— Dije que se larguen de mi departamento —repitió Sofía Montoya, esta vez elevando la voz. Su tono era sólido, frío, como una pared recién colada—. Ahora mismo. Recojan todo y salgan.
El silencio que se apoderó del lugar resultó ensordecedor. Sandra Contreras perdió el color del rostro; Fernando Guzmán parpadeaba sin comprender; Alejandro Moreno permanecía inmóvil, con la boca entreabierta, como si la escena no estuviera ocurriendo frente a él.
— No puedes hacer algo así… —atinó a decir Sandra, incrédula.
— Claro que puedo —la interrumpió Sofía, sosteniéndole la mirada sin titubear—. Este departamento es mío. Está a mi nombre. Y se acabó eso de que aquí alguien más venga a imponer reglas.
Sin esperar respuesta, caminó hacia la sala, donde sus suegros habían instalado sus cosas, y empezó a guardar su ropa y objetos en las maletas. Sus movimientos eran firmes, casi mecánicos. Cada segundo pesaba, pero no se permitió detenerse.
— ¡Sofía, ya basta! —Alejandro le sujetó el brazo, desconcertado, como un niño que no entiende por qué todo se desmorona—. No puedes tratar así a mis papás.
— Sí puedo —se zafó con brusquedad, apretando los dientes para contener el temblor que le recorría el cuerpo—. Y si no estás de acuerdo, puedes irte con ellos.
— ¿Qué estás diciendo? —Alejandro retrocedió un paso—. ¿También me estás corriendo a mí?
— No —respondió ella, negando despacio con la cabeza—. Te estoy dando a elegir. O te quedas conmigo y respetas mis condiciones, o te vas con tus padres.
— ¡Qué ingratitud! —estalló Sandra, ofendida, frunciendo los labios—. Todo lo que hemos hecho por ti, y así nos pagas…
— Sus cosas ya están listas —cortó Sofía, señalando las maletas—. Tienen cinco minutos para salir.
Sandra entrecerró los ojos con burla.
— ¿Y si no?
— Entonces llamo a la policía —contestó Sofía con una calma que helaba la sangre—. No tengo ningún problema en denunciar ocupación indebida. Les aseguro que lo haré.
— ¡Alejandro! —chilló Sandra, aferrándose a la mano de su hijo—. ¡Haz algo, por Dios!
Pero Alejandro parecía clavado al piso. Su mirada iba de su esposa a sus padres, presa del pánico. Nunca lo habían puesto contra la pared de esa manera.
— El tiempo ya empezó a correr —anunció Sofía, mirando su reloj. Ya no había rastro de agotamiento en su voz, sólo determinación.
Sandra abrió la boca para replicar, pero Fernando le tocó el brazo con suavidad.
— Vámonos, Sandra —dijo en tono bajo, aunque firme—. Está claro que aquí no somos bienvenidos.
— ¿Cómo que no? —protestó ella, con el rostro desencajado—. ¡Así no se trata a la familia! ¡Alejandro, di algo!
Alejandro se movía nervioso, cambiando el peso de un pie al otro. Evitaba encontrarse con los ojos de Sofía, y esa evasión le revolvía el estómago. Sabía que cualquier palabra inclinaría la balanza.
— Sofía… quizá no hace falta llegar a esto… Podemos hablarlo con calma…
— No hay nada más que hablar —respondió ella, con una firmeza que parecía sostener las paredes mismas del departamento—. Ya tomé mi decisión.
Sin añadir otra palabra, Sandra y Fernando recogieron las maletas. Avanzaron hacia la puerta como si cargaran no sólo sus pertenencias, sino el orgullo hecho pedazos. Antes de cruzar el umbral, Sandra se volvió una última vez. Sus ojos brillaban, húmedos.
— Alejandrito… ¿no vas a dejarnos solos?
Alejandro permaneció en medio de la sala, desorientado, y abrió los brazos en un gesto inútil.
— Mamá, yo… voy a intentar hablar con Sofía. A lo mejor todavía podemos arreglar esto…
