Sin decir una palabra, Laura puso la mesa. Colocó los platos, distribuyó los cubiertos y dejó todo en orden, mientras Juan Núñez terminaba la cerveza y, sin levantarse siquiera, abría una segunda lata.
—Te lo digo en serio —insistió él, como si no hubiera quedado claro—. Mañana, para la hora de comer, tiene que estar todo perfecto. No quiero que mi madre encuentre ni un solo motivo para quejarse.
Laura se sentó frente a él.
—¿Y si no me da tiempo? —preguntó con calma—. Tengo una reunión de diez a una. Es un encargo importante, Juan. Pagan sesenta mil euros.
Él soltó una risa breve, cargada de desprecio.
—No me cuentes cuentos. ¿Quién va a pagarte a ti semejante cantidad? Si llevas tres años sin hacer nada.
Ahí estaba otra vez. La misma puñalada de siempre, disfrazada de comentario casual. La misma manera de reducirla a nada. Un ladrillo más en aquel muro que se había ido levantando entre los dos.
Laura no respondió. Empezó a cenar. El pollo había quedado algo seco, pero ella masticó despacio, mirando por la ventana. Al otro lado del cristal, las luces de los coches pasaban como destellos borrosos.
Esa noche apenas pegó ojo. Permaneció tumbada boca arriba, con la vista fija en el techo, pensando en lo que la esperaba al día siguiente. Pilar Ortega llegaría con su maleta, ocuparía el dormitorio principal y Laura y Juan tendrían que dormir apretados en una cama plegable en el salón. Su suegra se pasaría los días dictándole cómo debía vivir, y Juan asentiría a cada palabra de su madre, como si hubiera olvidado que tenía esposa.
Por la mañana, Laura se levantó a las siete. Se duchó, se vistió con un traje formal que llevaba mucho tiempo sin ponerse y se observó en el espejo. Tenía la cara más delgada, ojeras marcadas bajo los ojos, pero en su mirada había algo nuevo: decisión. Metió en el bolso los documentos, el teléfono y todo lo necesario.
—¿Adónde vas? —Juan apareció en la puerta del dormitorio, despeinado y todavía medio dormido.
—Ya te lo dije. Tengo una reunión.
—Laura…
—Nos vemos por la tarde.
Salió del piso y cerró con llave.
Dentro del ascensor sacó el móvil y abrió la conversación con su tía María Navarro. Escribió: “¿Puedo pasar hoy? Necesito hablar”. La respuesta llegó casi al instante: “Claro, cariño. Te espero”.
La ciudad empezaba a desperezarse. La mañana de febrero era gris, húmeda, sin luz, pero a Laura le pareció que el aire olía, por primera vez en mucho tiempo, a libertad.
Su tía María vivía en las afueras, en un edificio antiguo con vistas a un parque. Laura llegó poco antes de las nueve. La reunión con el cliente no empezaba todavía; en realidad, le había mentido a Juan sobre la hora porque necesitaba, antes de enfrentarse al día, hablar con alguien que no la juzgara.
—Pasa, pasa, que hace frío —dijo su tía al abrirle la puerta. Luego la miró de arriba abajo con gesto serio—. Estás muy delgada. Y tienes la cara hundida. ¿Qué te está haciendo ese Juan tuyo?
Laura entró en el piso cálido y se quitó el abrigo. María Navarro, la hermana menor de su madre, nunca había sabido dar rodeos. Decía las cosas de frente, sin adornos. Tenía sesenta años, aunque aparentaba menos: cuerpo firme, pelo corto y una mirada afilada que parecía verlo todo.
—No sé cómo seguir —confesó Laura, dejándose caer en el sofá—. Se ha convertido en una copia de su madre. Ella viene hoy y se queda una semana en casa. Y yo… yo ya no puedo más.
—Entonces deja de sufrir —María se sentó a su lado y le tomó la mano—. Vete. Eres joven, guapa, tienes talento. Ya encontrarás a alguien que te quiera como mereces.
