Había utilizado precisamente esos ahorros que durante meses reservó para comprarse un abrigo nuevo de invierno.
Cristina Cortés apareció en la cocina envuelta en su batín de seda, aún perfumada de crema facial. Al ver a su nuera arreglada a esas horas, frunció los labios con desaprobación.
—¿Y ese atuendo? Tienes que pasarte el día entre fogones. Ve a cambiarte ahora mismo.
—Tengo otros planes —respondió Lucía Ramos con calma, tendiéndole el sobre—. Es para usted. Un detalle por el aniversario.
Cristina rasgó el papel con curiosidad. Al descubrir el contenido, abrió los ojos con sorpresa infantil.
—¿Un circuito de spa? Lucía, qué detalle tan encantador… Pero hoy es imposible. Debo supervisar la comida, los invitados…
Lucía tomó asiento frente a ella y sostuvo su mirada sin titubear.
—Cristina Cortés, ¿no le gustaría que Gemma León la viera radiante? Imagínese su cara de envidia. Todos preguntarán dónde ha conseguido ese brillo en la piel. De la mesa me ocupo yo, no se preocupe por nada.
Hubo un silencio espeso. Los dedos de Cristina acariciaron el borde del sobre mientras meditaba. Finalmente, la vanidad inclinó la balanza.
—Bueno… puede que tengas razón. Gemma siempre presume de su esteticista. ¿Pablo Ramírez podrá llevarme?
—Claro que sí —contestó Lucía, llamando a su marido.
Pablo apareció despeinado, con el gesto torcido por el sueño. Escuchó la explicación sin demasiado interés y aceptó a regañadientes. Media hora después, ambos salían por la puerta. El piso quedó en un silencio absoluto.
Lucía se dirigió entonces al dormitorio. Del armario sacó un vestido negro que había comprado el día anterior en una tienda de segunda mano y unos zapatos de tacón que apenas había usado. Llamó a Nuria Campos, una conocida que hacía trabajos de maquillaje a domicilio. A las cinco de la tarde, todo estaba listo: el cabello recogido con elegancia, los ojos delineados con precisión, los labios en un rojo discreto. Se observó en el espejo largo del pasillo y apenas se reconoció. No parecía agotada. Parecía viva.
No pisó la cocina en todo el día.
A las seis y media comenzaron a llegar los primeros invitados. Rocío Vidal, corpulenta y escandalosa como siempre, entró en el salón hablando a voz en grito… y se quedó paralizada.
La mesa estaba dispuesta con esmero impecable: mantel blanco sin una sola arruga, velas alineadas, copas de cristal relucientes, cubiertos perfectamente colocados para ocho comensales. Todo lucía perfecto.
Excepto por un detalle evidente: no había comida.
—Lucía… ¿y los aperitivos? —preguntó Rocío, desconcertada.
—Es una sorpresa —respondió ella con una sonrisa serena—. Esperemos a los homenajeados.
Fueron llegando los demás: amigas de Cristina, compañeros de Pablo. Traían ramos de flores, cajas envueltas con lazo, perfumes caros. Se sentaban intercambiando miradas incómodas, observando la superficie desnuda del mantel. Alguien bromeó acerca de una nueva dieta sofisticada. Las risas sonaron forzadas.
Lucía ofrecía agua mineral en las copas. Sonreía. Y aguardaba.
A las siete en punto, la puerta se abrió de nuevo. Pablo entró primero. Detrás de él, Cristina Cortés avanzó con paso triunfal. Su piel resplandecía tras el tratamiento, el cabello caía en ondas suaves, las uñas brillaban con esmalte recién aplicado. Se quitó el abrigo con gesto teatral y caminó hacia el salón, esperando admiración.
Se detuvo en seco.
Ocho invitados sentados en silencio. Una mesa impecable… y completamente vacía. Lucía, vestida de negro, sostenía una copa de agua como si brindara por algo invisible.
—¿Qué… qué significa esto? —la voz de Cristina Cortés se quebró de repente.
