—…tirado en el sofá buscando su supuesto destino —concluyó Ana Molina con frialdad—. Si desean acudir a los tribunales, háganlo. Pero será su hijo quien tenga que asumir las tasas judiciales y los honorarios del abogado. Estoy convencida de que a Carla Ramos le parecerá un panorama fascinante.
Al otro lado de la línea se instaló un silencio espeso, casi pegajoso. Julia Ortega no era ninguna ingenua; sabía perfectamente que cada argumento de Ana era sólido. Sin embargo, por costumbre —y por ese instinto ciego de madre— intentaba embestir, como si aún pudiera imponerse por pura presión.
—Eres una mujer dura, Anita —soltó al fin, con amargura—. No tienes ni una pizca de compasión. Mi hijo se queda con lo puesto y tú tan tranquila. Al menos podrías entregarle sus cosas con un mínimo de decencia.
—Le estoy devolviendo absolutamente todo —respondió Ana con voz serena—. Desde los calcetines viejos hasta las cañas de pescar rotas. Las bolsas están en el pasillo. Si le preocupa tanto, venga y ayúdele a recogerlas. Que tenga buena noche, Julia Ortega. Y cuide su salud.
Cortó la llamada sin esperar réplica y puso el móvil en modo silencio. Aún le quedaba tarea.
Regresó al recibidor. Cuatro enormes bolsas de cuadros, de las que usan los vendedores ambulantes, se alzaban como montículos absurdos. Había dedicado dos tardes enteras a llenarlas. Recorrió armarios, cajones y estanterías con disciplina casi quirúrgica. Sacó camisetas deformadas por el uso, vaqueros descoloridos, cables sin identificar, piezas sueltas de algún coche que jamás reparó, y una colección ridícula de vasos de cerveza vacíos que guardaba en el altillo sin razón aparente. Incluso salió al balcón y rescató los neumáticos de invierno, que embaló en gruesas bolsas de basura.
Mientras empaquetaba todo aquello, no sintió nostalgia ni tristeza. Solo una repulsión seca, mezclada con fastidio. Le sorprendió la cantidad de trastos que puede acumular alguien que no aporta nada al hogar salvo promesas huecas y reproches constantes.
Se acercó a la puerta, giró el brillante pestillo del nuevo cerrojo y asomó a la escalera. Reinaba el silencio. Con método y sin prisa, fue arrastrando las bolsas al rellano. Pesaban; las asas se le clavaban en las palmas, pero no se detuvo. Después rodó los cuatro neumáticos hasta dejarlos alineados junto al ascensor.
Por último, sacó la caja de herramientas: un maletín de plástico cubierto de polvo de obra. Jorge Serrano lo había comprado diez años atrás, convencido de que montaría por sí mismo los muebles de la cocina. Terminó llamando a un profesional y el maletín quedó relegado a mero adorno.
Cuando todo estuvo fuera, Ana volvió a entrar. Cerró con firmeza y dio dos vueltas completas a la llave. El sonido seco del mecanismo encajando le pareció la melodía más reconfortante que había escuchado en años.
Tomó un paño húmedo y fregó a conciencia el suelo del recibidor, borrando las marcas de barro y el rastro de polvo que habían dejado las bolsas. No quería limpiar solo la suciedad visible; necesitaba purgar el espacio de recuerdos: las quejas interminables por la sopa demasiado salada, los suspiros teatrales, el olor penetrante de su colonia barata, con la que se rociaba antes de salir a encontrarse con su nueva conquista.
Un par de horas después, la casa respiraba calma. Ana se preparó una cena ligera, horneó pescado con verduras y puso música suave de fondo. Sentada ante la mesa impecable, disfrutaba de una tranquilidad desconocida cuando el timbre irrumpió con insistencia.
El sonido fue largo, impaciente. Sin alterarse, dejó el tenedor, se secó los labios con una servilleta y caminó hacia la entrada.
Miró por la mirilla. Allí estaba Jorge Serrano. A su lado, Carla Ramos cambiaba el peso de un pie a otro, mascando chicle mientras revisaba su teléfono con gesto aburrido. Un poco más atrás esperaba un hombre desconocido, vestido con un mono azul de trabajo y sosteniendo un maletín voluminoso.
El corazón de Ana dio un vuelco, pero enseguida recuperó el control. Ya imaginaba el espectáculo que pretendían montar.
—¡Ana, abre! —vociferó Jorge, golpeando la puerta con el puño—. He traído a un técnico. Si no entiendes por las buenas, desmontamos tu puerta con marco y todo. Tengo derecho a entrar a recoger mis cosas.
Carla frunció el ceño.
—Jorgito, ¿piensas tardar mucho? Me estoy helando aquí. Y esas bolsas huelen a trastero viejo. Veníamos por la cafetera, dijiste que era buena.
Ana descorrió el cerrojo, pero mantuvo la puerta sujeta por la gruesa cadena de acero que había pedido instalar junto con las nuevas cerraduras. A través de la estrecha abertura se coló el olor a tabaco.
—Buenas noches —saludó con cortesía, sosteniendo la mirada—. ¿En qué puedo ayudarles?
