—… antes de que tu marido y yo tengamos que cerrártela como es debido. Y métetelo en la cabeza de una vez: en esta familia mando yo. La mayor soy yo. La cabeza soy yo. Y aquí se hará lo que yo diga.
Le clavó un dedo en el pecho a Inés Gómez.
—Y esta ratonera tuya… no es más que el precio de entrada a nuestro apellido. El peaje por haberte aceptado a ti, con lo que eres. Así que no te me subas a la parra. Aprende cuál es tu sitio, gallina inútil —bramó Teresa Castro.
Inés Gómez retrocedió como si acabaran de abofetearla. La vergüenza, la rabia y la humillación se le hicieron un nudo espeso en la garganta.
Y entonces, en el marco de la puerta, apareció Carlos Ramos.
Estaba apoyado contra la jamba, inmóvil, con una expresión imposible de descifrar. Pero sus ojos… sus ojos se habían vuelto oscuros, quietos, sin fondo, como los de un lucio de lago justo antes de lanzarse sobre la presa.
Lo había oído. Todo.
—Mamá —dijo él en voz baja, casi suave, y precisamente por eso resultó mucho más inquietante—. ¿A ti se te ha ido la cabeza del todo? ¿Es la primavera, o te cayó un carámbano desde un sexto piso? ¿Qué demonios estás diciendo?
Teresa Castro soltó un bufido, convencida de que aquel tono era el comienzo de una alianza.
—¡Hijo, por fin! Explícale tú cómo funcionan aquí las cosas. Yo solo digo la verdad a la cara. Tú eres el dueño. Yo soy la cabeza de la familia. El piso ahora es nuestro, de la familia. Y esa… —hizo un gesto despectivo hacia Inés Gómez—, que cierre su boca de pez y deje de llamar la atención.
Carlos Ramos se separó despacio del marco. No alzó la voz. Al contrario: la bajó hasta convertirla en un susurro áspero, peligroso.
—Se acabó, mamá. Fin de la función. Has cruzado todos los límites posibles, y también los imposibles. Tienes un problema serio con la realidad. Ahora te vistes en silencio y te marchas. Por tu propio pie o cargada sobre mis hombros, tú eliges. Y si dices una sola palabra más, llamo a una ambulancia para que vengan con una inyección para gente descontrolada. No estoy bromeando.
Su madre se quedó petrificada.
—¿Carlos Ramos? ¡Soy tu madre! ¡Tu sangre! ¿Vas a ponerte en mi contra por culpa de esta…?
—Sí, eres mi madre —la cortó él, y por primera vez en su voz apareció un filo de acero.
