El mensaje procedía de un número desconocido. No era el de Mónica Álvarez.
Solo tres palabras: «Tenemos que hablar».
Lucía Gil sostuvo el teléfono unos segundos, inmóvil. Luego tecleó: «¿Quién es?».
La respuesta apareció casi al instante.
«Me llamo Paula Vázquez. Conozco a tu marido. Y creo que te conviene saber lo que yo sé».
Lucía lo leyó tres veces seguidas.
Después, una cuarta.
Los dedos quedaron suspendidos sobre la pantalla. Ya había preguntado quién era. Y la contestación, lejos de tranquilizarla, activó algo más profundo que el miedo: esa alarma primitiva que se enciende cuando comprendes que la grieta no es nueva, que lleva tiempo avanzando aunque hayas fingido no verla.
El capuchino, a su lado, se había quedado frío. Bebió un sorbo sin percibir el sabor.
Escribió: «¿Dónde?».
Y solo después fue consciente de lo que acababa de hacer. No había negado nada. No había dicho «se ha equivocado» ni «no me interesa». Había preguntado dónde.
Tal vez porque, en el fondo, llevaba meses queriendo saber. Solo que nunca se había permitido formular la pregunta.
Paula propuso una cafetería en la calle del Bosque, pequeña, discreta. Lucía la conocía; a veces compraba allí algo rápido al salir de la oficina. Estaba a unos veinte minutos en coche.
Conduciendo hacia allí, el móvil vibró otra vez. Ahora sí: Jorge Lozano.
Rechazó la llamada.
Volvió a sonar. Volvió a cortarla. Finalmente escribió: «Estoy ocupada. Luego hablamos».
Diez segundos después llegó la respuesta. El tono era tan ácido que, detenida ante un semáforo en rojo, lo releyó con atención.
«Mi madre lleva una hora sola en el ambulatorio. Muy elegante por tu parte. Puedes estar orgullosa».
Lucía dejó el teléfono sobre el asiento del copiloto y no volvió a mirarlo hasta llegar.
Paula resultó ser más joven de lo que imaginaba. Apenas treinta años. Cabello rubio recogido en una coleta sencilla, jersey gris sin adornos, rostro casi sin maquillaje. Se levantó en cuanto la vio entrar, como si la hubiera reconocido de inmediato, aunque era imposible.
—¿Lucía? —preguntó.
—Sí.
Se sentaron. Lucía pidió agua. Paula, té.
—No sé muy bien cómo empezar —admitió Paula, con una franqueza desprovista de dramatismo—. He dudado mucho antes de escribirte. Pero pensé que, si estuviera en tu lugar, querría saberlo.
—Prefiero que vaya al grano —respondió Lucía.
Paula asintió.
—Trabajo en el mismo sector que Jorge. Hemos coincidido en varios proyectos en los últimos dos años. Hace unos tres meses empezó a escribirme. Al principio eran mensajes profesionales. Luego… dejaron de serlo del todo. —Hizo una pausa breve—. Contesté porque no entendí de inmediato hacia dónde iba. Cuando lo vi claro, corté. Pero no es solo eso.
—Entonces, ¿qué es?
Paula desbloqueó su teléfono y lo giró hacia ella.
Capturas de pantalla. Lucía leyó despacio: nombres, fechas, frases. Jorge escribía con ligereza, casi con encanto. Nada que ver con el hombre hosco y permanentemente irritado que habitaba su casa desde hacía meses. Allí era atento, ingenioso, interesado: «¿Cómo estás?», «¿Qué lees últimamente?», «Cuéntame algo tuyo».
En casa no preguntaba eso. En casa cuestionaba por qué la cena no estaba lista o por qué su madre aún no tenía resuelto tal trámite.
—No quiero hacerte daño —dijo Paula en voz baja—. Yo pasé por algo parecido. Por eso decidí avisarte.
Lucía le devolvió el móvil. Bebió agua.
—¿Él sabe que me has escrito?
—No.
—Mejor.
Se hizo un silencio incómodo. En la mesa contigua, un grupo de jóvenes reía a carcajadas. Una escena normal de sábado, ajena a todo.
—Hay algo más —añadió Paula, con cautela—. Lo supe por casualidad. Estaba mirando pisos. No para alquilar. Para comprar. Solo.
Lucía dejó el vaso con cuidado.
—¿Cuándo?
—Hace un mes. Quizá algo más.
Regresó a casa a las tres de la tarde.
Jorge ya estaba allí. Sentado en el sillón, la miró al entrar como si hubiera regresado de otro país tras semanas fuera.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
—Tenía asuntos que resolver.
—¿Qué asuntos, Lucía? —se levantó de golpe; la tensión en su gesto era visible—. Mi madre ha esperado sola en el ambulatorio. Después se ha ido ella sola en autobús a hacer sus papeles. ¿Te das cuenta? ¡Sola! Con su tensión como la tiene.
—Jorge —dijo ella con calma—. Basta.
—¿Basta de qué? ¿Eres consciente de cómo queda esto?
—¿Cómo queda? ¿Según quién? ¿Según tu madre?
—¡Según cualquier persona normal! —alzando la voz, dejó escapar una rabia acumulada y familiar—. Solo piensas en ti. Siempre. Que si tiene coche propio, que si puede arreglárselas… Eso no te autoriza a desentenderte.
—¿Desentenderme de quién exactamente?
—¡De mi madre!
—Has dicho «de la gente». En plural. —Lucía pasó a la cocina y dejó el bolso sobre una silla—. ¿Estuviste mirando pisos?
El silencio cayó de repente.
Se giró. Él seguía en el umbral, el rostro ya no encendido por la ira sino rígido.
—¿Qué has dicho?
—Pisos. Para comprar. Tú solo. Hace un mes. —Lo sostuvo con la mirada—. Te lo pregunto directamente. ¿Estás planeando algo que yo no sé?
Jorge permaneció callado durante unos segundos. Luego habló despacio:
—¿Quién te ha contado eso?
Y en esa pregunta —no «eso es mentira», no «te estás imaginando cosas», no «de qué hablas»— estaba contenida toda la respuesta.
