Sin pronunciar palabra, Carla puso la mesa. Colocó los platos, alineó los cubiertos y dejó todo dispuesto con una precisión casi automática. Para entonces, Javier Ortíz ya se había terminado la cerveza y había abierto otra lata.
—Te lo digo muy en serio —insistió él, como si estuviera dando una orden—. Mañana, antes de la comida, quiero que todo esté perfecto. Que mi madre no encuentre ni un solo motivo para quejarse.
—¿Y si no me da tiempo? —preguntó Carla, sentándose frente a él—. Tengo una reunión de diez a una. Es un encargo importante, Javier. Van a pagarme sesenta mil euros.
Él soltó una risa breve, cargada de desprecio.
—No me vengas con cuentos. ¿Quién va a pagarte a ti una cantidad así? Si llevas tres años sin hacer absolutamente nada.
Ahí estaba otra vez. La desvalorización. Una piedra más en aquel muro que, día tras día, se levantaba entre los dos. Carla no contestó. Se limitó a empezar a comer. El pollo había quedado algo seco, pero ella masticaba despacio, mirando hacia la ventana, donde las luces de los coches pasaban fugaces tras el cristal.
Aquella noche no logró conciliar el sueño. Permaneció tumbada boca arriba, con la vista fija en el techo, pensando en lo que la esperaba al día siguiente. Nieves Muñoz llegaría con su maleta, se instalaría en el dormitorio de ellos como si fuera suyo, y Carla y Javier tendrían que apañarse en una cama plegable en el salón. Su suegra volvería a darle lecciones de vida, y Javier asentiría a todo, olvidándose, como siempre, de que tenía una esposa.
Por la mañana, Carla se levantó a las siete. Se duchó, se vistió con un traje de trabajo que hacía mucho que no usaba y se observó unos segundos en el espejo. Tenía el rostro más delgado, ojeras marcadas bajo los ojos, pero la mirada no estaba vencida. Al contrario: había en ella una determinación nueva. Cogió el bolso, los documentos y el móvil.
—¿Adónde vas? —Javier apareció en la puerta del dormitorio, despeinado y con la cara aún hinchada de sueño.
—Ya te lo dije. Tengo una reunión.
—Carla…
—Hasta la tarde —respondió ella.
Salió del piso y cerró con llave.
En el ascensor sacó el teléfono y abrió la conversación con su tía Patricia Navarro. Escribió: “¿Puedo pasar hoy? Necesito hablar contigo”. La respuesta llegó casi al instante: “Claro, cariño. Te espero”.
La ciudad empezaba a despertarse. La mañana de febrero era gris, húmeda, sin brillo; sin embargo, a Carla le pareció que el aire olía a libertad.
Patricia vivía en las afueras, en un edificio antiguo desde cuyas ventanas se veía un parque. Carla llegó poco antes de las nueve, cuando aún faltaba para la supuesta reunión con el cliente. A Javier le había mentido sobre la hora porque sabía que antes necesitaba hablar con alguien que no la juzgara.
—Pasa, entra y caliéntate —dijo su tía al abrir la puerta. Luego la miró de arriba abajo, con esa franqueza suya que no disimulaba nada—. Estás más delgada. Tienes la cara consumida. ¿Qué te está haciendo ese Javier tuyo?
Carla entró en el piso acogedor y se quitó el abrigo. Patricia Navarro era la hermana menor de su madre. Siempre hablaba sin rodeos, directa hasta la brusquedad. Tenía sesenta años, aunque aparentaba menos: cuerpo firme, pelo corto y una mirada afilada que parecía verlo todo.
—No sé cómo seguir —admitió Carla, dejándose caer en el sofá—. Se ha convertido en una copia exacta de su madre. Ella llega hoy y se queda una semana en casa. Y yo… yo ya no puedo más.
—Entonces no te tortures —Patricia se sentó a su lado y le tomó la mano—. Vete. Eres joven, guapa, tienes talento. Podrás rehacer tu vida. Encontrarás algo mejor.
