Lucía Gil asintió muy despacio, como quien por fin escucha la confirmación de algo que llevaba demasiado tiempo temiendo.
—Ya veo —murmuró.
—Lucía, espera, déjame explicarte…
—Ahora no.
Cogió el bolso sin mirarlo siquiera, salió al pasillo y se enfundó la chaqueta con movimientos mecánicos.
—¿Adónde vas? —Jorge Lozano la siguió, y en su voz ya no quedaba rastro de enfado; había una inquietud apenas disimulada.
—Necesito pensar —respondió ella—. Sola.
Y cerró la puerta tras de sí.
El rellano estaba en silencio. El ascensor, como casi todos los fines de semana, fuera de servicio. Bajó por las escaleras apoyándose en la barandilla, paso a paso, mientras le venía a la memoria la última frase que Paula Vázquez le había dicho al despedirse frente al café:
—No sé qué decidiréis al final. Pero tú pareces alguien que sabrá salir adelante.
En aquel momento Lucía solo había asentido por cortesía. Ahora, al pisar la calle inundada por un sol de abril engañosamente luminoso, se hizo una pregunta que hasta entonces no se había permitido formular: ¿sabía Mónica Álvarez lo de los pisos? ¿Estaba al tanto de los planes de su hijo?
Todo indicaba que sí. Y desde hacía tiempo.
Y esa certeza lo alteraba todo.
Se sentó en el coche y no arrancó. Permaneció allí, inmóvil, observando el edificio de enfrente: un bloque sencillo de cinco alturas, ropa tendida en los balcones, una bicicleta apoyada junto al portal. Una escena corriente, anodina. Vida cotidiana, sin épica.
Sacó el móvil y escribió a Paula: «¿Podemos vernos otra vez? Necesito aclarar algunos detalles».
La respuesta llegó casi al instante: «Mañana. En el mismo sitio».
Después abrió la aplicación del banco. Consultó la cuenta conjunta que había abierto con Jorge tres años atrás “para gastos comunes”. La cifra era la de siempre. Nada parecía haber cambiado. Sin embargo, la contempló como si fuese la primera vez que la veía.
Más tarde llamó a su madre.
No para quejarse. Solo para oír una voz conocida al otro lado.
Las dos semanas siguientes transcurrieron con una apariencia de normalidad casi impecable. Trabajo por la mañana, regreso a casa al anochecer, cena compartida, conversaciones breves y superficiales. Tras aquella discusión, Jorge parecía relajado; al no recibir reproches ni interrogatorios, dio por hecho que la tormenta había pasado.
Se equivocaba.
Lucía se reunió con Paula en dos ocasiones más. Revisaron hechos, fechas y movimientos con la serenidad de quien analiza un expediente profesional. Paula era precisa, sobria; se limitaba a lo comprobable, sin adornos ni dramatismos. Precisamente por eso Lucía confiaba en ella.
El panorama resultó claro y desagradable.
Durante los últimos seis meses, Jorge había ido transfiriendo cantidades modestas a una cuenta aparte. No desde la cuenta común, es cierto, sino desde la suya personal; pero esa tarjeta personal recibía ingresos que provenían, en parte, del presupuesto familiar. El piso que había visitado estaba en un barrio nuevo, al otro extremo de la ciudad. El agente inmobiliario, casualmente, era conocido de su madre.
Mónica Álvarez estaba al tanto. Muy probablemente había sido la impulsora.
Lucía lo entendió al recordar una conversación aparentemente trivial de medio año atrás. Su suegra había comentado, con tono ligero: «Jorge se merece una vida tranquila». Entonces no le dio importancia. Ahora se preguntaba qué significaba exactamente “tranquila”. ¿Una vida sin una esposa que se negaba a convertirse en chófer permanente de sus visitas médicas?
Todo apuntaba a eso.
En la tercera semana pidió cita con una abogada. Joven, despacho en un centro de negocios, mirada directa y lenguaje sin rodeos. Lucía expuso los hechos con orden y sin dramatizar. La letrada escuchó, tomó notas y luego planteó preguntas concretas:
—El coche, ¿lo adquiriste antes del matrimonio o con dinero exclusivamente tuyo?
—Con mis ahorros. Ya casados, pero era capital personal.
—¿Conservas justificantes?
—Sí.
—Bien. Hablemos entonces de la cuenta compartida y del resto de bienes…
La reunión se prolongó más de una hora.
Cuando salió, llevaba en el bolso una lista detallada de documentos que debía reunir. Al llegar al coche dejó la carpeta en el asiento del copiloto y, por primera vez en tres semanas, sintió algo parecido al alivio.
No era felicidad. Era claridad. Saber cuál es el siguiente paso aligera el peso.
La conversación definitiva tuvo lugar un miércoles por la noche.
Lucía no elevó la voz ni derramó lágrimas. Se limitó a colocar sobre la mesa una hoja impresa: el extracto de la tarjeta personal de Jorge, que él, por descuido, había dejado abierto en el navegador de la tablet compartida un mes atrás y que ella había visto al cerrar una pestaña.
No añadió explicación alguna. Depositó el papel y se apartó hacia la ventana.
Jorge observó el documento largo rato. Después levantó la mirada.
—Lucía…
—No —dijo ella con calma—. No hace falta. Los dos sabemos lo que hay. Evitemos el teatro.
Intentó justificarse: que solo estaba valorando opciones, que no había decidido nada, que las cosas no eran como parecían. Habló mucho, se enredó en sus propias frases, retrocedió para empezar de nuevo. Sonaba descolocado, no furioso ni distante, sino desconcertado, como alguien sorprendido antes de preparar su versión.
Al final guardó silencio.
—Has ido a ver a una abogada —afirmó. No era una pregunta.
—Sí.
Otra pausa densa.
—¿Y ahora qué?
—Ahora te mudas —respondió Lucía—. La vivienda la compré antes del matrimonio; es mía. Lo sabes. Si quieres confirmarlo, puedes consultar a quien prefieras.
Jorge se incorporó despacio. Recorrió el salón sin rumbo fijo y se detuvo junto a ella, frente a la ventana. Permanecían muy cerca, casi como en otros tiempos, pero entre ambos se había instalado algo espeso y definitivo.
