«Lo cogí. Le hacía falta a mi madre» dijo David, dejando a Marta paralizada ante la lata vacía

Una injusticia desgarradora rompió la confianza silenciosa.
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—¿Y dónde está el dinero que habíamos guardado para la mesa de Nochevieja? —preguntó Marta Suárez, asomándose al interior de la lata metálica del té, escondida en el estante más alto del armario de la cocina.

Se puso de puntillas y estiró el brazo todo lo que pudo, pero las yemas de los dedos solo rozaron el fondo frío y vacío del recipiente. Durante un segundo, el corazón pareció detenerse. Faltaban dos días para Año Nuevo. Allí dentro debían estar los treinta mil forintos que David Amor y ella habían ido apartando con paciencia durante dos meses. De cada sueldo, de cada adelanto, sacaban un poco. Era el dinero destinado a la compra de las fiestas, a los regalos que pensaban hacerse mutuamente y a unos días tranquilos de descanso al comenzar el año.

David Amor estaba sentado a la mesa de la cocina, absorto en las noticias que deslizaba en la pantalla del móvil. Ni siquiera levantó la vista; apenas encogió un hombro, como si quisiera espantar una mosca molesta.

—David Amor, te estoy hablando —la voz de Marta Suárez se volvió más dura—. La lata está vacía. ¿Dónde has metido el dinero?

Solo entonces él apartó los ojos del teléfono. La miró con la expresión de un alumno sorprendido haciendo algo prohibido: en su cara se mezclaban la culpa, la terquedad y unas ganas evidentes de escapar de la conversación.

—Marta, ¿por qué tienes que montar un drama enseguida? —protestó, torciendo la boca—. Lo cogí. Le hacía falta a mi madre.

Marta Suárez se sentó despacio frente a él. Las piernas se le habían quedado flojas, como si fueran de algodón. Dentro de la cabeza empezó a sentir un zumbido sordo.

—¿A tu madre? —repitió en voz baja—. ¿Y ahora qué le ha pasado a Pilar Rubio? ¿Se le ha inundado el tejado? ¿Ha explotado el televisor? ¿O al gato preferido le urgía de pronto un masaje terapéutico?

—No te burles —saltó David Amor. Bloqueó el móvil y lo dejó boca abajo sobre la mesa—. Es un problema de verdad. Se le estropeó la lavadora. Del todo. El técnico dijo que no compensaba arreglarla, que salía más barato comprar una nueva. ¿Qué quieres que haga sin lavadora? ¡Tiene sesenta y cinco años, Marta Suárez! ¿Pretendes que lave las sábanas en la bañera? Le duele la espalda.

Marta tomó aire profundamente y lo soltó con lentitud, intentando dominar el temblor que le subía a las manos.

—David Amor, estoy haciendo un esfuerzo por no perder la calma —empezó—. Tu madre tiene sesenta y cinco años, sí, pero no es una inválida. Y su lavadora funcionaba perfectamente: una Indesit que le compramos entre los dos hace cinco años. Pero supongamos que, de verdad, se rompió… ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo antes de las fiestas? ¿Y por qué había que gastarse todos nuestros ahorros en eso?

—¡Porque ahora hay ofertas! —David Amor abrió los brazos, como si estuviera explicando algo tan obvio que no admitía discusión—. Rebajas antes de las fiestas. Encontramos un modelo estupendo, con secadora y un montón de programas. Mamá llevaba mucho tiempo queriendo una así. Con su pensión jamás podría ahorrar para comprarla. ¿Qué se suponía que tenía que decirle? “Lo siento, mamá, lava a mano, porque nosotros queremos comer caviar”.

—¿Caviar? —Marta Suárez soltó una risa seca, amarga—. No se trataba solo de eso. En esa cantidad estaba todo: la carne, las verduras, las bebidas, los regalos. Habíamos invitado gente. También a tus amigos. A Rubén Cano con su mujer, y a Iván Delgado. ¿Con qué piensas que vamos a recibirlos?

David Amor hizo un gesto de fastidio, se levantó y caminó hacia el hervidor de agua.

—No exageres tanto. Tú siempre te las apañas. Hay conservas, encurtidos… Cocemos unas patatas. Compramos un pollo, eso no cuesta nada. Ya se te ocurrirá algo. Preparas un par de ensaladas con lo que haya. Lo importante es la compañía, no la comida. No conviertas la cena en una cuestión sagrada.

—¿Compramos un pollo? —Marta Suárez clavó la mirada en la espalda ancha de su marido—. ¿Con qué dinero? En mi cartera quedan mil quinientos forintos hasta el adelanto del diez de enero. Y tú tampoco debes de tener nada, si has tenido que meter mano a la lata.

—Bueno… —David Amor vaciló—. Le pedimos prestado a alguien. O sacas de la tarjeta de crédito. Luego lo devolvemos. Pero mamá estaba tan contenta… Tendrías que haberla visto. Enseguida hizo un bizcocho y dijo que nos lo traería.

—Magnífico —respondió Marta Suárez con sequedad—. Un bizcocho sustituye de maravilla una cena de fiesta.

Se puso de pie y salió de la cocina. No quería seguir escuchando aquella discusión absurda. David Amor no entendía nada, o no deseaba entenderlo. Para él, el dinero de la casa era una especie de concepto elástico del que se podía tirar siempre que su madre pidiera algo; después, su esposa ya encontraría la manera de “arreglarlo”.

En el dormitorio, Marta Suárez se dejó caer en el borde de la cama y se cubrió la cara con las manos. Se le cerraba la garganta. Lo que más le dolía no era exactamente el dinero, sino la actitud entera. Durante todo diciembre había hecho planes, buscado recetas, escrito listas. Quería una fiesta de verdad: bonita, cálida, con la casa llena de olor a abeto y a ganso asado. Y ahora solo le retumbaba en la cabeza aquella frase: “Ya se te ocurrirá algo”. Esas palabras empezaron a encender en su interior una rabia helada, lenta e implacable.

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