Alejandro se quedó inmóvil en medio de la estancia, como si el suelo se hubiera vuelto arena movediza bajo sus pies.
Cuando la puerta se cerró tras Sandra Contreras y Fernando Guzmán, el departamento quedó envuelto en un silencio espeso, cargado, similar al que antecede a una tormenta. Alejandro volteó hacia Sofía Montoya. En su mirada se amontonaban tantas dudas y súplicas que ella sintió un nudo en la garganta. Aun así, no permitió que las lágrimas cayeran.
— De verdad no quería que todo explotara así —murmuró él, pasando una mano por su cabello—. Mis papás estaban en un momento complicado… lo de la remodelación…
Sofía lo observó con un cansancio antiguo, profundo.
— ¿Qué remodelación, Alejandro? —respondió sin alzar la voz—. Ni siquiera habían empezado nada. Tus padres simplemente decidieron instalarse en mi casa como si fuera una fortaleza que conquistar… y tú lo permitiste.
— No lo digas así —replicó él, herido—. No tenían malas intenciones. Pensaron que sería mejor vivir todos juntos.
— ¿Mejor para quién? —preguntó ella, dejándose caer en el sillón como si el cuerpo ya no le respondiera—. ¿Para ti? ¿Para ellos? Porque nadie se tomó la molestia de preguntarme qué quería yo.
Alejandro se sentó a su lado e intentó tomarle la mano, aferrándose a ese gesto como a un salvavidas. Pero Sofía ya estaba lejos, emocionalmente distante.
— Sofi, podemos arreglarlo. Hablo con ellos, pongo límites…
— No, Alejandro —lo interrumpió. Su tono fue bajo, casi un susurro, aunque firme como una sentencia—. Ya no hay nada que recomponer. Voy a solicitar el divorcio.
— ¿Estás hablando en serio? —se levantó de golpe, pálido—. ¿Por algo así vas a tirar nuestro matrimonio?
Ella esbozó una sonrisa amarga.
— ¿Algo así? ¿Te parece poca cosa que permitieras que tus padres mandaran en mi propio hogar? ¿Que planearan quedarse de manera indefinida y tú guardaras silencio? No fue un descuido. Fue traición.
A la mañana siguiente, Sofía acudió al juzgado. Sus pasos eran seguros; las manos no le temblaban porque la decisión estaba tomada desde lo más hondo. Cuando regresó al departamento, no sintió miedo ni culpa. Sólo una extraña ligereza, como si se hubiera quitado de encima una cobija pesada que la asfixiaba.
Alejandro quedó atrapado entre la lealtad a sus padres y el matrimonio que se desmoronaba. Días después apareció en la puerta con un ramo de flores, repitiendo un gesto gastado que antes funcionaba.
— Ya entendí todo, Sofía. Te lo juro. Demos otra oportunidad a lo nuestro.
Pero ella ya no era la misma mujer que dudaba.
— No, Alejandro. Tú elegiste tu camino… y ahora yo elijo el mío.
Tras el divorcio, la vida comenzó a abrirse frente a ella. Se inscribió en clases de natación, cambió de look, salió a brindar con amigas con las que antes apenas se atrevía a reunirse porque siempre sentía la mirada crítica de su suegra sobre la mesa. Todo aquello que había postergado por evitar conflictos empezó, por fin, a hacerse realidad.
Una noche, sentada en su sillón favorito con un libro entre las manos, comprendió que no recordaba la última vez que se había sentido tan plena.
— Libertad… —susurró, recorriendo con la vista su departamento acogedor—. Eso era lo que me faltaba.
El teléfono vibró sobre la mesa y la sacó de sus pensamientos. En la pantalla apareció el nombre de Sandra Contreras, insistente una vez más.
Sofía miró el número unos segundos. No contestó. Lo bloqueó y lo eliminó con un movimiento firme. No hubo titubeo en su pulso. Esa historia ya no le pertenecía.
Frente a ella se extendía una etapa distinta: un espacio donde nadie invadiría su intimidad, donde decidiría con quién compartir su vida y en quién confiar. Y eso, entendió con claridad absoluta, era lo verdaderamente importante.
