«He cambiado la cerradura, Jorge» respondió ella con una serenidad casi glacial mientras él golpeaba la puerta

Su calma helada fue cruel e implacable.
Historias

— ¿Te has vuelto loca o qué? ¿Por qué demonios mi llave no gira en la cerradura?

La voz de Jorge Serrano, distorsionada por el teléfono, se quebraba en un chillido histérico. Respiraba con dificultad y, incluso a través del altavoz, se percibía cómo sus pasos airados retumbaban con eco en el rellano del edificio.

Ana Molina permanecía en el recibidor, apoyada con la espalda contra la superficie fría de la puerta recién instalada. Al otro lado, a escasos centímetros, su exmarido montaba en cólera. A través de la mirilla distinguía su figura: el rostro encendido, la chaqueta abierta, la mano sacudiendo el pomo con furia mientras embestía la hoja metálica con el hombro.

—He cambiado la cerradura, Jorge —respondió ella con una serenidad casi glacial, observando su reflejo en el espejo del armario empotrado—. Esta mañana vino el técnico y colocó un mecanismo de seguridad nuevo. De los buenos.

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Qué cerradura ni qué nada? —del otro lado se oyó un golpe sordo; probablemente había lanzado una patada contra la puerta—. ¡Ábreme ahora mismo! Tengo que recoger mis neumáticos de invierno del balcón y la caja de herramientas. Y, en general, pensaba llevarme algunas cosas más.

Ana desvió la mirada hacia las cuatro bolsas enormes de cuadros que había alineado con esmero junto al zapatero.

—Todo lo tuyo está preparado. Las ruedas están en el pasillo, las bajé yo misma del balcón. Las herramientas también. Llama a un taxi de carga y te lo bajo al portal. O súbelo tú si quieres, pero dentro del piso no vuelves a entrar.

—¡Estás mal de la cabeza! —rugió él, y el eco en la escalera amplificó su indignación—. ¡Este piso también es mío! ¡He vivido aquí quince años! ¡Yo hice la reforma! ¡Yo coloqué esas baldosas del pasillo con mis propias manos!

Una sonrisa casi imperceptible curvó los labios de Ana. Siempre le sorprendía la memoria selectiva de algunos hombres. El apartamento lo había heredado de una tía mucho antes de conocer a Jorge. Figuraba únicamente a su nombre. Y aquella “gran reforma” que él esgrimía en cada discusión consistió, en realidad, en que puso las baldosas del recibidor tras estropear la mitad del material y manchar el rodapié nuevo de adhesivo. El papel pintado lo colocó una cuadrilla profesional, el suelo laminado lo instalaron operarios y la fontanería la renovaron especialistas. Todo pagado con los ahorros personales de Ana. En aquel entonces, Jorge atravesaba su eterna etapa de “búsqueda interior” y sobrevivía con trabajos esporádicos.

—Deja de golpear la puerta, vas a asustar a los vecinos —dijo ella, apartándose un mechón rebelde de la frente—. Según las escrituras, la vivienda es mía. Estamos oficialmente divorciados; las sentencias están firmes. Ni siquiera llegaste a empadronarte aquí porque preferías seguir inscrito en casa de tu madre por unas supuestas bonificaciones en los gastos. Así que tus derechos sobre este piso son exactamente los mismos que los del portero.

Se hizo un silencio denso. A través del acero, Ana oía la respiración contenida de su exmarido.

La ruptura no había sido rápida ni sencilla; fue un desgaste lento, agotador. Jorge no se marchó al vacío, sino hacia los brazos de la “comprensiva y ligera” Carla Ramos. La joven, administradora en un gimnasio al que él empezó a acudir por las tardes para “liberar tensiones”, tenía veinticinco años. Reía con entusiasmo sus chistes más mediocres y lo miraba con admiración, como si cada palabra suya fuese una revelación. Ana, en cambio, con sus cuarenta y dos, lo observaba de frente, sin fantasías, y exigía algo tan básico como contribuir al presupuesto familiar y participar en las tareas domésticas. La comparación, por supuesto, no jugó a su favor.

La noche en que Jorge hizo la primera maleta se mostró altivo. Habló de que la vida es una sola, de que se asfixiaba en la rutina, de que necesitaba alas, inspiración. Ana no derramó una lágrima. Permaneció junto a la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho, viendo cómo él arrojaba sin cuidado dentro de la maleta sus camisas caras, esas que ella planchaba cada mañana.

Pensó que con su partida todo terminaría. Pero Jorge tenía otros planes. Instalado en un piso de alquiler con su nueva musa, siguió tratando la casa de Ana como si fuera un almacén gratuito, una lavandería improvisada y un punto de tránsito. Aparecía sin avisar un sábado por la mañana, abría con su propia llave, entraba con los zapatos puestos hasta la cocina, se servía café, rebuscaba en el frigorífico, recogía sus cañas de pescar y se marchaba dejando la taza sucia sobre la mesa.

Al principio, Ana lo soportó, atribuyéndolo a la inercia de tantos años compartidos. Intentó dialogar, le pidió que al menos avisara antes de presentarse y que respetara los límites más básicos.

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