestó Marta Suárez, saliendo con bata y una toalla enrollada en el pelo—. La mesa está puesta. No entres en el salón, es una sorpresa. Que repose hasta la noche.
David Amor se frotó las manos.
—¡Una sorpresa! Me encanta. Tú vales oro. Sabía que lo resolverías.
El resto del día, Marta Suárez lo dedicó a sí misma. Se puso una mascarilla, se pintó las uñas y se peinó con esmero. Luego eligió su vestido más elegante: un traje de noche de terciopelo azul oscuro. David Amor caminaba por la casa muy ufano y la miraba con aprobación.
—Estás preciosa —repetía—. Mamá va a quedarse encantada.
De pronto, pareció acordarse de algo.