Laura sacó el teléfono del bolso y le mostró el extracto de una cuenta.
—Estoy preparándolo. Llevo tres meses juntando dinero. He transferido allí todos nuestros ahorros. Él todavía no lo sabe.
Su tía soltó un silbido bajo.
—¿Ciento ochenta mil euros? Bien hecho. Pero como se entere antes de tiempo…
—Lo sé. Por eso tengo que darme prisa. Quiero alquilar un piso y mudarme sin ruido, sin escenas, sin peleas.
Hablaron durante más de una hora. María preparó un té fuerte, sacó unas galletas y le contó, una vez más, cómo había sido su propio divorcio veinte años atrás. También ella había aguantado, había callado, había esperado a que algo cambiara, hasta comprender que la vida era una sola y que desperdiciarla siendo infeliz era una estupidez.
Cerca del final de la conversación, su tía bajó un poco la voz.
—Hay algo más que quería comentarte. Hace poco me encontré con una conocida, Sofía Castro. Trabaja en la Agencia Tributaria. Y, hablando de cualquier cosa, me dijo que había visto a Juan en un centro comercial. Iba con una mujer y con un niño. Un niño de más o menos un año, rubito. Juan lo llevaba en brazos, y a su lado caminaba una mujer joven, muy arreglada, llamativa. Al principio Sofía pensó que erais vosotros con un hijo adoptado, pero luego miró mejor y se dio cuenta de que esa mujer no eras tú.
Laura se quedó inmóvil, la taza suspendida entre las manos. Sintió que el corazón se le desplomaba hasta el estómago.
—¿Qué?
—Puede que no sea nada —se apresuró a añadir María—. A lo mejor era una compañera de trabajo con su sobrino. No quiero meterte ideas en la cabeza. Pero Sofía asegura que se besaron. En la boca. Y que el niño lo llamó papá.
El resto del día transcurrió para Laura como si caminara dentro de una niebla espesa. Se reunió con el cliente, habló del proyecto para una cafetería y recibió un adelanto de treinta mil euros en efectivo. El sobre quedó dentro de su bolso como un peso incómodo. Después vagó por el centro comercial, entró en varias tiendas, miró escaparates, pero no vio realmente nada. En su mente solo giraba una idea, una y otra vez: Juan tenía una amante. Y un hijo.
Regresó a casa pasadas las cuatro. Subió las escaleras despacio, reuniendo fuerzas antes de abrir la puerta. En el piso olía a empanadas recién hechas; eso quería decir que Pilar Ortega ya había llegado y, como siempre, se había instalado como si la casa fuera suya.
—Ah, por fin aparece la nuera —la recibió su suegra en el recibidor, secándose las manos en el delantal—. ¿De paseo? Mientras yo limpiaba, cocinaba y ponía un poco de orden en este desastre que tenéis por casa.
—Buenas tardes, Pilar Ortega —respondió Laura, quitándose los zapatos antes de pasar.
Juan estaba sentado en la cocina, deslizando el dedo por la pantalla del teléfono. Alzó la vista apenas un segundo y le dirigió un gesto frío.
—¿Y bien? ¿Fue un éxito tu famosa reunión? —preguntó, con una burla mal disimulada en la voz.
—Sí. Me han dado un adelanto.
—Claro, claro —resopló él—. ¿Y cuánto, si puede saberse?
—Treinta mil euros.
Pilar, que estaba junto a los fogones, se detuvo de golpe y se volvió con un interés imposible de ocultar.
—¿Treinta mil? ¿Por hacer qué?
—Por el diseño de una cafetería.
Laura abrió el bolso, sacó el sobre con el dinero y lo dejó sobre la mesa.
—Aquí está.
Juan lo tomó, sacó los billetes y los contó. Primero se le dibujó en la cara una sorpresa involuntaria; después, el gesto se le endureció con fastidio.
—Bien. Mételo en el fondo común —dijo, devolviéndole el sobre.
—No —Laura lo guardó de nuevo en el bolso—. Es mi pago. Y lo voy a usar para mis propias necesidades.
