Clara se volvió hacia él. En su voz había una nota de auténtica desesperación.
—Carlos, ¿de verdad no lo ves? ¿O haces como que no te enteras? Nos controla. Sabe cuándo estamos en casa, cuándo salimos y a qué hora volvemos. Conoce nuestros horarios mejor que nosotros mismos. Y tú todavía preguntas qué hay de raro en eso.
Carlos sintió cómo le subía la irritación. Venía agotado del trabajo, solo quería descansar, y otra vez se encontraba atrapado en aquella discusión interminable sobre su madre.
—Clara, ya basta. Sí, mamá a veces se pasa de la raya, lo admito. Pero no lo hace con mala intención. Me quiere, eso es todo. Se preocupa y necesita saber que estamos bien.
—¿Que te quiere? —Clara entornó los ojos—. Carlos, no confundas las cosas. No quiere cuidarte, quiere dirigir tu vida. Y no es lo mismo.
—No digas tonterías.
—¿Tonterías? Muy bien. Entonces respóndeme a una sola cosa: ¿cuándo fue la última vez que tomaste una decisión sobre nuestra familia sin consultarla antes con tu madre?
Carlos se quedó inmóvil. La pregunta lo golpeó sin aviso.
—¿A qué viene eso ahora?
—El sofá lo elegiste después de hablarlo con ella. La reforma del baño, igual. Hasta el papel pintado del dormitorio lo compramos teniendo en cuenta su opinión. ¿Y te acuerdas de lo de mi trabajo? Me ofrecieron un ascenso, pero implicaba mudarnos a otro distrito. ¿Quién dijo que era una mala idea? ¿Quién te metió en la cabeza que una esposa debe trabajar cerca de casa?
Carlos no contestó. Los recuerdos empezaron a aparecer uno tras otro, y, puestos en fila, no formaban precisamente una imagen agradable.
—Clara, pedir consejo a los padres es algo normal…
—¿Consejo? Carlos, ella no aconseja. Ella ordena. Y tú obedeces como un niño bien educado.
Clara se acercó a la mesa y cogió el teléfono.
—¿Sabes qué? Hagamos una prueba. Llámala ahora mismo y dile que hemos decidido cambiar la cerradura de la casa. Sin explicaciones. Solo comunícaselo como un hecho.
—¿Para qué?
—Porque tenemos derecho. Es nuestra vivienda, Carlos. Nosotros decidimos a quién le damos una llave y a quién no.
Carlos tomó el móvil, aunque no hizo ningún intento de marcar.
—Clara, es mi madre. Se va a ofender.
—Yo ya estoy ofendida —Clara se dejó caer en una silla junto a la mesa—. Me ofende vivir en una casa donde no tengo derecho a un espacio propio. Me ofende que mi suegra pueda entrar en nuestro dormitorio mientras duermo y que todos actúen como si fuera lo más normal del mundo.
Luego se inclinó hacia él, mirándolo de frente.
—Carlos, no te estoy pidiendo que rompas con tu madre. Te estoy pidiendo que pongas límites. Que protejas nuestra familia. Nuestro territorio. Lo nuestro.
—¿Y cómo se supone que se lo explico?
—No tienes que justificarte. Solo dile: “Mamá, hemos cambiado la cerradura. Si quieres venir, llámanos antes”. Nada más.
Carlos hizo girar el teléfono entre los dedos. En el fondo sabía que Clara tenía razón. Pero enfrentarse a su madre le daba miedo. Montserrat Díaz sabía ofenderse de una manera insoportable: podía pasarse semanas sin dirigirle la palabra, y sus lágrimas, sus reproches y sus silencios pesaban sobre él más de lo que quería admitir.
—¿Y si se pone triste?
—Pues que se ponga triste —Clara se levantó de golpe—. Carlos, eres un hombre adulto. Tienes una esposa, tienes una familia. No puedes vivir toda la vida temblando por si mamá se disgusta.
En ese instante, una llave giró dentro de la cerradura. La puerta de entrada se abrió y, desde el pasillo, llegaron unos pasos conocidos.
—¡Hola, hijos! ¡Ya estoy aquí otra vez! Como no os vi en la ventana, pensé en subir a comprobar si todo estaba bien.