—Ya estoy preparándome —Carla sacó el móvil y le enseñó el extracto de una cuenta—. Llevo tres meses juntando dinero. He pasado ahí todos nuestros ahorros. Él todavía no lo sabe.
Patricia lanzó un silbido bajo.
—¿Ciento ochenta mil euros? Bien hecho. Pero si se entera antes de tiempo…
—Lo sé. Por eso tengo prisa. Quiero alquilar un piso y marcharme en silencio, sin discusiones, sin escenas.
Hablaron durante más de una hora. Su tía preparó un té fuerte, sacó unas galletas y le contó cómo había sido su propio divorcio veinte años atrás, cuando ella también había aguantado, callado y perdonado hasta comprender algo muy sencillo: solo se vive una vez, y desperdiciar la vida siendo infeliz era una estupidez.
Casi al final de la conversación, Patricia bajó un poco la voz.
—Hay otra cosa que quería decirte. Hace unos días me encontré con una conocida, Cristina Castillo. Trabaja en Hacienda. Entre una cosa y otra me comentó que había visto a tu Javier en un centro comercial. Iba con una mujer y con un niño. El crío tendría alrededor de un año, rubito. Javier lo llevaba en brazos, y al lado caminaba ella, una chica joven, llamativa. Cristina al principio pensó que eras tú con un hijo adoptado o algo así, pero luego se fijó mejor y vio que no eras tú.
Carla se quedó inmóvil, con la taza suspendida entre las manos. Sintió que el corazón se le desplomaba hacia el estómago.
—¿Qué?
—A lo mejor no significa nada —añadió Patricia deprisa, como arrepintiéndose de haber hablado—. Quizá era una compañera con su sobrino. Pero Cristina dice que se besaron. En la boca. Y que el niño lo llamaba papá.
El resto del día transcurrió para Carla como si caminara dentro de una niebla espesa. Se reunió con el cliente, hablaron del proyecto de diseño para una cafetería y recibió un anticipo: treinta mil euros en efectivo. El dinero quedó dentro de su bolso como un peso duro, casi incómodo. Después vagó por el centro comercial, entró en varias tiendas, tocó prendas, miró escaparates, pero no veía nada. En su cabeza giraba una sola idea, una y otra vez: Javier tenía una amante. Y un hijo.
Regresó a casa cerca de las cinco. Subió las escaleras despacio, reuniendo fuerzas antes de abrir la puerta. Desde el rellano ya se percibía olor a pasteles recién hechos; eso significaba que Nieves Muñoz no solo había llegado, sino que también se había adueñado de la cocina.
—Ah, aquí tenemos a la nuera —la recibió su suegra en el pasillo, secándose las manos en el delantal—. ¿De paseo, verdad? Mientras yo limpiaba, cocinaba y ponía un poco de orden en este desastre que llamáis casa.
—Buenas tardes, Nieves Muñoz —contestó Carla, quitándose los zapatos antes de entrar.
Javier estaba sentado en la cocina, pasando el dedo por la pantalla del móvil. Levantó la vista apenas un segundo y le dedicó un gesto frío con la cabeza.
—Bueno, ¿qué tal esa reunión tan importante? —preguntó, y en su voz se notaba la burla.
—Ha ido bien. Me han dado un anticipo.
—Ya, claro —resopló él—. ¿Y cuánto se supone que te han pagado?
—Treinta mil euros.
Nieves Muñoz se quedó parada junto a la cocina y se volvió hacia ella con un interés que ni siquiera intentó ocultar.
—¿Treinta mil euros? ¿Por qué?
—Por el proyecto de diseño de una cafetería —Carla sacó el sobre del bolso y lo dejó sobre la mesa—. Aquí está.
Javier tomó el sobre y contó los billetes. Primero apareció la sorpresa en su cara; después, una irritación evidente.
—Vale. Pues mételo en la caja común —dijo, devolviéndole el dinero.
—No —Carla guardó de nuevo el sobre en su bolso—. Es mi honorario. Y lo voy a usar para mis propios gastos.
