«Tienes que vivir según las normas de mi madre. ¿Te queda claro?» dijo Juan Núñez, exigiendo obediencia mientras Laura permanece inmóvil

Vivir bajo reglas ajenas es intolerable y humillante.
Historias

—¿Pero tú estás en tus cabales o qué te pasa? —la voz de Juan Núñez retumbó por todo el piso con tanta fuerza que Laura Navarro dio un respingo—. Te lo he dicho clarísimo, en español: viene mi madre y la vas a recibir como corresponde. ¿Y tú qué haces? ¡Otra vez con tus numeritos!

Laura soltó el aire despacio, apretando entre los dedos el paño de cocina. Tres años atrás, aquel tono la habría hecho llorar. Dos años antes, se habría lanzado a justificarse. El año anterior todavía habría intentado razonar con él. Ahora, en cambio, permanecía inmóvil, observando a su marido, que cada día se parecía más a una copia exacta de su madre.

—Juan, no me estoy negando a recibir a Pilar Ortega —contestó con una serenidad casi fría—. Lo que no voy a hacer es pasarme tres días abrillantando el suelo y colgando cortinas nuevas, como si viniera a visitarnos una reina.

—¡No te atrevas a hablar así de mi madre! —Juan avanzó un paso, y Laura se sorprendió pensando que, alguna vez, aquel hombre le había parecido alguien firme, alguien en quien apoyarse—. Tienes que vivir según las normas de mi madre. ¿Te queda claro?

Ahí estaba. La frase que, últimamente, resonaba en aquella casa con una frecuencia cada vez más insoportable. Primero había sido la comida: “Mamá siempre pone la hoja de laurel de esta manera”. Luego llegó la limpieza: “Mamá limpia los espejos únicamente con papel de periódico”. Después, la ropa: “Mamá dice que una mujer decente no anda por casa en vaqueros”. Y ahora ya ni siquiera lo disfrazaba: debía vivir bajo las reglas de su madre.

Laura se acercó a la ventana y miró la ciudad al caer la tarde. Febrero había cubierto las calles con una penumbra húmeda; las farolas ya estaban encendidas y dibujaban con luz amarillenta las pocas siluetas de los transeúntes. En algún punto de aquella misma ciudad estaba su tía María Navarro, la única persona que jamás la había tratado como a una fracasada por haberse casado a los veintidós y haber dejado aparcada su carrera de diseñadora.

—Prepararé la cena —dijo sin volverse—. Pero avisa a tu madre de que mañana al mediodía no estaré. Tengo una reunión.

—¿Qué reunión ni qué demonios? —Juan se acercó y la giró por el hombro—. ¿Te estás burlando de mí? Mi madre viene expresamente el miércoles para que estemos juntos y…

—Trabajo —lo interrumpió Laura—. ¿Lo recuerdas? He conseguido un encargo de diseño de interiores para una cafetería. Mañana me reúno con el cliente.

Tres meses antes, Laura había abierto una cuenta en otro banco. Una cuenta secreta, de la que Juan no sabía absolutamente nada. Al principio solo ingresó allí sus modestos honorarios de trabajos por libre: un logotipo para una pequeña empresa, unas tarjetas de visita para un dentista conocido. Más adelante empezó a transferir pequeñas cantidades desde la cuenta común, esa que su marido ni siquiera revisaba porque estaba convencido de que “las mujeres no tienen por qué entender de dinero”. Y la semana anterior había movido allí toda la suma que Juan estaba ahorrando para comprarse un coche nuevo. Ciento ochenta mil. Él todavía no lo sabía.

—Cancélala —ordenó Juan, dándole la espalda—. Mi madre es más importante que esas reuniones inventadas tuyas.

—No.

Él se quedó rígido. Luego se volvió con lentitud, como si sus oídos acabaran de engañarlo.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que no —Laura tomó el móvil de la mesa y abrió la aplicación bancaria. La cifra que aparecía en el saldo de la cuenta oculta le dio una inesperada sensación de alivio—. No pienso cancelar nada. Tu madre puede sobrevivir a una comida sin mí.

La media hora siguiente transcurrió dentro de un silencio helado. Juan se encerró en la habitación después de dar un portazo que hizo vibrar la pared. Laura sacó un pollo de la nevera y comenzó a preparar la cena. Sus manos actuaban solas: cortar verduras, calentar la sartén, añadir sal. Mientras tanto, su mente regresaba a tres años atrás, cuando se había enamorado de un programador encantador que la invitaba al cine y le regalaba flores sin ningún motivo. Recordó también cómo, después de la boda, aquel hombre fue cambiando poco a poco hasta convertirse en alguien exigente, irritable y pendiente de cada opinión de su madre.

El timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos. Se secó las manos y fue a abrir. En el umbral estaba el vecino, Antonio Cortés, un hombre de unos cincuenta años, algo calvo, que siempre saludaba con educación y a veces le subía cartas cuando, por error, acababan en su buzón.

—Buenas tardes, Laura —dijo, alargándole un sobre—. Le ha llegado esto. No cabía en su buzón y lo dejaron en el mío.

—Gracias, Antonio —respondió ella, tomando el sobre y mirando de reojo el remitente. Un despacho de abogados. El corazón le dio un vuelco.

—No quisiera meterme donde no me llaman —murmuró Antonio, incómodo, bajando la voz—, pero he oído algunas cosas… Ya sabe, las paredes son finas. Si alguna vez necesita ayuda, mi mujer también pasó por algo parecido. Hay buenos profesionales que orientan en asuntos… bueno, en asuntos de familia.

Laura asintió y cerró la puerta deprisa. Así que los vecinos ya escuchaban sus peleas. Estupendo. Rasgó el sobre: dentro venía la respuesta de la abogada a la que había consultado dos semanas antes. Era una explicación breve sobre el reparto de bienes y sobre cómo proteger sus ahorros.

—¿Quién era? —preguntó Juan, saliendo de la habitación con gesto malhumorado.

—Antonio. Me trajo una carta.

—¿Qué carta?

—Publicidad, nada importante —Laura deslizó el sobre en el bolsillo de la bata—. Oye, mañana tengo que madrugar. Termino la cena y me voy a dormir.

Juan resopló y entró en la cocina. Abrió la nevera, sacó una cerveza y destapó la botella.

—Mi madre llega mañana a la hora de comer —anunció después de beber un trago—. Así que la recibirás bien, como una persona normal. Se quedará con nosotros una semana.

—¿Una semana? —Laura se volvió desde los fogones—. Juan, ¿al menos se te ocurrió preguntarme?

—¿Y para qué? Es mi madre. Tiene derecho a venir a casa de su hijo cuando le apetezca.

“Cuando le apetezca” significaba, en la práctica, una vez al mes. Pilar Ortega aparecía en su piso, inspeccionaba los rincones, revisaba la nevera, criticaba la comida de Laura y repartía “consejos útiles” sobre cómo debía comportarse una esposa. Después de cada visita, Juan se volvía insoportable, porque su madre siempre le repetía: “Eres demasiado blando con ella, hijo. A una mujer hay que llevarla con mano firme”.

Laura apagó el fuego. La cena ya estaba lista.

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