Sin embargo, el detonante definitivo llegó una tarde en que regresó del trabajo antes de lo habitual, con una migraña insoportable que le atravesaba las sienes. Al abrir la puerta se topó, en el recibidor, con unas zapatillas blancas de plataforma exagerada que no eran suyas. Desde el salón se oían las carcajadas de Jorge Serrano y el timbre agudo de su nueva pareja. Habían ido, según él, “a recoger el abrigo de invierno” y, ya puestos, decidieron acomodarse en el sofá de Ana Molina para merendar con su té y sus galletas.
Aquella vez, Ana no gritó ni montó una escena. Se limitó a entrar en la cocina con una calma glacial, tomó del aparador el juego de llaves que Jorge había dejado descuidadamente y lo guardó en el bolsillo. Después, sin elevar la voz, señaló la puerta. Jorge protestó, Carla Ramos puso los ojos en blanco con teatral fastidio, pero acabaron marchándose. A la mañana siguiente, Ana llamó a un cerrajero.
—Ana, ¿qué te pasa ahora? —la voz de Jorge, al otro lado de la puerta, cambió de la furia al tono suplicante en cuestión de segundos. Era el mismo registro que utilizaba cuando necesitaba dinero para sus eternos caprichos relacionados con el coche—. Somos adultos. Nos divorciamos, vale, pero ¿a qué viene algo tan extremo? Necesito las llaves por comodidad. Por si llega mi correo, alguna factura… Además, aún tengo la mitad de mis cosas ahí dentro.
—El correo te lo dejaré en el buzón de la planta baja; la llave de ese la tienes —respondió ella con firmeza—. Y tus pertenencias están todas aquí, metidas en bolsas. Llama a alguien y recógelas.
—¡No tengo dinero para mudanzas! —volvió a gritar él—. ¡Ni coche! He venido en autobús. Abre y dejo las bolsas en el pasillo; ya pasaré otro día. Y, además, necesito usar el baño.
Ana cerró los ojos un instante. Estaba exhausta de aquella actitud infantil disfrazada de víctima.
—En el centro comercial de la esquina hay un baño público impecable y gratuito, Jorge. Las bolsas las bajaré al rellano. Si al anochecer siguen ahí, llamaré a un servicio de recogida y se las llevarán al vertedero.
Colgó. Tras la puerta se oyó un murmullo de insultos y luego pasos pesados alejándose escaleras abajo. La puerta del portal resonó con un golpe seco.
Ana soltó el aire lentamente y se apartó del marco metálico. Fue a la cocina y puso agua a calentar. Le temblaban un poco las manos por la tensión acumulada, pero en el pecho se expandía una sensación inesperada de ligereza. Lo había conseguido. Había cortado el último hilo del que él intentaba seguir tirando.
El móvil vibró de nuevo sobre la mesa. En la pantalla apareció el nombre de Julia Ortega. Su exsuegra.
Ana vertió el agua caliente en una taza, añadió una bolsita de manzanilla y, sin prisa, aceptó la llamada.
—Dígame, Julia Ortega.
—Ana, ¿se puede saber qué está pasando? —la voz de la mujer sonaba cargada de indignación, con un dramatismo casi escénico—. Jorge me llama hecho un mar de lágrimas. Dice que lo has echado a la calle, que cambiaste las cerraduras y que has dejado sus cosas en el rellano. ¿Has perdido la vergüenza a estas alturas?
—Con los años, una aprende a ser sensata, Julia Ortega —contestó Ana con serenidad, sentándose a la mesa y rodeando la taza caliente con ambas manos—. ¿No le ha contado que llevamos divorciados mes y medio?
—¿Y qué tiene que ver el divorcio? —replicó la mujer, ofendida—. En los matrimonios siempre hay tropiezos. Se discute, uno se equivoca… Esa chiquilla que tiene ahora se le pasará. Tarde o temprano habría vuelto a casa. Y tú, mientras tanto, quemando todos los puentes. ¿Cómo pretende entrar ahora en su propio hogar?
—Ese ya no es su hogar. Es mi vivienda. Y no fue un desliz: tomó la decisión consciente de marcharse para empezar otra vida. Que la continúe en otro sitio.
—¡Tu vivienda! —chilló Julia Ortega—. ¡Mira qué propietaria tan orgullosa! ¿Y el tiempo que estuvieron casados qué? ¿Y todo lo que mi hijo invirtió en ese piso? Iremos a los tribunales. Reclamaremos la mitad. Por las reformas, por los muebles, por los años perdidos.
Ana bebió un sorbo pequeño; la manzanilla la ayudó a mantener la calma.
—Le tengo respeto por su edad, Julia Ortega, pero conviene hablar con datos. El piso lo heredé de mi tía. Según la ley, los bienes heredados no se reparten en un divorcio. No hicimos reformas estructurales conjuntas. El mobiliario lo pagué yo; conservo facturas y extractos bancarios. En los últimos cinco años, Jorge trabajó, como mucho, año y medio.
